La Tribuna de Albacete
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VIVIR

Tras la huella de Benjamín Palencia

V.M. - sábado, 16 de enero de 2010
La obra del pintor albaceteño, fallecido hace hoy 30 años, fue clave en el panorama artístico español del siglo XX

La figura de Benjamín Palencia Pérez (1894-1980) no ha cesado de acrecentarse desde su muerte, de la que hoy se cumplen 30 años, hasta el punto de ser considerado uno de nuestros artistas plásticos más universales. Su obra constituye en muchos casos el nexo de unión para encauzar etapas evolutivas en la historia del arte, un hecho que se explica por su innata curiosidad y por la incesante labor de experimentación, que le llevó a interesarse por corrientes tan dispares como el surrealismo, el cubismo o el expresionismo.

Su ingente obra se encuentra diseminada entre colecciones privadas y donaciones particulares, aunque, afortunadamente, uno de los fondos más importantes se encuentra en el Museo de Albacete: 130 obras que el pintor donó en los años 70 y de las que cerca de la mitad se exponen de forma permanente en la Sección de Bellas Artes y podrán volver a admirarse una vez que el Museo reabra sus puertas a finales de año, después de concluir la segunda fase de remodelación.

La directora, Blanca Gamo, considera que se trata de una colección muy representativa del artista barrajeño, donde se reflejan diversas etapas creativas, desde la década de los 20, hasta el final de su vida, destacando el período de los años 60 y 70. Dibujos surrealistas, lo más ajeno a la imagen que el público tiene de Palencia, paisajes manchegos, bodegones, retratos..., todo ello conforma este fondo de un artista reconocido por público y crítica, según Gamo. Entre las obras emblemáticas presentes cabe citar el Retrato de Alberto, el Bodegón cubista, Paisajes de Altea, La Celestina y muchos dibujos e ilustraciones surrealistas.

La directora del Museo de Albacete nos revela que a medio plazo podría ver la luz una guía elaborada por la responsable del Departamento de Didáctica y Difusión, María Victoria Cadarso, aunque en estos momentos, en plena fase de remodelación, no se contempla. Cabe recordar que hace cinco años el Museo acogió una muestra de Palencia con cuadros de ese fondo que no permanecen expuestos habitualmente.

Blanca Gamo nos desvela que otros lugares donde se concentra obra de Benjamín Palencia es el Museo Reina Sofía y en Ávila, ya que residió durante muchos años en el pueblo abulense de Villafranca de la Sierra, donde tenía su estudio y pintó buena parte de sus paisajes, no en vano se convirtió en uno de los artífices del resurgimiento del paisaje castellano.

Vida y obra. Nacido a finales del siglo XIX en Barrax, el 7 de julio de 1894,en el seno de una familia humilde, tras pasar su infancia y primera adolescencia en esta localidad viaja a Madrid en 1909 (sólo tenía 15 años) para aprender el oficio de pintor. Durante su formación, el joven Benjamín se mantiene al margen de la formación académica y oficial (no quiso estudiar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando), aunque se relacionó con algunas de las figuras más importantes de la cultura de la época, caso del genial pintor gerundense Salvador Dalí o de escritores como Rafael Alberti, Federico García Lorca o Juan Ramón Jiménez.

Esa intención premeditada de mantenerse ajeno al academicismo imperante es subrayada por su discípulo más preclaro, el pintor rodense Antonio Carrilero, máximo conocedor de la obra de Palencia, porque, como él mismo nos dice, sabe apreciar «la huella, el gesto, la respiración y la pincelada» del creador de la Escuela de Vallecas. «Él nunca se ajustó a reglas -añade-, incluso llegó a decir que no sabía pintar y precisamente por eso dibujaba como le daba la gana».

Tras un viaje a París a mediados de los años 20, donde contactó con Picasso y Miró, regresó a la capital de España para montar su primera gran exposición en el Museo de Arte Moderno, en 1928. Un año antes el artista había fundado la Escuela de Vallecas, junto con el escultor Alberto Sánchez, situándose al lado del postcubismo y del surrealismo.

Para Carrilero, Benjamín Palencia forma parte de la trilogía esencial de la pintura moderna en España, que partiría de Picasso -«el pintor más importante de la historia del arte», subraya- y completaría Solana.

Después de la Guerra Civil, reinició de nuevo la Escuela de Vallecas, en 1942, con un grupo de jóvenes artistas, como Álvaro Delgado o Francisco San José. En 1943 fue Primera Medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes y en 1952 ganó la I Bienal Hispanoamericana del Arte.

En este punto, el discípulo continúa asegurando que «en su obra reflejó en gran medida la miseria de la posguerra, aunque el tono de los cuadros sea entrañable, con escenas muy bonitas, como esas típicas eras». Palencia, que técnicamente nunca abandonó el empleo de la espátula en la factura de sus óleos, consideraba, recuerda Carrilero, que debía establecerse una comunicación indispensable entre el espectador y la obra.

Después de ingresar en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y en la de San Jorge de Barcelona y siendo ya un pintor mundialmente valorado, en plena madurez del artista se desarrolló la estrecha relación que mantuvo Benjamín Palencia con Antonio Carrilero, al que animó a continuar pintando tras premiar la obra de éste en una colectiva llevada a cabo en La Roda, allá por 1966. Carrilero llegó a pintar con él en su estudio de Polop de la Marina y en Villafranca de la Sierra y recuerda las palabras que le dijera el maestro ese mismo día: «Continúa pintando que podrás a llegar ser un artista importante».

En este mismo sentido, el pintor rodense nos narra emocionado otra anécdota que revela la valoración que Palencia tenía de su obra. «Un par de veces que regresábamos de pintar por los alrededores de la casa de Villafranca de la Sierra, ya en el estudio, Benjamín quitó su propio cuadro del caballete y colocó el mío, dejando el suyo a sus pies, observándolo detenidamente por espacio de 10 ó 15 minutos..., fue un momento imborrable».

Renovador del paisaje. Carrilero asegura que Palencia, como profundo renovador del género paisajístico, «encontró en Castilla los tres planos necesarios para pintar un paisaje, la serranía al fondo, un plano intermedio que es el más importante y el primer plano, porque en La Mancha te tienes que esforzar mucho a la hora de captar un paisaje: un solo plano con ese amplísimo horizonte como fondo».

Benjamín Palencia falleció el 16 de enero de 1980, a los 85 años de edad, dejando, según contabilizaron el pintor Francisco San José y su amigo Antonio Garrigues y Díaz-Cañabate en la memoria testamentaria, 600 óleos y 10.000 dibujos, revela Carrilero, algo que da fiel idea de su capacidad creativa.

El pintor rodense cree que la figura del genio no ha tenido la suficiente consideración en su tierra -«si Benjamín hubiera sido catalán el reconocimiento hubiera sido infinitamente mayor», bromea- y opina que desde las administraciones se podría haber hecho mucho más para divulgar su impresionante legado.

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