El final del conflicto que se ha vivido en la frontera de Melilla con Marruecos es triste y vergonzoso. Por lo menos yo me siento avergonzado de que mi presidente de Gobierno haya estado escondido en el mutismo más absoluto, mientras que desde Marruecos se tensaba la cuerda de unas relaciones diplomáticas de mírame y no me toques.
En ese tiempo en que Marruecos y España han estado siendo protagonistas de un episodio que obligó el Rey español a intervenir, los representantes de nuestro Gobierno no han existido. De todo este silencio, lo que más me llama la atención es la postura adoptada por el primer ministro, José Luis Rodríguez Zapatero, que ha dado la sensación de que la cosa no iba con él. Y la del titular de la cartera de Asuntos Exteriores, señor Moratinos, que mientras la frontera era interceptada por activistas que impidieron que llegaran a sus mercados las provisiones habituales, él disfrutaba de unas estupendas vacaciones.
Esta pregunta es para un diplomático profesional. ¿Que un ministro se entreviste con un jefe de Estado para solucionar un conflicto diplomático, es el nivel adecuado? ¿Es lógico que Rubalcaba, por sorpresa, fuera el que despachara con el Rey de Marruecos, para luego sacar un comunicado en donde más o menos se viene a decir, sin decirlo, que nos hemos tenido que tragar el sapo de que nuestras policías fueran humilladas de la forma que lo fueron, hasta el punto de sentir el lógico temor de ver sus rostros pegados en las paredes sin que nadie saliera en su defensa, y que unos energúmenos cerraran el paso de la frontera sin que la fuerza pública marroquí interviniera? Ese comunicado es una de las cosas más vergonzosas que le han ocurrido a España en los últimos años. El lenguaje que emplea para definir la situación, se nota que es artificial, pues en ningún momento se refiere a los hechos que motivaron la intervención de nuestro Rey y sí, en cambio, a una serie de asuntos que, cada vez que las cosas se ponen mal entre estas dos naciones, se sacan a relucir para hacernos creer que nos queremos mucho y que, por eso, sobre lo pasado hay que echar pelillos a la mar.
Señor Rubalcaba: para ese viaje no se necesitaban alforjas. La mercancía que usted nos ha traído de esa tournée no nos gusta, porque nos hace creer que, una vez más, España ha sido puesta en evidencia. Supongo que, después de todo esto, las fuerzas que están bajo su mando se sentirán muy satisfechas de la defensa que ha hecho de ellas su jefe. Pues con su pan se lo coma. Nosotros con los mendrugos ya tenemos bastante.
Si me lo permite, voy a terminar con unos versos de la poesía que le dedicó al Dos de Mayo el insigne don Bernardo López García: «Oigo, patria, tu aflicción, / y escucho el triste concierto / que forman, tocando a muerto, la campana y el cañón….». En cualquier otro país en donde la democracia templa la voluntad de los políticos, un patinazo como el suyo lo habría enviado a su casa.
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