La obra de Miguel Delibes está hoy más viva que nunca. El adiós al gran maestro de la literatura y del periodismo de la segunda mitad del siglo XX en España ha puesto al descubierto una vez más la coherencia, la sabiduría y el genio creador del gran literato castellano hoy fallecido. La coherencia de un hombre capaz de definirse así mismo como pesimista por haber estudiado y vivido nuestra Historia más reciente. La sabiduría de alguien capaz de ahondar en lo más profundo del conocimiento popular para elevarlo a la categoría de ciencia del lenguaje literario y genio creador afincado en el tesón, el trabajo, la perseverancia, sobreponiéndose a la adversidad con ese carácter único que todo castellano querría reencontrar cada día en su entorno, pero tan difícil de hallar.
Su propia familia dudaba en la jornada de ayer de si Don Miguel hubiera estado cómodo en un acto tan protocolario como el masivo adiós ofrecido en la capilla ardiente del Ayuntamiento vallisoletano con él mismo como protagonista. Y es que la genialidad en el caso de Miguel Delibes se envolvía en un cierto aire de lejanía y prefería de las veredas, los rastrojos y los puestos de su pasión por la naturaleza en forma de impenitente cazador de bravas perdices y pescador de esquivas truchas. El intimismo de Miguel Delibes no era, sin embargo, lejanía de la realidad que le rodeaba. Así, su obra literaria ha sido capaz de demostrar que nadie escapaba a su mirada crítica en tantas ocasiones vinculada al fracaso humano y que ese periscopio de los valores humanos que es cada uno de sus magníficos relatos tenía su base en una vida tan repleta y triunfal como apagada y frugal era su apariencia.
La Real Academia de la Lengua Española, los prestigiosos galardones que atesora, a pesar del incomprensiblemente nunca concedido premio Nobel de Literatura, han jalonado una vida personal de entrega y una vida literaria merecedora de todo ello y más. Pero, sobre todo, Miguel Delibes ha conseguido marcar a decenas de generaciones con títulos indelebles para la memoria colectiva de este país y la más íntima sensación como El Camino, Los Santos Inocentes, Las Ratas o El Hereje, entre otros. El masivo adiós que se tributa hoy a Miguel Delibes es el justo reconocimiento social al gran maestro, a nuestro gran maestro. No cabe duda de que el sublime legado de sus páginas, cada recuerdo de ellas en nuestra memoria y en la de las futuras generaciones, será la verdadera, íntima y solitaria despedida que Don Miguel hubiera deseado.