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Opinión
Días naturales

Beowulf

Antonio García Muñoz - lunes, 28 de marzo de 2011

JUEVES

Ha estado Eloy Cebrián en Villarrobledo para presentar a los chicos su última novela, Operación Beowulf. Beowulf es una novela juvenil que está ambientada en el Londres de los años 40, durante los bombardeos alemanes, con una intriga de espionaje y una generosa dosis de cultura integrada en la historia. Por eso no parece una novela juvenil. La heroína de la novela es una chica intrépida, Laura, que tiene un protagonismo natural, sin que en ningún momento se remarque su condición de chica para vendernos algún rollo de igualdades paritarias. Emparejada con un novio supuestamente judío, tampoco la disparidad de etnias da lugar a discurso sobre alianza de civilizaciones o las ventajas de la interculturalidad. Aquí los malos son malos que no tienen redención y se llevan su castigo. No es por desglosar la novela, que tiene como las buenas novelas de aventuras algún que otro vuelco argumental, pero tengo que añadir que el autor se limita a su papel de honesto narrador y no proyecta su ideología contemporánea sobre aquella época, un mal en que incurren muchos creadores cuando se enfrentan a la historia antigua, Amenábar sin ir más lejos.

La literatura juvenil, tal como la plantean los escritores actuales, nos provoca algo muy parecido a la ictericia. Se trata de una subdivisión de la narrativa que más parece adecuada a la sociología que a la literatura. Los autores, que son unos vividores del cuento en el sentido más literal, se ven obligados, no sé si por presiones editoriales, pedagógicas, o simplemente porque no dan más de sí, a volcar sobre sus páginas todos los problemas del mundo actual, sin que se les escape uno, de modo que cada novela recrea un problemática -esa es la horrenda palabra justa- al gusto del programador de turno. Cuando no aparece una familia disruptiva, es el maltrato o el acoso el eje de la historia, aunque lo normal es que aparezcan todas estas cosas a la vez, adornadas con la guinda de algún homosexual pinturero, metido con calzador, que a lo mejor es discapacitado y magrebí. Hace algunos años sobreleí uno de estos engendros, no recuerdo el nombre de la autora, cuya finalidad era demostrar que todos los refranes son machistas. Parecen novelas escritas no por escritores auténticos sino por orientadores de secundaria. Y por tanto novelas orientadoras, dirigistas, manipuladoras en el mismo sentido en que lo fueron los aleccionadores manuales franquistas sobre urbanidad y buenas costumbres. Lo de Eloy es cosa bien distinta, una novela en toda regla, heredera de las historias que ha mamado, que no quiere adoctrinar sino tan solo entretener y de paso ilustrarnos sobre asuntos que conoce de primera mano. Y que a diferencia de las otras, la puede leer un adulto sin que se le caiga la cara de vergüenza.

VIERNES

Según un reportaje de El País, ya convertido definitivamente en la biblia de lo políticamente correcto, el piropo es una tradición que está a la baja. Se ha encuestado a psicólogos y feministas, aquellos precisamente a quienes nunca llamarán guapos, y han dicho que el piropo es una manifestación de impotencia, de deseos reprimidos, de prepotencia machista y no sé cuantas flores más. Seguramente lleven razón, pero tampoco es para ponerse tan tremendos.

Afirman que el piropo constituye una cosificación de la mujer desde el momento en que se centra en un aspecto de su persona, normalmente el culo, y ahí sí que no podemos estar en más desacuerdo, pues lo que se cosifica en estos casos -como ocurre con las tetas- no es a la persona, sino el propio culo, que de por sí es una cosa, o sea que no se cosifica nada. Creen los expertos que las personas constituyen un todo y que fijarse solo en el cuerpo las disminuye, porque no se cuenta con la belleza interior. Nosotros pensamos que cada una de estas bellezas -la interior y la exterior- hay que tomarlas por separado, como el cuerpo y el alma de toda la vida, y que de la misma manera que podemos llamar a alguien imbécil, sin que corramos el riesgo de espiritualizarlo, también podremos decirle buenorro, sin miedo a cosificarlo. Un impedimento para valorar la belleza interior es que esta requiere tiempo y trato, mientras que la buenez nos llega de golpe. Ante el paso fugaz de la real hembra jamona, es lógico que nos quedemos solo con la imagen de su culo, porque no nos da tiempo a averiguar que a lo mejor tiene un máster en económicas. Una cosa que he observado, en este y otros reportajes de parecido estilo (profeministas) es que nunca se habla de la cosificación masculina, de la exhibición de cuerpos cachas, y que si está mal visto que uno valore la belleza femenina sin tener en cuenta otros aspectos, lo de piropear y extasiarse ante el cuerpo de bomberos todavía no está contemplado como cosificación.

Yo no soy muy partidario del piropo. No los he prodigado, mayormente por timidez, y tampoco padecido, por razones obvias, pero me da un poco de pena que se pierda esta tradición que después de todo estaba arraigada como parte de la diferencia en que el macho era el cortejador activo de la especie. Dicen los entendidos que entre el piropo y el acoso media una línea muy delgada, de modo que si ya de por sí esa flor estaba condenada a desaparecer, ahora lo hará de forma más acelerada por el temor a incurrir en delito. Mucho cuidado con elogiar la belleza. Cuando se cruce con una mujer hermosa no le diga guapa. Grítele: ¡catedrática!

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