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Opinión
Pequeñas historias

Plagiarios

Virgilio Liante - sábado, 17 de enero de 2009

En la Rusia actual, a quienes plagian les meten en la cárcel de dos a ocho meses, y hasta los 10 años no pueden publicar libros. Por lo tanto, pasan de escritores a plagiarios. El descrédito se cierne sobre ellos y como si una víbora les hubiera picado, ya no se pueden sacar el veneno de su cuerpo.

Sin embargo, en España, la realidad es diferente; las víboras son crías, que apenas muerden, y al que plagia ni se le mete entre rejas, ni deja de publicar.

Las razones para plagiar son evidentes; falta de tiempo, afán de figurar, sequedad creativa. La lástima es que ningún escritor de éxito, premio Nobel, o cargo público tenga la humildad de reconocer sus errores, y decir: «Plagié, robé textos de otros. Sí, fui yo y me arrepiento». Los demandados por plagio niegan lo evidente y generalmente se escudan, unos en la intertextualidad; otros en las nobles tareas humanistas como difundir la obra de un escritor; y los terceros en que fueron sus negros los que plagiaron.

Empiezo por los casos de intertextualidad. Luis Racionero publicó Atenas de Pericles, un libro sobre la Grecia clásica. El escritor y ex director de la Biblioteca Nacional fue acusado de plagiar El legado de Grecia, una obra escrita hace más de 80 años por Gilbert Murray, profesor de la Universidad de Oxford. Racionero reprodujo pasajes enteros, con ligerísimas diferencias. La comparación entre ambos textos arroja un asombroso parecido, pero Racionero argumentaba que no era plagio, sino intertextualidad.

También Lucía Etxeberría se escudó en la intertextualidad y en que había querido reinterpretar un texto literario, de su admirado Antonio Colinas, para darle una vuelta de tuerca, aunque no explicara de qué es. Además la escritora demandó a la revista Interviú porque lo suyo no era plagio sino intertextualidad. Pero, ante tanto baile de conceptos, hay que esclarecer las cosas. Dice Francisco Rico, crítico literario, que para explicar bien la diferencia entre intertextualidad y plagio, hay que ver la intención de la copia: «La intertextualidad se produce para ser reconocida y gustada; y el plagio se propone pasar inadvertido».

El segundo grupo se resguarda en una noble tarea humanista. Luis Alberto de Cuenca fue acusado por el diario El País de copiar el apéndice de La piratería clásica (1935), del británico Philip Gosse, para un artículo aparecido en 1988. Ante la evidencia, De Cuenca admitió que había reproducido casi literalmente 10 de las 11 páginas del apéndice, pero no veía nada reprobable en su conducta, porque lo había hecho movido por «una noble tarea humanista: divulgar a Gosse en España».

Por último, quién echa la culpa al negro (que trabaja anónimamente para lucimiento y provecho de otro). El negro de Ana Rosa Quintana copió párrafos enteros, casi calcados, cambiando apenas los nombres de los personajes, de los libros Álbum de familia de Danielle Steel y Mujeres de ojos grandes, de la mexicana Ángeles Mastretta. Tras achacar la coincidencia a un error informático, Ana Rosa terminó reconociendo que, para la elaboración del libro, había contado con un colaborador que la había traicionado. Ana Rosa Quintana cometió dos fallos; recurrir a un negro y plagiar.

La única dignidad que les queda a los plagiarios es que no intenten camuflar lo evidente, y que encima no sean capaces de convertir sus trampas en méritos.

vliante@latribunadealbacete.es

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