La España rural llora hoy más que nunca la pérdida de uno de los suyos. Se fue el cronista del viento, del páramo y de la vega, del halcón y de la liebre, del remanso y de los pagos, de la perdiz y de la trucha. Él era el narrador del pueblo, ése que pasó hambre y penurias durante la dictadura franquista. Cada uno de sus relatos es una fotografía fija de la sociedad de la segunda mitad del siglo XX, una crítica atroz contra el sistema establecido, pero que lograba pasar la censura, no sé si por ignorancia o por dejadez.
Cuando veía las imágenes de la capilla ardiente instalada en el Ayuntamiento de Valladolid, la tierra que nunca quiso dejar, aunque le ofrecieran el oro y el moro, que se lo ofrecieron, no me imaginaba a Miguel Delibes siendo el centro de atención de tanta gente. Él estaba a gusto solo o con algún amigo y su perro detrás de las perdices por el páramo burgalés, porque además de ser escritor y periodista, era un empedernido cazador y pescador. Se fundía con el paisaje castellano que tantas y tantas veces describió en sus libros y allí era feliz. Era un elemento más de la meseta que pateó en innumerables jornadas. Allí estaba el chopo desafiante a la horizontalidad de la estepa, la liebre encamada, las perdices a escape a peón y el escritor que también era periodista o el periodista que era escritor. Su gorra visera calada y la escopeta sujeta con el brazo, mientras su mirada escrutaba el horizonte en busca de cada movimiento, cada estampa, cada detalle… eran retazos de cada uno de sus narraciones.
Hoy lloran el labriego de albarcas y boina, el guardia civil rural de tricornio y capote, el conserje del colegio, el tabernero, el ratero, el furtivo, el cazador, el pescador, el galguero, el pastor de rebaño polvoriento y los abuelos que fuman caldos mientras buscan la solana en los días de frío invierno castellano. ¿Quién les ascenderá ahora a las más altas cimas de la literatura española? ¿Quién les acompañará en sus interminables jornadas en la inmensidad de la estepa cerealista? Seguro que desde donde quiera que esté tendrá tiempo para asomarse a su Castilla querida para salvaguardar a todos y cada uno de sus personajes que, aunque creados por su pluma, tomaron vida para miles y miles de españoles. Él decía que sus personajes disfrutaron la vida y que él sólo cumplía años. Hasta 89 cumplió, pero para varias generaciones de españoles, Miguel Delibes ya es eterno. Murió el viernes en un día frío y desapacible, como los inviernos en Castilla, pero seguirá vivo en la memoria de miles de lectores que disfrutaron momentos inolvidables delante de miles de páginas que recreaban una y mil veces estampas de la vida cotidiana que los diarios oficiales insistían en ocultar. Se fue un genio.
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