Los expedicionarios confraternizan con la población georgiana.
En Batumi, ciudad que permite la acampada libre, dormimos con nuestras tiendas en la playa. Cuando nos despertamos (si es que llegamos a dormir dado el escándalo que organizaron unos chiringuitos limítrofes), salimos de la ciudad. En las afueras, que estaban repletas de calles sin asfaltar y de gentes deambulando como zombies (es lo más parecido a Resident Evil que habíamos visto en la realidad), un inmenso olor a gas invadió nuestro coche. Miramos fuera, para descubrir su procedencia, y vimos un gasoducto, bastante deteriorado, que emanaba chorros de gas en estado líquido. No parecía muy seguro. Seguimos hacia adelante.
Tan pronto como salimos de Batumi el paisaje costero cambió radicalmente, para convertirse ante nuestros ojos en una auténtica selva absolutamente verde, algo que jamás hubiéramos sospechado que existiría en estas latitudes.
Si al inicio del país nos había sorprendido ver a las vacas sueltas por doquier, la cosa no mejoró al ir adentrándonos en el territorio, más bien se fueron sumando clases de animales a la granja ambulante de Georgia: cerdos, ocas, cabras, caballos... y muchos, muchísimos perros.
Realmente, Georgia nos estaba agradando, contra todo pronóstico. Había cosas ciertamente increíbles. Por ejemplo una estatua de Don Quijote en un cruce de caminos, buenas carreteras y, aunque suene morboso, sus cementerios: la costumbre georgiana es enterrar a sus muertos en tumbas y no en nichos, al menos es así en los cementerios rurales, pero no ponen una lápida con una pequeña foto del finado, sino mármoles de un metro de altos con fotos o grabados de cuerpo entero. Daba la impresión de que estaban vivos, de pie, observando a los coches que circulan por la carretera.
Conforme el selvático verde inicial se fue tornando ocre, los pequeños pueblos fueron cada vez menos frecuentes, las carreteras empeoraban (hasta el punto de desaparecer en algunos tramos) y las gentes que nos encontramos parecían tristes y desocupadas. Cada vez se veían más gasolineras abandonadas y áreas de servicio muy deterioradas, que aún dejaban traslucir algún mínimo detalle de un antiguo esplendor. Los perros, cada vez más famélicos. Era fácil suponer, viendo aquello, que la independencia de la antigua Unión Soviética había hecho mella en este país poco fértil (salvo el sur) y con escasa industria, que se hallaba en retroceso.
Alcanzamos la frontera a eso de las cinco de la tarde. Nos invadió la desesperación al ver una fila inmensa de camiones que también pretendían entrar y, por lo que pudimos enterarnos preguntando, iba la cosa como para cinco horas de espera. No os podéis i imaginar cómo era aquel lugar: sucio, lleno de serpientes (según nos dijeron) y era más que probable que tuviéramos que acampar allí.
Una compañera de otro equipo «convenció» a la policía para que nos dejara pasar... pero yo seguía teniendo en mi mente el pasaporte roto... En breve sabría si me dejaban seguir o me debía volver a casa. Menudos nervios.