Cuando llegó la noche una semana después, y siguiendo el mensaje y mi corazón, encendí en la ventana de mi habitación algunas velas.
Encendí una vela por ti, trabajador que ibas medio dormido a enfrentarte al monótono día y que nunca terminarás.
Encendí una vela por ti, estudiante que ibas pensando en tus exámenes y en tu futuro y que nunca llegará.
Encendí una vela por ti, inmigrante de corazón dividido entre la tierra en la que estabas trabajando y la que te vio nacer y a la que nunca volverás.
Encendí una vela por vosotros pareja, que con esfuerzo y sacrificio dejabais a vuestro hijo con los abuelos y marchabais a la ciudad para así poder tener una vida mejor, nunca llegasteis.
Encendí una vela por esa niña rubita a hombros de su padre que vi en la manifestación, para que se impregne de solidaridad y de amor a las personas.
Encendí una vela por esos jóvenes que chillaban en la manifestación pidiendo paz y justicia, chillar fuerte y no lo olvidéis, pues vosotros sois los que dirigiréis el país y haréis las leyes.
Encendí una vela por esa pareja de ancianos que cogidos del brazo y con su lazo negro en la solapa levantaban la pancarta de Paz. Seguir así, muchos nos miramos en vosotros.
Encendí una vela por los bomberos, policías y sanitarios. Gracias.
Y encendí una vela que racionalmente no tenía que haber encendido, pero el alma, el corazón y la vida me lo pedía, y la encendí por esos que pusieron las bombas, por esos que los apoyan, que los justifican, que los jalean, porque aunque vean amanecer todos los días, aunque todos los días respiren y se sienten en un banco del parque, porque aunque ellos no lo sepan... están muertos.
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