Marmaraereglisi, todo un remanso de paz para los sufridos expedicionarios.
Con el arreglo de la cerradura del coche, salimos de Hungría bastante tarde. En la frontera con Serbia aprendimos algo que no debemos olvidar: no se deben grabar vídeos en las fronteras. A Rafa, por ello, un poli con cara de poquísimos amigos se lo llevó a la garita... Al final, nada grave.
Nada parecía, por el momento, indicar que habíamos salido de Unión Europea. Nos dimos cuenta de que sí al adentrarnos en sus carreteras. Enfrente nos encontramos con una carretera nacional con arcén, del tipo la que une Albacete con Casas Ibáñez, o lo que es lo mismo, una vía normalita, normalita, que aparecía en los mapas como autopista. Esa fue la primera sorpresa.
La segunda, que los conductores la tomaban, en efecto, como si de una autopista se tratara: adelantamientos extremos, que nos obligaban a invadir el arcén (tuvimos de hecho pitidos y broncas por no hacerlo al principio) y, por supuesto, un respeto omiso a las señales de tráfico y las marcas viales (fueron frecuentes los adelantamientos en zonas con doble línea continua)... la tercera sorpresa, pero no por ello menos importante, es que, circulados unos kilómetros, vimos una señal que rezaba putarina y, mire usté, que resulta que era la del peaje... En definitiva, que lo único que aquella vía no tenía de autopista era la vía misma.
Como empezaba a oscurecer decidimos parar en cualquier sitio para buscar donde dormir y tras dar unas cuantas vueltecillas, con la consiguiente desesperación que venía aparejada al cansancio de la ruta, fuimos a dar con nuestros huesos en un área de servicio en el que nos indicaron un motel.
Y allí dormimos. Desde fuera parecía el de psicosis, y nuestro Norman Bates particular (con el que regateé en un inglés macarrónico que ni él ni yo entendíamos) resultó ser un serbio majete y campechano. Cruzamos la puerta del hostal y ante nuestros ojos apareció un edificio recién pintado, enmoquetado, limpio, coqueto y con encanto.
Oriente es Occidente. Nos levantamos y seguimos la marcha. En un par de horas nos encontramos en Bulgaria. Sus carreteras y forma (mala forma) de conducir hicieron buenas las de Serbia.
Por fin alcanzamos la frontera turca y entramos sin problemas. Sin duda, lo más sorprendente son sus autopistas. Después de unas horas llegamos a un pequeño pueblo bañado por el Mar de Mármara y nos alojamos allí en un cámping. Un lugar modesto pero con encanto. Nos atendieron fenomenal y hasta en la música nos hicieron un pequeño homenaje: pusieron todo lo que tenían en castellano, incluido Antonio Banderas cantando el tema de Desperado.
El fin último de esta aventura es cubrir el camino entre distintas capitales de Europa y la capital de Mongolia, Ulan Bator, a bordo de coches de baja cilindrada y escaso valor de mercado, máquinas fiables y fáciles de reparar que ellos mismos califican como ridículas y que propician que se conozca popularmente a esta prueba como el Dakar de los pobres».
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