Julián Rubio da instrucciones a sus jugadores en un entrenamiento reciente.
La derrota en Irún ha sido uno de los peores jarros de agua fría desde que comenzó la temporada, tanto por el nivel del adversario de turno, como por la forma en que consumó.
Las sensaciones que estaba transmitiendo el Albacete han mantenido hasta ahora cierta estabilidad gracias, fundamentalmente, a los encuentros recientes contra rivales de entidad que, al menos, se saldaron con el convencimiento de que algo podría cambiar en la segunda vuelta, aun con el estigma de una excesiva facilidad para encajar goles.
Si bien es cierto que el 'efecto Rubio' se ha percibido en diversas facetas del juego colectivo, no ha acabado con los vicios adquiridos, como se manifestó, por ejemplo, en la primera parte de la visita a Gerona o durante el último encuentro en el Stadium Gal, con lagunas inexplicables que son capaces de echar por tierra el trabajo de una semana y, en consecuencia, las ilusiones por remontar un trance que pesa como una losa en estas 23 jornadas de campeonato.
Así las cosas, sin entrar en un análisis subjetivo de los diversos aspectos que han conducido a esta dificultad para salir del atolladero, lo cierto es que el Alba está, en la práctica, en una situación muy similar a la de hace dos meses, con sólo un punto más de diferencia con los puestos de descenso (ahora son tres), gracias, fundamentalmente, a los problemas -y tampoco pequeños- de los últimos clasificados.
De este modo, ateniéndonos al único elemento puramente objetivo -los datos-, Pepe Murcia y Julián Rubio mantienen exactamente la misma media de puntos por partido (1,1). Si bien es cierto que el de Montealegre aventaja a su antecesor en la proporción de goles encajados por encuentro (1,2), la media de los tantos anotados por los blancos ha descendido ligeramente (1,2 frente a los 1,5 goles en las 14 primeras jornadas).
FRAGILIDAD. Esa pérdida de gol, por la que el Albacete ha pagado un alto precio, transcurre paralela a una fragilidad que, en ocasiones, alcanza la categoría de candidez (como se comprobó en el primer gol del Real Unión), pero también a la frecuente incapacidad para controlar el ritmo de los partidos y jugar con la ventaja de un marcador favorable que no se ha sabido cerrar en multitud de compromisos, ya sea en casa (Hércules y Rayo Vallecano) o a domicilio (Salamanca e Irún), lo que hubiera supuesto entrar en una dinámica bastante diferente.
Siendo cierto que 'lo que pudo haber sido y no fue' no evita un panorama poco alentador, tampoco se intuye que el Alba vaya a pasar graves apuros a poco que se saque partido a una plantilla cuyo eventual descenso de categoría resulta poco menos que impensable. Para ello, el Albacete debe cortar de inmediato esta racha negativa (en la primera vuelta se padeció una igual que duró seis encuentros), necesidad que se hace mayor atendiendo al próximo rival, un Castellón al que, en caso de victoria, prácticamente se le diría adiós.