Este artículo es, lo confieso, casi un plagio. No voy a escudarme en argumentos como la intertextualidad, el homenaje al escritor admirado o en un desgraciado error informático, nada de eso. Todo lo que a continuación me propongo exponerles está copiado letra a letra de un pequeño y maravilloso ensayo que Natalia Ginzburg escribió a los 59 años de edad, publicó en febrero de 1975 y que yo acabo de leer. Si no llega a ser un plagio completo y verdadero es porque voy a entrecomillar las palabras exactas de esa escritora imprescindible. El asunto es peliagudo, doloroso y trágico: el aborto. Si no hubiese caído en mis manos el texto de la Ginzburg, no creo que me hubiese atrevido a traerlo hasta aquí, entre otras razones porque no habría sabido cómo exponer con claridad lo que uno piensa de esa cuestión terrible.
«Hace unos días hubo una persona que habló del aborto con palabras serias y verdaderas». El comienzo, como pueden comprobar, es de lo más prometedor, pues las disputas políticas y periodísticas que se han levantado en nuestro país a propósito de tan espinoso problema, a mí me han parecido todas de una frivolidad y una falta de humanidad enormes, tanto por parte de unos como de los otros. Se refiere la autora a un artículo muy bello y civil de Franco Rodano, político y filósofo italiano, que glosa un poco y que es el que la estimula a seguir reflexionando sobre el aborto por su cuenta. «Pienso que el tema del aborto es quizá el tema más complicado, delicado y triste que existe», expone, y añade que habría que «hablar de ello con gran respeto humano y una gran seriedad». Encuentra odioso que se hable de él «como si fuera una fiesta libre y alegre», pero cree firmemente que el aborto debe ser legal.
Y se explica: «Me parece hipócrita afirmar que abortar no es matar. Abortar es matar. El derecho de abortar debe ser el único derecho a matar que la gente debe pedir a la ley. En el caso del aborto se trata de un homicidio muy particular y absolutamente diferente a cualquier otra clase de homicidio; no puede ser comparado con nada, porque no se parece a nada (…). Abortar no significa eliminar a una persona, sino el proyecto remoto y pálido de una persona (…). La idea del aborto conduce, pues, a preguntarse cuál es el significado de la vida, y conduce a una multitud de interrogantes tan desesperados que el planteárselos es caer en la oscuridad». Y afirma: «Puesto que abortar es en realidad matar, no ya a una persona, sino la posibilidad de una persona, se trata, para la madre, de una elección espantosa. En realidad casi todo parece mejor que encontrarse ante semejante elección».
«De todas las elecciones humanas -prosigue-, es la más privada, la más anárquica y la más solitaria. Es una elección que pertenece por derecho a la madre, y solo a ella; y ello no porque en todas las circunstancias de la vida exista un libre derecho de elección ni porque la barriga es mía y hago con ella lo que quiera. Pienso que en tal elección las personas sienten como nunca que nada les pertenece, y mucho menos su propio cuerpo. Les pertenece solo una horrible facultad de elegir, para una forma sin voz ni ojos, la vida o la nada. Es una facultad pesada como el plomo, una libertad que arrastra consigo hierros y cadenas, porque quien elige debe elegir por dos, y el otro está mudo. Se trata de lacerarse en una parte de uno mismo, matar una parte de uno mismo, arrancar de los propios miembros para siempre una preciosa posibilidad viva e ignota».
Por todo ello, concluye: «Semejante elección no comporta a nadie y mucho menos a la ley (…) Compete a la ley, o debería competer a la ley, solo en el momento en el que deja de ser una elección secreta y se convierte en una abierta y clara determinación de abortar. Entonces comienza un estado de peligro; y la ley debería estar ahí no para castigar ni para prohibir, sino para acudir en ayuda». Hace muy poco tiempo se modificó aquí la ley del aborto. Recordarán ustedes las cosas que se dijeron entonces. Oscilaban entre lo frívolo y lo miserable. No era fácil encontrar en ninguna de ellas piedad, compasión o seriedad alguna. Fue realmente un espectáculo vergonzoso. Nadie parecía haber leído este artículo de Natalia Ginzburg. Aunque lo que resulta más terrible es pensar que, incluso si lo hubiesen conocido, la mayoría de los que hablaron aquellos días seguramente no habrían variado ni una coma de lo que entonces dijeron. En mi defensa por este casi plagio, tan sólo decir que suscribo cada una de las palabras de la escritora italiana, que uno no habría sido capaz de decirlo mejor ni más claramente, que me parecen las más serias, verdaderas y dolorosamente humanas que hemos escuchado sobre el asunto y, por todo ello, dignas de ser leídas por todo el mundo.
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