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Domingo, 14 de Marzo de 2010
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VIVIR

28/02/2009

Guarnicionería, tradición artesana

El guarnicionero se dedica más a la guarnición del arreo de carro y animales de carga, es decir, a todos los aperos que llevan los animales de carros y las galeras

Juan Grueso Pérez, guarnicionero de El Bonillo.

ÁNGEL ÑACLE
ÁNGEL ÑACLE

La gente del campo es gente de camino. Para desplazarse necesitaron de caballerías y de carruajes, y para esas tareas necesitaban de correajes de cuero. La guarnicionería abarca desde el trabajo de la piel hasta el almohadillado de algunos de los aparejos, pasando por el enriquecimiento de las piezas con aplicaciones de tachuelas, adornos de cuero recortado, bordados y borlas, trenzados y flequillos.
Es difícil establecer la diferencia entre talabartería y guarnicionería si bien para Juan consiste en que la talabartería es más específica del trabajo del cuero para diferentes y muy variados usos mientras que el guarnicionero se dedica más a la guarnición del arreo de carro y animales de carga, es decir, a los aperos que llevan los animales de carros y galeras. Tendremos, por un momento, que recobrar la memoria de los arreos, de las guarniciones de las caballerías, a través del olor a cuero mezclado con el sudor.
Juan es guarnicionero. El material básico que utiliza es el cuero curtido, la piel de toro o de vaca, y la badana para forrar, hacer almohadillas o cosas más flexibles que procede de la piel de cabra; además, naturalmente, los hilos, que son de cáñamo y de varios grosores (hasta cinco cabos), y las agujas, llamadas de guarnicionero, porque tienen la punta más redondeada para facilitar la busca del agujero, hace de lezna y evita que se clave en otro sitio.
A nuestro artesano le entró la afición recién terminada la guerra, tenía 16 años y los guarnicioneros tenían la costumbre de ir en el otoño, una vez terminadas las labores fuertes del verano y de la vendimia, a arreglar los arreos a las fincas grandes donde los llamaban; se aficionó estando en una aldea del campo de Barrax llamada La Picá viendo al guarnicionero trabajar y manejarse a las mil maravillas con el difícil arte de coser a dos agujas, es decir, pinchar y sin mirar tentar la lezna y meter las agujas por el agujero, técnica empleada en costuras largas para dar más fuerza que consiste en pasar al tiempo dos agujas que hacen dos pasadas a la vez, con lo que queda una costura doble muy fuerte que es igual por el haz que por el revés.
Al volver de aquella finca se dedicó a las labores agrícolas con una yunta de animales que su padre compró pero en cuanto tenía ocasión él mismo se remendaba los aperos y aprendió a coser a dos agujas y a manejarse como los profesionales.

Herramientas. Cuenta que el guarnicionero suele tener una idea muy exacta de lo que va a hacer, por ello no suele echar mano de patrones o plantillas ya que conoce las medidas y formas de las piezas de memoria, cortándolas sin fallos. Para el corte se utilizan dos tipos de guchillas (cuchillas): la media luna (grande, de 12 ó 14 centímetros) y la uñeta (recta, de tamaño más pequeño, de unos 4 ó 5 cm.), de acero al carbono. Se ayuda marcando el lugar de las costuras con el compás y, a veces, señalando los puntos con una ruedecica dentada que marca la longitud de los puntos, solamente hasta que se tiene la suficiente experiencia, ahora no la necesita desde luego. Importante útil es una tabla a especie de pinza muy grande de madera llamada machota que se coge entre las dos piernas y sirve para sujetar y apoyar el cuero. A partir de aquí sólo queda realizar la costura a doble aguja ayudado por la lezna. Tan importante o más que hacer las piezas de los arreos es el remendarlas, tarea más cotidiana por más normal.
Goza Juan de una extraordinaria memoria y nos recuerda, uno a uno, el nombre de las principales piezas que trabaja el guarnicionero. Veamos. Los arreos del carro de varas son: la silla, la zofra (cuyo verdadero nombre es zufra o sufra porque es lo que sufre la carga sujetando las varas del carro), la barriguera, la retranca y el tiro. El carro suele llevar una mula, a veces dos o más, formando entonces lo que se conoce como reata. Las reatas, por tanto, son tiros de dos, tres, cuatro y hasta cinco caballerías, cuyos arreos tienen una gran longitud, se hacen de cáñamo pero recubiertos de cuero para que no roce a los animales. Por cierto que las mulas tienen un nombre diferente según el lugar que ocupan en la reata: empezando desde las varas del carro reciben el nombre de varas, ganchos, corzas, cuerdas y guindaleta. Normalmente las reatas de mies y vendimia eran de dos o tres mulas, mientras que las de cuatro y cinco eran utilizadas para transporte.
Por otra parte tenemos la galera, vehículo que lleva las caballerías apareadas, siempre un par mulas, cuyos arreos o arnés reciben el nombre genérico de guarnición, compuesto de: tiros, fajadores, lomeras, retrancas, carteras, barrigueras y cuadrilleras.
Nos recuerda también que existe mucha relación entre el cáñamo y el cuero, el primero se utiliza recubriéndose de cuero en las reatas, pero también se suele utilizar como arreo o elemento de tiro cuando los recursos económicos son escasos ya que es mucho más barato, aunque peor, principalmente porque con el frío se pone tieso y duro y roza la piel del animal.
También el guarnicionero trabaja en los aperos que llevan los animales de labranza, entre ellos destaca el ubio o yugo que también debe estar recubierto para que los animales no sufran. Según la zona en que se trabaje va vestido de una forma o de otra: en la zona de viñedo, Villarrobledo, Tomelloso, Socuéllamos..., el ubio va vestido de piel de oveja, con la lana por fuera, y en la zona del campo de Albacete, Barrax, Lezuza, Ballestero, Munera, El Bonillo..., los ubios llevan unos almohadillones o cojines revestidos de pañete que también hace el propio guarnicionero. De distinta índole son los mosqueros y el pecho petral, adornos que se hacen para dar color a los animales en las romerías y en las carreras de San Antón poniéndoselos en la cara y en el pecho. Incluso para el hombre hacían los guarnicioneros algunas piezas, principalmente albarcas para la gente del campo, y también delanteras o zahones para los caballistas y pastores (lo que Justo llama antiparas), invadiendo el terreno de los talabarteros.
Finalmente dice que el trabajo artesano del guarnicionero estaba bien considerado dentro de la oficialería de los pueblos, incluso por encima del sastre, decayendo a partir de los años sesenta con la llegada de la maquinaria. Realmente un oficio necesario, no exento de cierta creatividad.    

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