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martes, 22 de mayo de 2012
Opinión
Días naturales

Glenn Close

Antonio García Muñoz - lunes, 06 de febrero de 2012

MARTES

Glenn Close acaba de interpretar a un mayordomo, Albert Nobbs, en la última película de Rodrigo García. No hace falta decir que el papel le ha valido la candidatura a los Oscar, que si no gana será porque se le anticipe Meryl Streep, otra que tal, por su recreación de Margaret Thatcher. En los dos casos los críticos han hablado de «tour de force», que es esa originalidad que dicen cuando no tienen nada que decir, e incluso que es el papel de sus vidas, elogio que se puede revertir interpretando que hasta entonces han tenido vidas muy pobres. A mí me parece, de un modo más simple, que cuando uno empieza con los camaleonismos es porque está acabado como actor.

Glenn Close se suma a ese elenco de actores, casi siempre americanos, que no se sienten plenamente realizados si no meten alguna anomalía en su currículo. La anomalía consiste en interpretar personajes aquejados de todas las taras o disfunciones posibles, ciegos, tullidos, psicópatas, tartamudos, borrachos, tontos de baba. Robert de Niro, Al Pacino, Daniel Day Lewis, Harrison Ford, Colin Firth, Sean Penn y ahora Glenn Close son algunos de estos actores que se han vuelto irreconocibles en la pantalla poniéndose en la piel de un personaje límite, en la equivocada creencia de que uno no saca lo mejor de sí hasta que no interpreta al hombre elefante. Casi siempre se llevan el Oscar, por supuesto, pero ganar un oscar por esos papeles es igual de meritorio, como dijera Groucho Marx a propósito de otro asunto, que disparar sobre un pato parado. Cuando de Niro engordó no sé cuantas arrobas para interpretar al boxeador Jack la Motta en Toro Salvaje ello le proporcionó una aumento de prestigio cuando no era más que un aumento de peso que hubiera solventado mejor cualquier gordo de verdad. Los críticos simplones, los miembros de las academias y los espectadores de lágrima fácil se extasían ante esas interpretaciones que ellos llaman «papelones» y que en realidad son las peores de su carrera, porque no entrañan dificultad. Nada más fácil que encomendar al maquillaje la distorsión de un rostro y añadirle esos tics quejumbrosos, pasmados o estupendos que todo actor de método conoce. Lo verdaderamente difícil es actuar con la naturalidad que nos lleva a confundir al actor con un individuo anónimo.

JUEVES

Los recortes van a obligar a la televisión pública a deshacerse de sus series más exitosas. El consejo de RTVE plantea dejar de producir Cuéntame y Äguila gris, lideres de audiencia, porque las cuentas no le cuadran. La noticia coincide con el informe de que enero ha sido el mes de mayor consumo televisivo de la historia, más de cuatro horas de promedio por barba, unas cifras que superan a las europeas y que nos vuelven a dejar en evidencia ante los colegas del euro. A lo mejor Alemania dicta órdenes de que tenemos que corregir también eso y ver menos la tele cuyo abuso limita nuestra productividad. Visto el patio (de butacas), la decisión de suprimir esas historietas de transición y espadachines nos parece todo un acierto, porque quizá anime a esos espectadores huérfanos de series a buscar entretenimiento y cultura por otras vías.

La tendencia última en los productos nacionales es la de acercarnos a personajes recientes de nuestra historia, desde el Rey hasta el último mindundi, vinculados a la transición política o al folclore que parecen ser los dos extremos entre los que se mueve el alma española, o a tirar de hipótesis para rastrear esa misma esencia en Viriato y otros aguerridos hispanos ya autonómicos. Los estupefacientes resultados abochornan a cualquiera, pero si eso es consustancial a todas nuestras series, en aquellas que pretenden didactismo resulta pernicioso porque la gente se puede quedar con la copla errónea de que nuestra transición o nuestros siglos de oro fueron una historia de buenos y malos, un periplo sin enjundia, debido a las concesiones a que se ven obligados los guionistas que tienen que aliñar el dato histórico con un poco de espectáculo o carnaza sentimental. Los 300 guionistas de cada capítulo -los españoles somos gregarios hasta en la creación literaria- suelen presumir de que se han documentado a fondo para recrear fidedignamente sus historias, pero cuando uno ha zapeado por estas solo ha visto documentado el Dos caballos y los abrigos de época, que son los mismos para todas las series. La verdadera historia hay que buscarla en los buenos documentales que existen sobre la materia o en los libros, no en los culebrones.

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