Fotograma de la película
Nimród Antal dirige a Adrien Brody, Laurence Fishburne, Topher Grace y Alice Braga, como cabeza de reparto de Predators, una superproducción de ciencia ficción y terror de Robert Rodríguez que viene avalada por la exitosa saga ochentera. En la película, un grupo de crueles humanos llegan secuestrados al planeta de los depredadores. Todos ellos han sido abducidos para ser lanzados en paracaídas y abandonados en este lugar selvático. Pronto descubrirán que tienen un elemento en común: son asesinos profesionales. En el nuevo entorno donde les ha tocado vivir, se darán cuenta de que son presas de una cacería organizada por una raza extraterrestre, liderada por un Super Depredador Negro. Esta secuela del clásico de 1987, respeta el sentido de la original. Sin embargo, reunir personajes tan diversos y con situaciones tan dispares pasa factura y, en ocasiones, roza lo cómico. Sobre todo si establecemos comparaciones con los personajes de la primera cinta protagonizada por Schwarzenegger hace 23 años. El argumento se centra en Royce, un mercenario que a regañadientes, se pone al frente de un grupo de guerreros de élite que se dan cuenta que han sido llevados a otro planeta como presa. A excepción de un médico desacreditado son todos asesinos a sangre fría: mercenarios, yakuza, condenados, miembros de escuadrones de la muerte... En definitiva, un grupo de depredadores humanos que están siendo sistemáticamente cazados y eliminados por una nueva raza de de depredadores alienígenas.
Con un material que a golpe de trailer parece muy bueno, se diluye como un azucarillo por el peso de la comparación con el clásico de John McTiernan de 1987. Lo único que consigue esta nueva secuela (de la que ya hemos perdido la cuenta entre Aliens y Predators) es pulverizar los escasos restos artísticos que quedan de uno de los más grandes iconos de la acción fantástica de las últimas décadas tras su paso por las batidoras de Paul Anderson y los hermanos Strause. Predators no ha funcionado como se esperaba en la taquilla norteamericana, al igual que ha sucedido con Noche y día, El aprendiz de brujo, El Equipo A y tantas otras producciones netamente palomiteras y veraniegas. Quizás sea un buen momento para reflexionar, escuchar al público con su respuesta en taquilla y orientar el cine de acción por otros derroteros. Porque las comparaciones siempre son odiosas y por muchas vueltas que se le dé a una historia que, descaradamente retorna a sus orígenes, sin Schwarzenegger no es lo mismo. Y más si me ponen a Brody de cabecilla del grupo de asesinos, por muchas pesas y anabolizantes que le hayan metido. Evidentemente no es lo mismo. Asesinos, yakuzas, soldados, mercenarios (los monstruos de nuestro mundo, se autodenominan), los protagonistas, todos ellos son carne de videoclub. La cuadrilla, estridente y absolutamente ausente de carisma individual o colectivo (máxime si se compara con el comando original), establece una apagada maraña relacional absurda e inverosímil, sin mucho sustento ni a nivel interpretativo ni textual; con extraordinaria celeridad, el palco, ya predispuesto a colocarse del lado de una de nuestras más queridas criaturas, ansiará la llegada de un body count a la postre insuficiente e insatisfactorio, carente de sinceras motivaciones (ni siquiera el ansia de supervivencia/venganza más básico y primitivo) por encima de la glotonería recaudatoria de la cinta.
Así, los responsables de Predators ofrecen un reverso tenebroso de la exploitation de siempre, exprimiendo el triunfo cinematográfico de 1987 pero sirviéndose de algunos de sus mismos pilares (a saber, los propios cazadores alienígenas, el fragor selvático, la potentísima banda sonora de Alan Silvestri, aquí remedada por John Debney), sin escudarse en derivaciones ni paralelismos léxicos ni argumentales. Lo dicho, las comparaciones son odiosas. Para pasar el rato.