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martes, 22 de mayo de 2012
VIVIR

Blanquear como una mula

JOSÉ FRANCISCO ROLDÁN PASTOR - lunes, 06 de febrero de 2012

Muchas oportunidades de empleos ventajosos desde la propia vivienda y sin necesidad de dedicar mucho tiempo al trabajo son fraudes

Después de tres o cuatro llamadas telefónicas contestando aquella operadora cibernética diciendo que ese número no existía, Paula comprendió que había sido estafada. La frustración se tornó en desgarradora amargura porque había perdido sus joyas, todas las piezas de oro que entregó a una supuesta vidente simulando reparar su mala suerte.

Maldita la hora en que leyó aquel anuncio en la prensa, y maldita la hora en decidirse a llevarle las joyas, después de hervirlas, para celebrar un sortilegio de magia blanca con el que desvincularla de una desgracia falsa.

En realidad Paula tampoco debía haber alcanzado ese nivel de desesperación como para hacer semejante barbaridad, una decisión perfectamente aprovechada por una sinvergüenza que se había marchado con el bolsillo lleno de dinero.

Tardó varios días en digerir la traición y denunciar la trampa. El policía que tramitó el atestado, repleto de comprensión, redactó el desgraciado evento ajeno con la parsimonia y conversación precisa para consolar a una mujer deprimida, que trataba de buscar explicación a una pésima idea.

Regresó a casa con el consuelo de quién desahoga un secreto maléfico. Cuando entró a la salita encontró a Julián, su marido, resoplando nervioso mientras repasaba detenidamente un correo electrónico que le inquietaba. Preguntó para entablar una charla que necesitaba y Julián la miró con un brillo de ojos distinto a lo habitual mientras le espetaba ese negocio increíble que la fortuna había puesto entre sus manos: una oportunidad de empleo ventajoso que no precisaba demasiado tiempo, y desde la propia vivienda.

Paula leyó el texto y supuso que era el resultado de sus plegarias tras el varapalo de la vidente, un punto de inflexión en la suerte que hasta ese momento había sido esquiva. Un desconocido le ingresaba en su cuenta 3.000 euros, Julián se quedaba con el 20 por ciento y devolvía el resto. En resumen, cada envío suponía ganar 600 euros sin poner en riesgo su peculio familiar, un regalo del cielo que se mostraba con generosidad. Sin embargo, antes de contestar al desconocido empleador en la nueva dirección que aportaba, decidió pensarlo. Algo debía esconder tan espectacular oferta pero no encontraba argumentos de riesgo. En todo caso la ignorancia sobre quién era el benefactor, dejaba al descubierto sus datos bancarios, debía justificar unos ingresos especiales, las explicaciones que debería dar en Hacienda, en fin, todas las dudas de una mente distraída por las desgracias pretéritas, escarmentada de engaños y esperando buenas nuevas.

Paula, definitivamente, como siempre había hechos hasta entonces, decidió respaldar la decisión de Julián, que fue contestar dando por bueno el trueque de datos y dinero. Efectivamente, unos días después recibió el ingreso de 3.000 euros, restó su comisión y reintegró en la cuenta indicada por el desconocido contratante los 2.400. No era posible, pero cierto. Había ganado un pico sin esfuerzo alguno. Y esas transferencias se iban repitiendo periódicamente con el beneplácito matrimonial. Paula recuperó ánimo y dinero. Además tuvo la oportunidad de regresar a la Comisaría para identificar a la estafadora de sus joyas, detenida en otra ciudad después de un sortilegio parecido, lo que le dio la oportunidad de conocer a los policías que se dedicaban a la investigación sobre estafas. Lo que ignoraba es que esos mismos agentes también estaban encargados de los delitos económicos, como el de los muleros para blanquear dinero. Exactamente lo que estaba cometiendo su marido de vez en cuando. No tardaría en volver a Comisaría para preguntar por Julián, que había sido detenido por blanquear como una mula. Ese era el secreto del negocio, un trabajo lucrativo que escondía una trampa de la que debería dar cuenta un hombre bendecido por la buena suerte, o al menos eso creyó hasta que comprobó lo engañado que había estado, como Paula, que pasó de víctima a cooperadora en una estratagema ilegal sobre la que tuvieron dudas al principio, pero no preguntaron para contrastar. Sus empleadores, lo dueños del dinero negro, escondidos en un paraíso fiscal y con identidad falsa seguirán buscando otras mulas para blanquear dinero.

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