En este país se nos había olvidado llorar. Algo tan nuestro -jodido y entrañable a la vez- había pasado al recuerdo, al menos durante un tiempo. Hubo años en los que la bonanza era tal que los rostros de los españoles solo dibujaban sonrisas diseñadas por los mejores cirujanos financieros. Tal era la cantidad de sabrosos manjares que devorábamos a diario que lo agigantado de nuestros nuevos mofletes le habían ido comiendo espacio al resto del rostro; achinando unos ojos que solo atinaban ya a reflejar el símbolo del dólar, como si del Tío Gilito se tratara. De súbito -y por obra y gracia de cuatro súper golfos- la palabra dólar mudó una de sus letras transmutándose en dolor, y así todo volvió a ser como antes, como siempre, en una España nacida para sufrir, luchar, levantarse y volver a caer.
Desde hace unos meses a fulanito de tal -residente en cualquier ciudad española- cuando consigue atrapar un poco de silencio, tras el fragor diario, y lo disfruta recostado en su buen sillón de piel -comprado en tiempo de dispendio ladrillero y algarada económica- le parece oír llorar. Se queda callado, busca el recogimiento, y es ahí cuando surgen unos presuntos sollozos que provienen de algún lugar cercano todavía no localizado. Pensándolo bien esos ruidos que parecen provenir de alguien que lagrimea, y se lamenta, podría ser perfectamente la distorsión de unos diálogos telefílmicos o de una indecente tertulia de Tele5… podría ser. El caso es que pasando lista a la vecindad todos parecen normales y felices; no hay nadie susceptible de depresión o de estar pasando por un mal rato. Además lo poco, o mucho, que sabe de ellos -situación laboral, familiar, afiliación política, simpatías futbolísticas y demás- no ayudan precisamente a pensar que esos gimoteos vienen de arriba, de abajo o de al lado. Qué raro.
La cosa se complicó cuando una mañana cualquiera fulanito de tal escuchó como esos suspiros se trasladaban a lo matinal. «Que alguien llore por las noches, cuando el ánimo decae por lo del ocaso del día y lo íntimo alienta a expresarse en soledad, es algo casi normal. Pero que lo haga por la mañana, recién levantado, quiere decir que la cosa va a peor…», pensó. No se equivocaba. Durante varios días los quejíos se extendieron entre la mañana, la tarde y la noche. Cada vez eran más evidentes, audibles y cristalinos. Acojonaban y producían en nuestro oyente un desasosiego impresionante. Intentando hallar una explicación ante tal suceso, nuestro protagonista llegó a pensar que se estaba trastornando o que podía tratarse de lamentos fantasmales, provenientes del más allá. Pero no, amigos lectores, aquello era muy real. Verán.
Un día mientras fulanito de tal paseaba su indolencia cotidiana por las calles del centro de su ciudad -y descubrió con estupor como en una de las mejores esquinas habían cerrado una tienda de toda la vida para dar paso a un triste casa de empeños- le pareció escuchar aquellos sollozos; como si el viento de invierno los estuviera difundiendo sin pudor por todos los rincones del alma urbana. Se paró en mitad de la calzada, y apostando bien los pies en el suelo, se prestó a padecer públicamente de esa fanfarria estremecedora, a la que ya se había acostumbrado y hasta había puesto título, como si de una extraña y convulsa sinfonía del desconsuelo se tratara. Durante un tiempo indeterminado aquello se sucedió más a menudo de lo deseado. Aquel fenómeno sonoro de la congoja ya no solo le acompañaba en la intimidad de su hogar, también le asaltaba cuando iba a diario a las oficinas del paro para ver si había algo para él; le abrumaba cuando ejercía de canguro con ese sobrino, o nieto, al que apenas podía comprar unas chuches dado a la estrechez de sus cuentas y le abordaba cada noche cuando -ya en la cama- miraba a su mujer y descubría en el fulgor de sus ojos bellos y profundos que su amor era tan fuerte que ni desempleos, ni hipotecas sin pagar, ni posibles desahucios podría hacer mella en él.
Un día no cualquiera fulanito de tal descubrió -con insólito vs. natural horror- que esos plañidos no eran algo externos a él y por fin cayó en la cuenta de que provenían del fondo de su alma. Era él quien lloraba por dentro -desde las mismas vísceras y sin que nadie lo viera- por entender que habiéndolo hecho todo bien -como le habían dicho en su familia, en la escuela y desde el púlpito- estaba pagando como el mayor de los sinvergüenzas sin serlo; por verse sumido en una situación sin salida en la que poco o nada podría hacer para zafarse de su mal presente y, lo que es peor, por comprobar como toda una vida de trabajo, honestidad y esfuerzo se iban desmoronando sin solución. Sí, en este país se nos había olvidado sufrir…