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Opinión

01/09/2010

TOCANDO FONDO

In-cultura

Óscar Dejuán

En las postrimerías del curso 2009-10 el escritor chileno Mario Vargas Llosa fue investido doctor honoris causa por la Universidad de Castilla-La Mancha. Su lección magistral llevó por título Breve discurso sobre la cultura. La brevedad no restó profundidad ni clarividencia al discurso. Yo pensaba recomendarlo a mis lectores tan pronto como la UCLM lo editara. Como la publicación no ha tenido lugar, me permito transcribir las notas que copié en aquella ocasión. No hace falta advertir que cuando uno toma apuntes, lo hace a partir de sus propios conocimientos y circunstancias personales. Vamos, que no tengo inconveniente que el lector atribuya a don Mario las ideas que le gusten y cargue sobre mi cabeza aquellas que le disgusten.
En todas las épocas y sociedades han convivido personas cultas e incultas. Aunque difusa, la línea divisoria siempre existió y jugó un papel selectivo. Los farsantes no tardaban en ser descubiertos y desacreditados para siempre. Las personas verdaderamente cultas se caracterizaban por su capacidad de entender la esencia de una variedad de temas y de comunicar sus conocimientos adaptándolos al nivel del interlocutor. Si algo no entendían, lo estudiaban en los libros o lo preguntaban a otros maestros. La capacidad de aprender es otra cualidad de las personas cultas. La cultura es deseable en la medida que capacita para disfrutar de los secretos de la naturaleza, de la historia y de las artes. La cultura es un puente que permite la comunicación con personas de otras lenguas, costumbres e ideas. Con personas cultas es más fácil mejorar la sociedad y solucionar pacíficamente los problemas que la convivencia trae consigo.
El progreso técnico, económico y social parecía destinado a elevar a muchas personas al escalón de la cultura. La cultura no podía seguir siendo un privilegio de la aristocracia, la clerecía y otros estamentos restringidos. A través de la educación, todos los que tuvieran talento y destinaran grandes esfuerzos a leer, pensar y dialogar llegarían a ser cultos. Éste era el objetivo lógico que, desgraciadamente, no se ha cumplido. El progreso ha multiplicado el número de libros y de bibliotecas, pero la gente cada vez lee menos. Y me temo que los lectores raramente se detienen a reflexionar sobre el texto. Todos tienen garantizada la educación básica; muchos pueden exhibir títulos de bachiller o licenciado. Pero, ¿siguen teniendo el mismo nivel? Antes un par de faltas de ortografía eran impensables en la carta de un bachiller. Hoy, esa carta puede haber sido redactada por un universitario con un ordenador dotado de corrección automática.
No ignoramos los avances. Nuestras universidades licencian miles de especialistas, cuya utilidad nadie pone en duda. Sin embargo, «especialista» no es equivalente a «culto». Esos científicos y técnicos deberían ser tachados de incultos si no son capaces de comunicar sus conocimientos a personas ajenas a su especialidad; o si no son capaces de aprender de ellos.
La novedad de nuestros tiempos consiste en haber borrado la raya que separaba la «cultura» de la «incultura». De repente, y como por ensalmo, todas las personas han pasado a ser cultas, con independencia de su talento y su esfuerzo intelectual. Cualquier grupo se vanagloria de su propia cultura y exige que sea comparada en pie de igualdad a la de los movimientos intelectuales más logrados. Desde esta perspectiva, los ateneos (si alguno queda) expresarían una cultura diferente, que no superior, a la cultura del botellón que se trasmite espontáneamente en las plazas; o a la cultura variopinta de una manifestación gay.
Según el nuevo doctor honoris causa, el origen de estos cambios se encuentra en la Revolución Cultural de Mayo del 68 y su intento de «deconstruir» una cultura y una moral basadas en el esfuerzo personal, amén de unas normas acrisoladas con el paso del tiempo y la dirección de los buenos maestros. El propio sistema educativo quedó herido de muerte cuando se le acusó de inhibir la creatividad innata de los estudiantes y de ser una correa de trasmisión de la cultura y la moral de los poderosos. Michel Foucault, el más influyente de los filósofos surgidos del 68, denunció que el sida era un invento de la Iglesia para mantener los tabúes sexuales del catolicismo. Se aferró a esta idea hasta el día que murió… a causa del sida.
La conclusión que yo saqué de la lección magistral de Mario Vargas Llosa fue ésta. Todos, y de manera especial los intelectuales, hemos de esforzarnos por conocer y respetar la raya que separa la cultura de la incultura; la belleza de la obscenidad; la moralidad de la inmoralidad. De lo contrario estamos condenados a dilapidar nuestras energías intelectuales construyendo castillos sobre la arena, con grave daño para los incautos que acudan allí.    

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