The Jackal, en el momento de dar el pregón.
Sin mayores contratiempos, llegamos a eso de las tres a Klenová, una pequeña aldea checa coronada por un impresionante castillo del siglo XIII, que fue el entorno en el que festejamos nuestro comienzo de aventura con el resto de equipos de Europa.
Nada más llegar nos encontramos con un prado inmenso, donde los equipos iban aparcando sus coches y colocando las tiendas de campaña. La imagen era bastante impactante, ya que parecía una auténtica invasión de autos locos: los había grandes, pequeños, de 1.000 colores..., los más chocantes eran una limusina tuneada a lo Batman y un coche de bomberos forrado íntegramente de terciopelo rojo.
Tras intercambiar nuestras primeras impresiones y comprobar que nuestros compañeros españoles iban llegando sin problemas, nos dirigimos al castillo para vivir la fiesta que la organización nos había preparado.
La temática de la fiesta fue la era de los exploradores, y muchos equipos llevaron disfraces: bastantes con el típico salacot, de cruzados, de astronautas e incluso de Internet Explorer, pero también de gatitos de peluche, de pantera rosa, de diosa griega, de brújula..., da igual, lo importante era pasarlo bien.
La cerveza corrió hasta las tantas de la madrugada (sobre todo para los ingleses), mientras bailamos los ritmos marcados por los grupos que actuaron como si se tratara de un mini festival dedicado a nosotros.
Al día siguiente amanecimos contentos y, afortunadamente, sin resaca, recogimos nuestras tiendas (que se montan en un segundo, pero en desmontarlas se tarda algo más) y partimos hacia Budapest con la intención de probar sus baños termales, pero no pudo ser.
Dejamos la República Checa, cruzamos la frontera austríaca y alcanzamos la húngara sin parar ni quiera a estirar las piernas. Cabe decir, si se me permite, que por esa Europa civilizadísima que hemos atravesado, han tenido lugar las micciones más caras de mi historia: entre 0’50 euros o un euro cada vez que la necesidad lo requería. Eso sí, me he escaqueado de pagar todas las veces que he podido, porque este rally es así.
Ya en Budapest cenamos con otro equipo amigo Mans i maniques, que le dieron, por cierto, nombre a nuestra furgo que aún no lo tenía: la Hispano-suiza. La historia comenzó antes de salir de España, donde decidimos poner una pegatina en la furgo con la bandera de cada país por el que pasáramos, y oh fatalidad, ya en Francia no pudimos comprar ninguna. Pero no desistimos y en Suiza compramos y pegamos la suya, pensando que no sería difícil completar más tarde las que nos faltaran... y que si quieres arroz , Catalina: ni la de Francia, ni la de Alemania, ni Chequia , ni... Así que ahora, sin ningún tipo de fuste, llevamos las pegatinas española y la suiza juntas... y me temo que así van a quedarse.
Último apunte tranquilizador para las madres: a la salida de Budapest nos arreglaron gratis la cerradura de la furgo... ¡nada menos que en la Porsche!
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