Mitad político mitad funcionario, los sistemas totalitarios siempre han tenido en nómina a la figura del censor. Cuando el sistema es democrático desaparece el funcionario, no es de recibo que en una democracia se utilice al personal para recortar libertades, y sin duda la libertad de expresión en cualquiera de sus múltiples facetas es una de las libertades fundamentales de la esencia democrática, aunque se corre el riesgo de que de vez en vez aparezca el político censor, ya sea por obligación o por devoción.
El nuestro ha sido un país de larga tradición en el uso de la censura, tal vez porque a través del tiempo han sido muchos más y más amplios los oscuros períodos de totalitarismos y negación de las libertades que aquellos otros de convivencia democrática y resplandor de esas libertades. De hecho, en toda nuestra historia contemporánea, los tiempos de libertades sólo han alcanzado su medida en décadas en este último tramo que se inició tras la desaparición de la dictadura franquista y con el desarrollo de la transición política que desembocaría en la actual democracia. Son tiempos tan recientes, pues, en los que tenemos nuestra propia imagen de la figura del censor todavía presente.
El tentáculo de la censura sigue vigente en nuestras maneras y modos, en nuestras acciones y omisiones y sigue, por ello, siendo inevitable que en momentos dados aparezca algún risible episodio en que el ejercicio de la censura y la acción del censor saltan a primera plana. Son acciones que resaltan en el agua de las libertades como una mancha flotante de aceite, se descubren enseguida y al intentar disimularlas siempre el censor queda todavía más al descubierto y en la más sofocante situación. La figura del político metido a censor se delata por sí sola a las primeras de cambio como ha ocurrido estos días en la Comunidad Valenciana con el caso de una exposición de fotografías-resumen del año pasado en la que el inteligente político-censor de turno decidió que en la actualidad valenciana de ese año el Caso Gürtel no había existido e hizo desaparecer todas las fotografías relacionadas con ese caso que aparecían en la muestra.
El director del museo valenciano en que se realizaba la exposición tuvo el noble gesto de dimitir ante la burda manipulación y dejaba a los censores de turno en la patética situación en la que han quedado ante la opinión pública. Las fotos se verán ahora en otras muchas exposiciones, la gente les sacará mucha más punta a todas las imágenes censuradas por el excesivo censor, y observará en ellas acotaciones en las que, sin duda alguna, jamás hubiera reparado sin el publicitado asunto de su censura y, una vez más, la operación dará el resultado contrario al pretendido en un país donde en tantos años de ejercerla han creado el hábito de convertir la censura en el mejor altavoz publicitario de lo que se quiere ocultar. Éste, en muchos aspectos, sigue siendo el mismo país que en los años 70 cruzaba los Pirineos para ver en Francia El último tango en París, ya que aquí la película estaba censurada.
La censura siempre es producto de una obsesión. Lo hizo la Iglesia de la dictadura con su obsesión por el sexo, o los políticos de aquella etapa para dar cobertura a las obsesiones del Caudillo por la decadencia moral que provenía del exterior y que interfería los objetivos de una nación que caminaba «por el Imperio hacia Dios». En este caso reciente son las obsesiones del PP las que han motivado el traspiés de su acción censuradora. El PP sigue empeñado en pensar que lo que no se ve no existe, y que en el Caso Gürtel hay que hacer desaparecer fotografías, informaciones y hasta el juez que lo ha investigado, para que al final, en efecto, no exista tal caso. Ocurre sin embargo que, de nuevo, el celo del censor rebasa los límites del ridículo.
Si el PP, como dice Miguel Bosé, es un molusco, habrá que convenir que su tentáculo de la censura sigue siendo todavía demasiado largo y preocupante para un partido que nos quiere gobernar a todos los españolitos.
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