Si el genial Goya hubiese estado presente ayer en la plaza de toros de Albacete hubiese tenido motivos suficientes para pintar una gran obra taurina, inspirándose en Julián López El Juli, a quien hubiese retratado como el rey del toreo. Goya, pintor de finales del siglo XVIII y principios del XIX, está considerado como el iniciador de la pintura contemporánea, pero como genio que era, tocó todos los campos, hasta el taurino. Aquí aparecerá algún cultureta antitaurino que dirá que a Goya no le gustaban los toros y que su pintura de esta época respondía más a la necesidad de ganar dinero que a su afición. Sea como fuere, no seré yo quien lo discuta, pero Goya fue un gran pintor, incluida la faceta taurina, y, ayer, seguro que el pintor de Fuendetodos hubiera realizado una gran obra basándose en otra gran obra, la de El Juli.
Habrá quien diga que a El Juli, por seguir en la época de Goya, se las pusieron como a Fernando VII y, aunque no falte razón, ya que se llevó el mejor lote de El Ventorrillo, el mejoró lo que tenía delante con sus dos faenas, llenas de oficio, de clase, de mando y de todo lo que debe mostrar una figura, como así hizo.
Dos faenas intensas y con sabor, a dos toros de distinta condición, ya que al primero le hizo él romper y el segundo de su lote fue un derroche de clase, entrega y nobleza en sus embestidas, lo que aprovechó con creces El Juli. Fue el quinto, ése del que dicen que no es malo, y el diestro madrileño cuajó una faena de firmeza, mando y temple por ambos pitones a un toro que embestía haciendo el avión, todo ello aderezado con recursos en la cara del astado y un toreo muy poderoso. La plaza estaba entregada y cuando el diestro montó la espada se escucharon algunos gritos de indulto, pero El Juli entró a matar y ahí, como un mal pintor, emborronó su obra con un pinchazo, una estocada y seis descabellos. Era de triunfo grande, pero el acero, tan duro como la verdad, dictó que el premio quedase sólo en una ovación.
Antes, con el primero de su lote, se vio que El Juli, ausente del abono del año pasado porque no entraba en la cintura de la Feria, venía a Albacete a demostrar su condición de máxima figura. Y lo hizo de principio a fin, desde los lances de recibo, pasando por el quite en el que alternó chicuelinas con una altanera y el sabroso toreo al natural, hasta la estocada final. El Juli desplegó su magisterio con un toro al que hizo romper a más a base de mando y temple, con una faena cimentada en el toreo al natural, donde llegaron los mejores pasajes, con la muleta arrastrando, muy ceñido, con mando y hondura. El Juli dejó claro que él entra en la cintura de todas las ferias y que, por el momento que atraviesa, mete a todos los toros en cintura, como hizo con este ejemplar de El Ventorrillo, para calar en los tendidos y para lograr un trofeo de figura y rey del toreo.
Tendero estuvo firme. Difícil papeleta se le presentaba a Miguel Tendero, ya que sustituía a Manzanares y compartía cartel con la gran figura que es El Juli y el joven albaceteño cumplió, porque tuvo el lote menos propicio y sacó provecho de él a base de firmeza. El primero de su lote fue un toro sin clase y con peligro, que aceptaba los dos primeros muletazos, pero que después se quedaba a medio viaje y buscaba con malas intenciones al diestro, aunque Tendero aguantó y arrancó los muletazos para cobrar una oreja tras una certera estocada. El segundo de su lote, fue un manso rajado y que no quiso pelea, pero nuevamente la firmeza del albaceteño le valió para sacarle los muletazos en una faena más breve y en la que la estocada que dejó fue insuficiente para que el toro doblase, por lo que tuvo que descabellar en cuatro ocasiones y su faena fue ovacionada.
El rey del rejoneo. Si El Juli es el rey del toreo a pie, Hermoso de Mendoza lo es a caballo, tal y como demostró ayer en Albacete ante su primer enemigo, un toro de Fermín Bohórquez con entrega y movilidad. Ahí encontró un filón el navarro, quien pudo lucir todo su arsenal con Curro, Chenel, Ícaro y Pirata. Sobre todo destacó a lomos de Chenel, con el que temple a dos pistas y realizó recortes que eran verdaderos trincherazos, y de Ícaro, con el que expuso en la cara del toro y lució doma. Estuvo genial el navarro, quien paseó dos orejas, algo que no pudo repetir ante el cuarto de la tarde, manso y que no colaboró para el lucimiento del jinete sobre sus monturas.