Cuando nos enfrentamos a un paro juvenil en relación con menores de 25 años que alcanza un 50%, cuando se anuncia la décimotercera reforma educativa y cuando se tienen hijos a los que la peligrosa cultura del dinero fácil, del «no esfuerzo», el «boom inmobiliario» y las hipotecas basura les ha explotado en las manos y en plena adolescencia, con este panorama desolador: ¿qué hacemos con nuestros hijos?
A mi juicio los nacidos en la década de finales de los 80 y los 90 han recibido de lleno este desastre porque han crecido en la abundancia y paradójicamente se van a formar, de hecho ya se están formando, con escasez a todos los niveles. Por ello, o les ayudamos a cambiar de mentalidad, por supuesto poniendo ellos de su parte, o pienso, sin que pueda evitar hacerlo con pavor, que hablaremos ciertamente de una generación perdida.
Si hay que buscar culpables, desde luego cada cual debe asumir su parte alícuota. Los padres, porque les hemos dado en demasía y esos excesos han sido consecuencia de un sistema financiero y una mentalidad en la que estaba arraigada la facilidad para todo: para obtener créditos (y hasta mini créditos para organizar comuniones como si fuesen «bodas», ¡qué gran equivocación!), y facilidad para conseguir dinero rápido fundamentalmente proveniente de la construcción, sector en el que cundían chavales que abandonaban los estudios y que con unas pocas nóminas ya se compraban un «cochazo» de verdadero lujo.
Y no podemos obviar, si de reparto de culpa por cuotas estamos hablando, la existencia de un sistema educativo nefasto donde los niñ@s en edades cruciales para adquirir hábitos de estudio avanzaban de curso de modo mecánico con un P.A. -Progresa Adecuadamente- o N.M.-No Mejora-, ¿cómo se cuantificaba y evaluaba el esfuerzo y la valía con ese método? La gran mayoría formaban parte del P.A. y cuando tocó poner notas como Dios manda, es decir, las de toda la vida, para algunos chaval@s ya fue demasiado tarde.
Todo ello aderezado con una sociedad carente de los valores y principios más fundamentales, donde sólo ha importado el aquí y ahora, el disfrute momentáneo a todos los niveles, sin aprender a ahorrar, a tener proyectos de futuro, a pensar en suma, en el mañana. Es decir, la aplicación pura y dura del clásico tópico carpe diem que ya en la Edad Media era entendido como: «Vive el momento porque vas a morir pronto». Craso error, pues a mi juicio es la encarnación viva de una actitud absolutamente irresponsable.
Y de aquellos barros vienen estos lodos, pues una corrección a tiempo hubiese evitado esta enorme bola de nieve porque ese mañana tan omitido ha llegado y se ha convertido en nuestro desalentador presente y ahora, ¿qué hacemos con nuestros hijos?
Todos somos culpables. Ya no vale lanzar balones fuera. Todos tenemos que hacer examen de conciencia, pero ¿cómo conseguiremos el propósito de enmienda?