La cascada brama y ruge. Las rocas de la orilla retumban y el suelo esponjoso de toba rezuma agua. Del fondo de la catarata, emerge una neblina de miles de finas gotas de agua y, para poder hablar, hay que alejarse unos metros tierra adentro.
A una veintena de metros, donde las aguas debería remansarse, los cauces se han desdibujado y la corriente busca nuevos caminos por donde salir. Más allá, las orillas han retrocedido, y árboles, sillas y mesas de un área de ocio han quedado rodeados, aislados de tierra firme.
Pero esto no es Riópar. No se trata de los Chorros del Río Mundo. Éstos se encuentran mucho más allá, hacia el sudeste. Este espectáculo de aguas salvajes y embravecidas se está dando ahora mismo en un sitio inusual, en Ossa de Montiel, en el Parque de las Lagunas de Ruidera.
Cada 10 ó 12 años -la última vez fue en el invierno de 1997- cuando la nieve, no la lluvia, colmata las fuentes en las que nace el Guadiana, las lagunas cantan con la fuerza de millones de litros de agua que brincan y saltan a través de un paraje que, normalmente, se asocia al murmullo de corrientes plácidas bañadas por el sol del verano.
Este año, las Lagunas empezaron a rugir hace algo más de dos semanas -los días 14, 15 y 16- y todavía no han parado. El alcalde de Ossa de Montiel, Bienvenido Cano, nos acompaña y reconoce que aún no sabe cuándo parará este espectáculo inusual.
«Lo más probable es que dure más que en el 96, tal vez llegue hasta mediados de febrero-señala- porque aguas arriba aún queda mucha nieve y las fuentes aún no han dado la subida fuerte de sus niveles, que suele ser al inicio de la primavera, en abril».
Acompañados por Cano, iniciamos nuestro recorrido en La Colgada, y vamos subiendo, contra la corriente. Al llegar a la Santos Morcillo, nos sorprende ver la presencia de unos clavos o pernos metálicos, plantados en el suelo y, en medio de la laguna, hay poste que, en su extremo superior, sostiene una caja metálica.
UN SISMÓGRAFO. «Es un sismógrafo -explica el alcalde- y está justo en medio, para detectar cualquier movimiento extraño; el sensor está conectado, en tiempo real, a un sistema de seguimiento que funciona las 24 horas del día».
En cuanto a los pernos, los técnicos de la UCLM los han clavado por toda la zona. Cada semana, pasan y comprueba las distancias entre ellos, con un margen de error pequeñísimo. Así, entre los pernos y el sismógrafo, se detecta cualquier posible movimiento.
Estos sistemas, y un merendero abandonado que ahora está parcialmente inundado, no muy lejos de ahí, son lo que queda de la polémica que hubo el pasado verano, a causa del cierre de parte de las Lagunas. Se habló de «catástrofe», de «ruina», pero todo parece muy lejano, como si las aguas, frías e inusitadamente cristalinas, se lo hubiesen llevado río abajo.
«Hubo un perjuicio -reconoce Cano- pero no hubo la catástrofe económica que algunos vaticinaron. Quien peor lo pasó fue el merendero que hay a orillas de la Santos Morcillo, que tuvo que cerrar por falta de clientes. Pero, al final, tuvimos un 28% más de gente que el año anterior en todo el Parque».
La toba o tobazo, el material del que están hechas las barreras que separan las lagunas, resiste mejor el peso del agua cuando hay humedad. Los problemas surgen cuando llegan los años de sequía, porque las grietas se abren cuando este material, mitad orgánico y mitad mineral se reseca.
VISIBLES AL OJO. En realidad, el tobazo, el material del que están hechas las barreras, es una mezcla de materia orgánica y el carbonato cálcico que arrastran las aguas. No es un proceso muy diferente del que se da en las cuevas donde se forma las estalactitas y las estalagmitas. La gran diferencia reside en la velocidad.
«Procesos que, en otras zonas, llevan miles de años, ocurren aquí a una velocidad que es perfectamente visible por el ojo humano -subraya nuestro guía- es un espectáculo magnífico, y es una pena que la gente se lo pierda, porque es en días como éstos cuando se ve toda la fuerza, creadora y a la vez destructora, de las aguas».
Así, el agua, al pasar por las barreras, lejos de destruirlas, contribuye a que crezcan. Eso no quita para que, aquí y allá, se vean en otras partes árboles caídos o, aún más arriba, estrechos cauces cuyas orillas dejan ver los recientes zarpazos de las corrientes embravecidas, lejos del sereno espectáculo de las largas y extensas láminas de aguas, apenas movidas por el sol y la brisa, la imagen tópica que se suele asociar a esta zona.
«Lo que las personas no acabamos de entender -aclara Cano- y el problema de las barreras nos lo ha demostrado, es que las Lagunas son un ecosistema vivo, que evoluciona constantemente. Aquí, en Ruidera, el agua construye y destruye, alterando el paisaje delante de nuestros ojos».
Es como ver los procesos naturales a través de una cámara ultrarrápida, como las que usan los científicos para seguir la trayectoria de una bala o la cadencia de las alas de una libélula. Pero sin una cámara especial.
PARA UNOS POCOS. Todo esto sólo está al alcance de unos pocos: nosotros, los escasos habitantes de la zona entre semana y un par de ingleses que, con aire de despiste, han lanzado sus anzuelos a ver si pica algo.
«Las aguas son un gran reclamo turístico, eso lo sabe todo el mundo, pero no sólo en época estival -se lamenta nuestro anfitrión- por eso intentamos que el turismo sea menos estacional, por eso nos gustaría que todos viesen estos reventones espectaculares».
«En esta época del año -concluye- hay un colorido en las Lagunas que ni se lo imagina la gente, y es una lástima que se lo pierdan, porque sólo se da en invierno y en otoño».