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jueves, 24 de julio de 2014
Opinión
TOCANDO FONDO

Auge y decadencia del Imperio Romano

Óscar Dejuán - miércoles, 01 de julio de 2009

Acabo de hacer una excursión familiar a Roma y me he traído un par de interrogantes. ¿Cómo fue posible que una población tan pequeña llegara a conquistar las dos orillas del Mediterráneo y las mantuviera cohesionadas durante más de medio milenio? ¿Por qué un imperio tan poderoso sucumbió en pocos años ante unas hordas bárbaras con una fuerza militar y cultural claramente inferior? Repasando mis libros de historia descubro que los interrogantes tienen una misma respuesta, de fuerte calado institucional y moral. La Unión Europea, cuyo Parlamento renovamos apenas hace un mes, debería reflexionar sobre los puntos fuertes y débiles del Imperio Romano, la más importante y longeva manifestación de una unión multinacional.

El auge del Imperio Romano se extendió del siglo I antes de Cristo al siglo II de la era cristiana, cuando el Imperio toca sus límites territoriales. Julio César, último líder de la República y Octavio Augusto, primer emperador, son los dos personajes más emblemáticos. El secreto de su éxito consistió en lograr la colaboración de los pueblos invadidos. El imperio garantizaba a estos pueblos seguridad frente a los invasores externos y al pillaje interno. Les ofrecía una lengua, una cultura y un mercado que multiplicaba sus posibilidades individuales y colectivas. A cambio habían de contribuir con impuestos al sostenimiento del imperio. Mientras la carga fiscal se mantuviera dentro de ciertos límites el trato era ventajoso para las provincias.

Los romanos demostraron ser grandes estrategas militares y grandes ingenieros. Las calzadas y puentes que mantuvieron interconectado al imperio todavía hoy causan nuestra admiración. Pero su contribución más genuina fue el Derecho Civil que gira en torno a la institución de la propiedad privada. Estableciendo un claro sistema de responsabilidades económicas, ofreció el mejor incentivo para el trabajo, el ahorro y la inversión de las familias. La propiedad privada, junto con la libertad de empresa y de comercio, ha demostrado ser la mejor receta para la multiplicación de la riqueza. Es también la garantía imprescindible para la seguridad económica y la libertad personal.

Pese a su importancia intrínseca, las mejores técnicas e instituciones hubieran servido de poco de no haber sido gestionadas por administradores mínimamente honrados y proyectadas a una colectividad donde dominaban las personas con altos estándares morales y fuerte motivación. La filosofía estoica, salida de la pluma de Séneca y completada luego por la moral cristiana, contribuyó a divulgar una moral del esfuerzo, del dominio propio y la disciplina, que sirvió de sustento a la expansión romana

Con el paso del tiempo, y posiblemente a consecuencia de la propia riqueza acumulada, se fueron imponiendo filosofías más baratas que centraban el fin de la existencia humana en el placer, libre de cualquier restricción moral. El hedonismo que hasta entonces había ocupado una posición marginal en la historia de la filosofía se convirtió en la ideología y pauta dominante. La depravación moral, que siempre había estado presente en las altas esferas de poder (como botón de muestra cuéntense los parricidios), se extendió a la vida ordinaria y se presentó como «progreso social». El aborto y el infanticidio pasaron a ser parámetros en la función de utilidad del pater familias. El sacrificio de vidas humanas (gladiadores y cristianos) se convirtió en el número más atractivo del circo.

El Imperio romano cayó bajo el peso de sus propias contradicciones morales. La violación de los derechos fundamentales acabó fagocitando a los violadores. El cambio de actitudes morales puso en jaque también la viabilidad económica. Una sociedad en la que la mayoría de las personas sólo vive para aumentar su consumo a costa del esfuerzo del vecino tiene sus días contados. El Estado hubo de aumentar la presión fiscal para satisfacer las demandas crecientes de los militares, los funcionarios y de las familias patricias de la metrópoli que habían tomado gusto por la dolce vita. También para pagar el programa de panem et circenses con el que el emperador trataba de entretener a las masas. Los impuestos cargados sobre las hacendosas familias provincianas subieron hasta niveles confiscatorios. Cada día habían de subir más, pues cada día disminuía el número de contribuyentes. Lógico, ¿no?

En ese estado de confusión moral y política, agudizado por la crisis económica, los habitantes de las provincias pusieron poca resistencia a los invasores bárbaros. Lamentablemente, el caballo de Atila destruyó simultáneamente las malas y buenas hierbas. Fue preciso el transcurso de un largo milenio para que la propiedad privada volviera a su estado genuino y potenciara el desarrollo capitalista basada en la libertad de empresa y comercio. Se necesitaron otros 200 años adicionales (y dos guerras mundiales por medio) para que alguien volviera a pensar en una nueva Unión Europa. ¿Qué será de ella? ¿Habrá aprendido las lecciones del pasado?

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