La Longuera reorienta su brújula

A.M.
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La finca, ubicada en plena Sierra del Segura, fue icono en las décadas de los 80 y 90 de la convivencia en común, la no violencia y la producción de alimentos ecológicos

Casa principal de La Longuera, donde se distribuyen las casas, cocina, biblioteca, salas multiusos y otros espacios comunes. - Foto: Cedida

Desde la década de los 80, La Longuera (Elche de la Sierra-Letur) siempre ha sido referente del ecologismo, el pacifismo, la no violencia y el anticapitalismo, todo ello bajo el paraguas del desarrollo integral de la persona. Pero los tiempos y las cosas han cambiado, hasta en aquel grupo de jóvenes antisistema desencantados con la transición, que creían en lo colectivo y en un mundo mejor. Ahora, subrayando al pie de página aquellos ideales que les movieron a dejar sus casas, sus trabajos y empezar una nueva vida en comunidad, los genuinos miembros de la asociación Paz y Trabajo, propietaria de La Longuera, están trabajando en reorientar su brújula, reescribir su camino, su filosofía, y abundar en nuevos modelos que lleven al pueblo a conseguir su soberanía energética, alimentaria, social y económica, siempre con respeto al medio natural y llevando como única bandera la justicia social.

La historia de La Longuera se remonta a los años 80, cuando un grupo de amigos residentes en Murcia decidieron iniciar una convivencia común bajo un mismo techo. Apunto de cerrar una operación de compra en Villaverde de Guadalimar, encontraron La Longuera, una finca abandonada de más de 300 hectáreas que había sido ocupada años antes por un cura. El precio fue de 17 millones de pesetas. En aquellos tiempos y aún sin saberlo, los futuros inquilinos de La Longuera no lograron todo el montante e iniciaron lo que hoy se conocen como crowdfunding: buscaron mil amigos que aportaran 1.000 pesetas cada mes durante cinco. Al final lograron 2,5 millones de las antiguas rubias, consiguiendo posteriormente el resto por aportación particular.

A la firma de las escrituras fue cuando se constituyó la asociación Paz y Trabajo, titular desde entonces de este cortijo compuesto por dos fincas, una ubicada en Elche de la Sierra -que se conoce como La Longuera- y otra en Letur -Los Bancalicos-.

En paralelo a los trabajos que se llevaron a cabo para recuperar la casa y espacios comunes, los miembros de la comunidad de La Longuera -que no dejaron indiferente a nadie-, se dedicaron a buscar modelos de convivencia hasta que dieron con la comunidad de El Arca, dirigida por Lanza del Vasto, poeta y activista de la no violencia.

La estancia de este italiano en La Longuera y su muerte en este lugar en 1981 supuso un punto de inflexión para la comunidad, pues llegó a convertirse en un icono del pacifismo, la no violencia y el ecologismo, hasta tal punto de que esta fama les superó y les negó la posibilidad de caminar a un ritmo más lento hacia un modelo consensuado por todos los cohabitantes del cortijo.

En sus primeros 10 años, La Longuera llegó a contar con 27 personas viviendo en comunidad, más las que estaban en proceso de integración y las que pasaban por allí de visita.

Hoy son dos las familias que viven en esta finca, aunque todos los miembros de la asociación Paz y Trabajo está implicados, de una u otra forma, en la reconstrucción de la vida asociativa de La Longuera. Juan Segarra y Alfred Ferrís, junto con sus parejas, conviven en esta maravilla de la naturaleza. Admiten que en los últimos años ha habido poca actividad en La Longuera, apenas unos cursos de verano y un campamento con el que logran financiar los pocos gastos de mantenimiento e impuestos que genera la propiedad.

Están trabajando para actualizar «el sentido de lo colectivo» y para entender «por qué seguimos manteniendo esta finca».

Retos complejos. En su cuaderno de bitácora lleva tiempo señalado en rojo retos complejos, pero no imposibles, como el apoyo mutuo, el decrecimiento, la justicia social, el anticapitalismo, la huella ecológica, los grupos de consumo, la cooperativa integral, la moneda social... Recuerdan que después de que la transición no cubriera las expectativas de muchos ciudadanos españoles, La Longuera se convirtió en referente de la objeción de conciencia, de la no violencia, de la alternativa de una vida diferente y ajena al capitalismo y al consumismo exacerbado, de la ecología..., hoy en día términos y modelos más asentados en la sociedad y conocidos de una forma más popular. Ahora soplan otros vientos que nos traen nuevas inquietudes a las que hay que dar nuevas respuestas, sobre todo porque en la sociedad ya se están palpando los límites de modelos que se encuentran en un callejón sin salida, especialmente el energético y el alimentario. «Intuimos que hay cosas que deben orientarse de otra manera y habrá que ver hacia dónde», explica Juan Segarra.

En La Longuera no quieren ocultarse de las realidades actuales: un millón de niños que mueren de hambre, mil millones de personas que se encuentran bajo el umbral de la pobreza, la más que posible decadencia del petróleo, el deterioro social a nivel político y administrativo, problemas ambientales, en definitiva, «inquietudes y preocupaciones que tenemos que entender que están ocurriendo y a las que debemos dar respuestas». Segarra pone como ejemplo aquellas reivindicaciones añejas que realizaban las asociaciones ecologistas serias y que ahora cobran pleno sentido. Sin embargo, parece que la lección no se ha aprendido y todavía seguimos mirando hacia otro lado ante problemas tan evidentes como el agotamiento de la energía para lo que «no se toman medidas».

«Tenemos que sentarnos, posicionarnos y reflexionar; en los años 80 compramos esta finca y no lo hicimos para venir de vacaciones; tenemos que buscarle un sentido estratégico con modelos que den respuesta a todas las incógnitas y problemas que ya están ocurriendo hoy».