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Opinión
Tribuna libre

Crítica a Marianna Prjevalskya

Joaquín Arnau Amo - miércoles, 20 de abril de 2011

La pianista Marianna Prjevalskya interpretó obras de Beethoven (Sonata en Do mayor, opus 53 Waldstein), Chopin (Vals en la menor, opus posth. y Balada en sol menor, opus 23), Scarlatti (Sonatas en Mi mayor, K 380, fa menor, K 365, Sol mayor, K 125 y Fa mayor, K 537) y Schumann (Sonata en sol menor, opus 22) en el concierto que ofreció Juventudes Musicales de Albacete en el Salón de Actos de la CCM el 12 de abril de 2011.

Torrencial Schumann. Difícil Schumann: de tocar y de oír (lo fue, además, de tratar: Clara daría fe). Pues en el virtuosismo que impone se dan cita dos locuras: la musical y la mental. Y con todo y con eso, Marianna Prjevalskya eligió su Sonata en sol menor (en cuya partitura el autor anota «tan rápido como sea posible, más deprisa, aún más») para culminar un programa generoso y valeroso de los que, en cualquier ciudad de alto voltaje musical, ¿aspira Albacete a serlo?, marcaría época. A pesar de la audiencia y del instrumento (poca ella y poco él) una velada memorable, de gran lujo.

El recital había comenzado con un Beethoven contundente, aunque algo distante, salvo pasajes de acercamiento felicísimo, como el delicado tránsito del adagio molto al allegretto moderato que introduce la popular Canción del abuelo que inspiró al maestro este rutilante final que el oyente menos dotado puede tararear cómodamente a la salida.

Acertó sin duda el genio (solía hacerlo) guardándose el andante que había compuesto para mejor ocasión y volcándolo todo en un final que arrasa. Y fue agradecido en la dedicatoria a su mecenas de juventud quinceañera, allá en Bonn, el conde Waldstein.

Tras esta entrada de bravura (yo diría que a pecho descubierto si no se tratara de una dama), la intérprete barrió toda sospecha de introversión (si la había servido para hacer caso omiso del impacto intolerable de un móvil francotirador en la sala, bendita sea) para zambullirnos en un Chopin irresistible, tanto en el delicado y melancólico Vals póstumo, como en la Balada, cantada, que no leída, con todo el amor que merece, sorbe y regala. Y si con Beethoven el Yamaha se nos antojaba algo corto, con Chopin bastó y sobró para que Prjevalskya se nos metiera, más que en el bolsillo, en las entretelas.

Insertar a Scarlatti, el napolitano-madrileño del más de medio millar de sonatas, en un programa es todo un gesto alquímico que habría hecho feliz (me figuro) al mítico Benedetti Michelangeli: un piano en el que bulle, no ya el clavecín, sino la guitarra y las castañuelas, todo ello servido con un virtuosismo que cortaba la respiración. Bellísima en particular la K 365 (un número de catálogo fácil de recordar), más castiza aún que las otras, aunque todas lo son. Eran los sorbos necesarios, antes de precipitarnos al torrente llamado Schumann. Y que el bis, Rachmaninof, no iba a contradecir. Chapeau.

P/S. Marianna Prjevalskya es, amén de otros muchos, primer premio y premio especial Agustín Peiró Hurtado en el XXX Concurso Nacional de Jóvenes Pianistas Ciudad de Albacete.

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