La Tribuna de Albacete
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jueves, 17 de mayo de 2012
VIVIR

Mongol Rally 2009

LUISA SÁEZ - sábado, 08 de agosto de 2009

La expedición albaceteña llega al puerto de Turkmenbasy, en Turkmenistán, un país muy poco poblado, ocupado por el desierto en un 80 por ciento de su extensión territorial

Tras desembarcar los aproximadamente 30 coches del Rally que nos habíamos reunido allí, comenzó la tediosa burocracia, más tediosa, si cabe, la turcomana que cualquier otra ¡Hasta 12 ventanillas distintas tuvimos que sufrir!

A las cinco de la mañana, una vez pagadas las cosas legales que aparecían en las tasas de un tablón: visado, permiso de circulación, seguro y un simpático plus por la gasolina (como aquí es tan barata, unos 20 céntimos de euro por litro, calculan lo que vas a gastar en tu ruta y te cobran el litro a euro y medio), comenzaron las menos legales.

Vino un señor pidiendo a cada equipo 10 dólares más ¡Por haber usado el puente para bajar el coche del ferry! Nos negamos. Sin inmutarse, se fue a acostar. Era el encargado de abrir la puerta. Supuso que a las nueve de la mañana, que es cuando volvió a aparecer, tendríamos menos humos.

Decididos por la desesperación a pagar los 10 dólares del dichoso puente, se sumaron 12 más, en concepto de uso del párking de la frontera. Aparcamiento que usamos porque no nos abrían la puerta, claro. Y aún tuvimos que pagar dos dólares más, dado que nuestra estancia en el parking crecía y crecía mientras se sacaban nuevas tasas de la manga (cada discusión por un nuevo abuso, suponía la huida del responsable durante una media hora).

Al tiempo que toda esta noche transcurría, el barco en el que habíamos venido no salió de vuelta por si alguno de nosotros decidía no pasar por el aro y lo tenían que deportar, así que unos treinta o cuarenta ciudadanos turkmenos que habían pagado su billete, tuvieron que pasar la noche en la sala de espera del puerto. Y ninguno se quejó. Vivir en un estado policial es lo que tiene.

Agotados, habiendo dormido en los coches una hora escasa, a eso de las 11 de la mañana conseguimos salir de aquel semilegal secuestro. Con cansancio y bastante sucios, pero alegres, abandonamos la frontera. Ante nuestros ojos se descubrió un paisaje totalmente nuevo: estábamos en pleno desierto.

A la moda de Asia Central por el maravilloso mundo de los animales sueltos se unió una nueva especie: los camellos. En los 500 kilómetros que separan Turkmenbasy de Asgabat no encontramos, al menos, con una treintena de ellos, si no más. Alguna vez tuvimos incluso que cederles el paso porque habían decidido cruzar la carretera, con una morosidad como sólo vimos en los funcionarios aduaneros. En la carretera, sorprendentemente, todo el mundo nos pitaba y saludaba con entusiasmo. Nos habíamos convertido en la sensación del desierto.

Turkmenistán es un país poco poblado, el 80% de su territorio es desértico y los pueblos distan entre sí unos 200 kilómetros. A cada poco, sin embargo, podíamos encontrar tenderetes de melones (fruta nacional que tiene incluso un día festivo reservado en el calendario) y controles policiales. Cada 100 kilómetros había uno por lo menos. También en cada cambio de provincia. Contamos hasta seis en nuestra travesía.

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