El gobierno y sus corifeos están consiguiendo algo que ya veremos si es bueno o aún peor que bueno. Se trata de esa sensación que se va extendiendo y que al final será el estado percibido como natural, de estar no en crisis sino de vacaciones, como en una pausa en la vorágine que vivíamos, un relajo en la apoteosis, una temporada en el balneario hasta que escampe ahí fuera, mentalizados como estamos de estar dentro (¿). Cuando se pensaba que en cuanto no pudiera sostenerse el tren de vida acostumbrado, poco menos que nos íbamos a comer a cachos la Cibeles, como si hubiera ganado el Madrid, que esa es otra, va la gente y se lo toma como si fuera un cursillo espiritual, un campamento, una terapia. Con alegría. Ya lo dijo Aristóteles: que los objetos se aceleran al caer, porque se vuelven más jubilosos al aproximarse a tierra. Las circunstancias tienen esa ventaja, que no hacen a las personas, sino que las revelan como son, que ya es bastante. Y aquí, las que queden se están revelando como un género humano de vacaciones, que con el piso y la seguridad social, fueron siempre las tres asignaturas del español pendiente de ser alguien. Y mejor ocasión que ésta para cumplir el deseo de acapullarse ya es difícil. Tanta propaganda con el sol, lo bien que se está aquí de vacaciones, como España, ná, y Europa muy bien, pero bien que se vienen aquí a solazarse, ha llevado a la gente a tomárselo en serio y se ha ido de viaje a sí mismo, a tomarse un respiro, o a expirar, pensando que está de vacaciones en un sitio ideal sólo si estás de paso, y que lo malo acabará al volver (¿). Cuestión de dieta. Por cuatro perras se nos puede quedar un cuerpo que ni el espíritu santo. No hace falta ser un pobre de esos que con los 400 euros pagan los gastos básicos y luego, hartos de comer de mano ajena, siempre mirando a la cara, si la ponen mala o buena, van con el audi a recoger alimentos de los bancos de las oenegés. Ni tampoco hacer lo que R. Springton, que necesitando perder 25 kilos, fue a un hipnotizador, que le infundió la confianza necesaria para soportar cualquier régimen (del socialista no se habla en la historia) e incluso para robar un banco, salió de la consulta y atracó uno, siendo detenido y condenado a cuatro meses de prisión, al salir había perdido sus 25 kilos. Aquí es más fácil: para perderlos sólo tendrías que depositarlos en un banco. Sólo que, como lo que uno pierde el otro lo engorda, seguro que se ponen a dieta, y además pretenden imponerla: la clínica, el hipnotizador, los biorreguladores... Madre mía. Y yo con estos perros.
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