María Luisa Celorrio, coordinadora de la UCA, muestra varios frascos.
Durante el pasado año, un total de 542 nuevos pacientes con problemas de adicción con o sin sustancias pasaron para recibir tratamiento por la Unidad de Conductas Adictivas (UCA) dependiente del Sescam. No obstante, el número de historiales abiertos desde que este servicio empezó a funcionar en la ciudad se eleva a 4.688, siendo en la actualidad 2.291 los pacientes en tratamiento.
Así lo puso de manifiesto la coordinadora médica de la UCA, la doctora María Luisa Celorrio, que precisó que de los 542 nuevos pacientes que acudieron a la Unidad en 2009, 60 lo hicieron en demanda de un tratamiento de deshabituación de opiáceos, 151 de tratamiento de cocaína, 211 de alcohol y 120 de otras drogas (cannabis y tabaco). Además, otros 64 pacientes fueron atendidos con adicciones sin sustancia, de ellos 53 con ludopatía, dos adictos al móvil y nueve a internet. A estas cifras hay que sumar que a son en torno a 200 los pacientes con tratamiento de metadona, de ellos 51 fueron derivados a oficinas de farmacia.
Las personas con problemas de adicción llegan a la UCA bien derivados desde los servicios de Atención Primaria, de Atención Especializada, del servicio de Aparato Digestivo, de Medicina Interna, Salud Mental, Servicios Sociales, Instituciones Penitenciarias y de Menores.
duración. La sustancia de la que un paciente que acude a la UCA es adicto y la cronicidad en el tiempo del problema determinará la duración de cada tratamiento, según informó la coordinadora de la UCA, que indicó que por regla general no hay ningún tratamiento que sea inferior a un año de abstinencia, siendo siempre el trabajo que se realiza con cada afectado multidisciplinar, es decir, que en su desintoxicación intervienen distintos profesionales, desde el médico, el enfermero, pasando por el psicólogo o el trabajador social. «Después de que damos de alta al paciente al año o año y medio estamos seis meses o un año de seguimiento con cada uno de ellos, aunque ya no tienen que someterse a controles de orina tan frecuentes ni venir a consulta tan a menudo. Eso sí, esta es una enfermedad crónica con probabilidad de recaídas, de ahí que sea muy importante que los tratamientos sean a largo plazo».
No obstante, María Luisa Celorrio, indicó que en el caso de los menores el tratamiento es más corto. A este respecto, la psicóloga clínica de la UCA, Mercedes Esparcia, comentó que «en este caso se plantean bien intervenciones breves para los jóvenes que empiezan a experimentar con sustancias, a los que llamamos los experimentadores, donde junto a la intervención individual con cada uno, se hace también una grupal, a través del programa Quieres saber, de tal forma que junto a la labor preventiva también se trabajan habilidades personales; y por otro lado, con los jóvenes de 16 y 17 años donde ya existe un abuso de determinadas sustancias y entonces se hace un plan terapéutico ajustado a las necesidades de cada joven, pero se trabaja de la misma manera que con los adultos, es decir, que se cubren todas las áreas de intervención con el paciente, tanto médica, psicológica como socialmente».
Perfil. El perfil de la persona que tiene una adicción ha cambiado y no es el mismo ahora que hace 10 años, como puso de manifiesto María Luisa Celorrio, toda una experta en la materia, que indicó que «en 1999 teníamos el doble de demandas de tratamientos por consumo de heroína que ahora que tenemos la mitad, lo que se traduce en que en el caso de esta droga el consumo se ha estabilizado y la población con este problema se ha cronificado, siendo mejor la adherencia al tratamiento por el programa de mantenimiento con metadona; en cambio los pacientes que piden un tratamiento para dejar el consumo de cocaína se ha triplicado en los últimos diez años».
La doctora Celorrio comentó que «aunque seguimos derivando pacientes a las comunidades terapéuticas para su desintoxicación ahora derivamos menos, porque el paciente consumidor de cocaína es un paciente más normalizado que mantiene su trabajo y su familia y con el que se suelen hacer, por regla general, tratamientos ambulatorios, frente al paciente de heroína, cuyo perfil es más el de personas sin trabajo con desarraigo familiar y marginales, que en un momento dado son derivados a comunidad terapéuticas.
REducir el daño. Aunque en todos los casos lo que se busca por encima de todo es el abandono del consumo de las drogas, en el caso de los consumidores de heroína que participan en el programa de mantenimiento con metadona lo que «se pretende más es la reducción del daño y calidad de vida para el paciente y su normalización social, así como para que no vuelvan a delinquir».
La coordinadora de la UCA aseguró que es curioso pero frente a la época en la que se puso de moda la llamada «ruta del Bacalao» donde se empezó a notar una demanda de tratamientos por policonsumo de drogas, es decir, mezcla de consumo de drogas de síntesis con alcohol o con cocaína, ahora la realidad no es tal, «dado que son sustancias que los jóvenes las utilizan como de tránsito en un determinado momento hasta que dan el salto a la cocaína».
Lo que si va casi siempre unido en los pacientes que acuden a la UCA es la asociación de la cocaína y el alcohol «de ahí esa situación de normalidad en la sociedad de que no pasa nada porque uno consuma alcohol y cocaína los fines de semana». Eso sí, Celorrio y Espacia coincidieron en afirmar que el consumo reiterado de ambas drogas provoca «alteraciones de conducta y consecuencias psíquicas», aunque agregaron que «el que tenga predisposición a desarrollar un trastorno psiquiátrico debe saber que las drogas facilitan que ese trastorno aparezca antes».
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