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el talento que perdimos

maite martínez blanco - lunes, 18 de abril de 2016
Laura, hija de Maximiliano Martínez, en el centro, posa junto a sus familiares en el rincón de la exposición dedicado a su padre. - Foto: José Miguel Esparcia.
na exposición evoca la labor intelectual de un puñado de albacetenses obligados a exiliarse en el 39 • La muestra sirve para descubrir críticos taurinos, periodistas de cine o historiadores del arte que obtuvieron cierto renombre

Que el general Pinochet fuese el primero en enviar una corona de flores cuando Antonio Rodríguez Romera murió en Santiago de Chile en 1975 resulta cuanto menos chocante, pero nos revela lo que este historiador, investigador y crítico de arte criado en Albacete que sufrió el exilio republicano llegó a significar para los chilenos. «Esta exposición es sobre unos grandes desconocidos», dijo su sobrino, al referir esta anécdota en el transcurso de la inauguración de El exilio intelectual de Albacete, una colección que acoge el centro cultural La Asunción hasta el 30 de abril.
A través de partidas de nacimiento, correspondencia, recortes de prensa, obra literaria, fotografías y cuadros, la muestra pone el foco sobre la vida de 21 albacetenses, 19 hombres y dos mujeres, que al igual que centenares de miles de españoles cruzaron la frontera en el 39, tras la victoria franquista, huyendo de la persecución, la cárcel y la muerte. Allí donde fueron, Francia, México, Chile o Cuba dejaron su legado, creaciones literarias, periodísticas, memorias, tratados de pedagogía o jurídicos y artes plásticas. Una obra que ni Albacete, ni España disfrutó, «un tren hoy perdido», en palabras de Antonio Selva, director del Instituto de Estudios Albacetenses, entidad que ha organizado esta muestra.

biografías desconocidas. En este puñado de vidas hay retazos biográficos de ilustres albacetenses de sobra conocidos, como Tomás Navarro Tomás o José Prat, pero también de otros que aquí fueron olvidados, como es el caso del caricaturista Romera. «Escribía tan bien que siempre estaba enviando cartas que daba gusto leer, él y su mujer, Adela», cuenta su hermano Ángel. «Aquí es un desconocido, pero en Chile tuvo una vida estupenda, viajó mucho, iba al Festival de Cine de Berlín como periodista para El Mercurio, y en una de esas vino a Madrid, pero no quiso salir de Barajas aunque uno de nuestros hermanos que era amigo de un ministro del movimiento le había conseguido un visado».
Su hermano, contento de que esta exposición ayude a dar a conocer quién fue el crítico Romera en Chile, lo define ante todo como un intelectual que empezó siendo maestro en una pedanía de Molinicos, pero pronto consiguió ser agregado cultural en la embajada en Lyon. Su huida en el Formosa, un pequeño barco en el que iban muchos intelectuales que luego alimentaron los círculos chilenos, fue toda una aventura «casi se mueren, hasta que llegaron a Montevideo y de allí fueron a Chile en tren y en taxi».
De Romera es la caricatura que ilustra el catálogo de esta exposición, dedicada «a mis amigos que se hallan esparcidos por el mundo». Entre esos amigos estaba Eleazar Huerta, otro exiliado en Chile. Este abogado y escritor tobarreño, que era presidente de la Diputación y Decano del Colegio de Abogados cuando estalló la guerra, también terminó dando lo mejor de sí a la universidad chilena, fue el primer decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad Austral de Chile, país donde murió.  
Ocupa buena parte de la muestra el pedagogo almanseño Herminio Almendros, «no podríamos hablar del sistema educativo cubano sin Almendros, él es uno de sus pilares», aseguró Miguel Moré, el viceembajador de Cuba en España, presente también en la inauguración de esta exposición. «Cuando tras la Revolución Cubana muchos maestros salieron del país, él no vaciló en dar un paso al frente y organizó nuestro sistema educativo, la alfabetización, las escuelas primarias e incluso la formación de la escuela militar», subrayó el diplomático cubano.

aquel bocadillo de chorizo. No podía faltar, por supuesto, un lugar para el lingüista Tomás Navarro Tomás, a quien España le debe, cuanto menos, que la contienda civil no se llevara por delante los libros de la Biblioteca Nacional, institución que dirigía en el 36, un año después de sentarse en el sillón ‘h minúscula’ de la Academia de la Lengua, y también el Atlas Lingüístico de la Península Ibérica, que patrocinó Menéndez Pidal y que se ejecutó en buena medida gracias a este rodense. Su curiosidad por estos acentos permaneció intacta. «Háblame, háblame que te oiga, me decía en uno de los viajes que hicimos a Estados Unidos para verlo y yo le decía: que pijo, odo… y él insistía, repítemelo, repítemelo». Aquellas palabras le sonaban a gloria. Igual que el bocadillo que se comió junto a un lago en Boston hecho con el chorizo que su familia había pasado de extranjis por la frontera.
Son dos pequeñas historias que nos dicen lo mucho que se pierde en el exilio y que las recuerdan Roque Andrés y Roque Navarro, dos de los sobrinos nietos de Navarro Tomás que mantienen sus raíces familiares en La Roda. Son su particular legado, «no olvidaré aquella despedida de mi madre en el aeropuerto, la última vez que lo vimos», relata uno de ellos.
Navarro Tomás, considerado pilar capital de la Filología Español, murió en Massachusetts, tras 40 años de exilio americano. «Cuando hubiese podido volver ya estaba muy mayor y no tenía salud», alegan sus sobrinos, que hace unos años recibieron la visita de una nieta de Navarro Tomás que vino por Albacete buscando las raíces de su abuelo.  

el violín de maximiliano. Quien sí pudo regresar fue el abogado y profesor Maximiliano Martínez Moreno que, por supuesto, lo hizo con su violín, el instrumento que durante 25 años durmió bajo su cama en el pequeño cuarto en el que vivía en París. Su memoria sigue viva gracias a su hija Laura y un puñado de nietos y sobrinos nietos, de los que al menos cinco han heredado su nombre, que aún recuerdan aquellos viajes a Andorra en verano para ver al abuelo.
Su padre, otro Maximiliano, murió en el destierro y él sufrió el exilio. En Albacete se dejó a su mujer y a sus dos hijos, Laura y Maximiliano, un conocido pediatra albaceteño. Su exilio duró 37 años, lo pasó entre Francia y México, se ganó la vida como profesor y trabajando para unos laboratorios farmacéuticos y siempre mantuvo una intensa vida política, fue un significado hombre en el gobierno de la república en el exilio. En 1986 el Ayuntamiento de Albacete lo nombró, junto a Benjamín Palencia, Alberto Mateos, José Prat, J. S. Serna y Matías Gotor, hijo predilecto de la ciudad.
«Era una persona entrañable y muy arraigada a su tierra, aún recuerdo el día que fuimos a recibirlo a la estación en 1973, cuando regresó, afortunadamente aún pudo pasar unos años entre nosotros. No guardó ningún rencor, lo único que repetía es que ojalá no hubiera tenido que irse», recalca María José Martínez, una de sus nietas.

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