Como en el caso de Francisco Ayala, de Miguel Delibes sólo nos faltaba conocer su fecha de fallecimiento. Eran dos biografías acabadas, a falta de ese pequeño detalle, casi minúsculo, de sus respectivas muertes. Desde la publicación de El hereje, en 1998 -novela que nos remitió, con un escueto «A la familia Barcarola, con un abrazo colectivo»-, algo nos decía que su adiós a la literatura era un hecho
Y aunque esperada, su muerte anunciada no ha dejado de estremecernos, entre otras cosas porque, con ella se pone fin a una época fundamental de la narrativa española, surgida a raíz de la guerra española, una época de intensa negrura, de absoluta desesperanza. Aquella alargada sombra del ciprés con la que Delibes saltaba a la fama en 1947, pasando de ser un oscuro periodista vallisoletano para convertirse en uno de los grandes valores de la novelística de su época, era un hito más, tras la aparición de La familia de Pascual Duarte de Cela, en 1942, y de Nada de Carmen Laforet, en 1944. Retratos, todos ellos, de una época desolada, y aldabonazos en la dormida conciencia de la época. Cela, Laforet, Torrente y Delibes marcaron una época. Pero, de todos ellos, y dejando a un lado a Carmen Laforet, fue Delibes, con mucho, el más genuino, el que más hondo caló en generaciones de jóvenes. Contaba Antonio Buero Vallejo, con su ironía habitual, que una tarde, paseando por la Castellana, de repente, un chico de unos 18 años, viéndolo venir, se quedó como paralizado. Al llegar a su altura, se detuvo, y Buero, sonriendo, le dijo: «¿Qué? ¿Me conoces?». El chico, incapaz de articular palabra, movió la cabeza afirmativamente. «Y ¿quién soy? A ver, dime». Y el chaval, tras un par de segundos, respondió: «Miguel Delibes». No era la primera vez que lo confundían con el vallisoletano, pero ya no le importaba, antes bien, le resultaba chusco.
A diferencia del Cela, que siempre llevaba tras sí el escándalo, o el ambiguo Torrente, Delibes fue toda su vida el hombre discreto y reservado, enemigo de todo histrionismo, y firmemente convencido de que la literatura se basta a sí misma. En la época en que se puso de moda, a principios de los 80, impartir conferencias hablando de su obra por toda España, Delibes, con Marsé y pocos más, fueron los únicos que se negaron sistemáticamente a hacerlo, convencido de que lo que tenía que decir lo había dicho en su obra. De ahí que fuera de los poquísimos escritores que no pasaron por Albacete en la época dorada del Cultural.
Heredero de la gran tradición del 98, Delibes consagró toda su vida a recrear la mitología de la España castellana, en sus dos vertientes: la rural -que culmina en esa maravilla narrativa que es Los santos inocentes-, habitada por gentes sencillas a las que el autor trata con gran psicología y ternura; y la centrada en las clases medias burguesas provincianas, con sus mezquindades y sus miserias -vertiente que culmina en Cinco horas con Mario, novela en forma de largísimo soliloquio, con idéntica estructura que el relato La dulce de Dostoievski, con la particularidad de que, en la novela de Delibes, es el marido el que está de cuerpo presente-.
Es posible, como a menudo he dicho, que la lectura, casi obligatoria, en las escuelas, de las primeras novelas de Miguel Delibes -El camino, Las ratas-, ajenas a cualquier atisbo de renovación novelística -en una época en que las obras de Proust, Joyce, Virginia Woolf, Faulkner o Kafka dominaban el panorama mundial-, tuvieran la culpa del retraso novelístico de nuestro país -pensemos que habría que esperar a 1962 para que apareciera Tiempo de silencio, de Martín-Santos-; pero, de lo que no cabe la menor duda, es de que su capacidad estilística, su dominio del lenguaje y su honestidad intelectual le permitieron ocupar, por derecho propio, un puesto de privilegio en la corriente de realismo social que tan importante papel desempeñó a la hora de remover las conciencias ancladas de generaciones de españoles.
No en vano se ha hablado de «la busca de la autenticidad» como una de las constantes de su obras.
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