La llegada del mes de agosto suponía para mí un trauma porque significaba que debía pasar una semana en la finca del tío Alberto. Un seto de aligustres la circundaba y, dentro, un sanedrín de siete pinos regalaba una generosa sombra todo el verano, lo que animó al tío Alberto -a instancias de mi madre, eso sí- a construir un simulacro de cenador decimonónico parasitado por una parra. Yo nunca quise entrar y sentarme en una de las sillas del cenador, porque el enjambre de avispas que enloquecía con el calor no distinguía entre el dulzor de las uvas y la inocencia de las blancas y asustadas carnes. Sí, en cambio, me entregaba solícitamente a la siesta en la hamaca que se trajo mi tío de la República Dominicana y que ató en los troncos de dos tristes y sufridos pinos. Más allá de la frontera de los aligustres no había más que hectáreas de cultivo de secano, que, en plena canícula y tras la siega, en mitad de la meseta manchega, en medio de ningún sitio, te herían la vista con la lacerante impiedad de su fulgor amarillo.
El tío Alberto era soltero y algo huraño. De mediana estatura y complexión flaca -de los que no rellenan un pantalón, como decía mi abuela-, el cuerpo se encorvaba ligeramente y terminaba en una nariz aguileña que bien la habría querido ver el mismísimo Quevedo. A la tara de inclinarse a los encantos de la bebida se unía la de ser bisojo, y la coyuntura y conjura de estos dos factores le otorgaban un aspecto paródico y buñuelesco. Los beneficios que le daba el campo le permitían suficiente holgura para hacer del bar del pueblo su segundo hogar y principal casa de acogida, pero también la cuenta corriente del banco se mostraba condescendiente cuando presentaba sus respetos en un lupanar de la capital ‘el Nopuedo’, que así era como llamaban a mi tío en aquel antro dejado de la mano de un buen benefactor. Un amigo suyo lo animó para que abandonase esta costumbre y sentase la cabeza al lado de una mujer buena y trabajadora, y, como las expectativas no eran nada halagüeñas en el pueblo y alrededores, lo convenció para que fuese al Caribe a probar fortuna. Pero quiso la providencia castigar la disoluta vida de mi tío mandando un huracán que lo tuvo confinado en el hotel los siete días y seis noches que duró la aventura, de tal manera que de aquella odisea sólo pudo traerse de recuerdo una hamaca, de la que con tanto gusto daba yo cumplida cuenta a la hora de la siesta. Quizás por esto, y porque en el fondo era buena persona a pesar de que en la superficie era gañán, machista y algo díscolo, mi tío me caía bien, pero odiaba la semana que pasábamos en la finca desde lo más profundo de mis entrañas, a las que solo alimentaba con productos de orza, queso, pan blanco y rencor.
De aquellos días, además, guardo indeleble un sonido, el del zumbido -que no canto- de las chicharras, una lija acústica que arañaba mis oídos durante todo el día y sin descanso hasta herirlos. El cansancio que sentía a la hora de la siesta se debía en parte a este castigo, pero era sólo al caer la noche y con la llegada del sueño cuando las llagas parecían sanar. Luego, por la mañana y con el calor, al comenzar la punzante y aguda agonía, se reabrían una vez más y me sentía como un nuevo Prometeo, condenado durante unos días y en mitad del desierto manchego por un delito que desconocía y al que me veía abocado todos los agostos de mi adolescencia.
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