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17 de noviembre de 2018
Patrimonio ferroviario

Ruinas ferroviarias

MAITE MARTÍNEZ BLANCO - lunes, 7 de octubre de 2013
La vieja estación de Chinchilla sigue viendo pasar a diario los trenes, pero ya no hacen parada y fonda como ocurría antaño, cuando esta terminal llegó a ser una de las más importantes del país

Solo queda el esqueleto de lo que fue, pero ahí sigue, aún en pie. La vieja estación de Chinchilla deja entrever lo que llegó a ser hace tan solo unas décadas. Detrás de puertas tapiadas, higueras que se comen las derruidas casas de ferroviarios y vallas por las que se cuela cualquier intrépido, se esconden más de 150 años de historia del que fue uno de los nudos ferroviarios más importantes de nuestro país.
Carteros, taberneros, ferroviarios y factores de circulación llegados de media España aún se reúnen una vez al año en torno a la vieja estación, recordando aquellos tiempos en los que para viajar de Cartagena a Valencia era imprescindible pasar y parar en Chinchilla, a veces hasta tres horas, «de ahí le viene la fama del frío a Chinchilla, porque la gente se acordaba de tener que hacer parada y fonda aquí, en medio de la noche y los trenes digamos que no llevaban mucha calefacción», dice con humor Pilar Alcaraz, una de las pocas vecinas que ha quedado en la Estación de Chinchilla, hoy pedanía del municipio principal.
Pilar ejerce de anfitriona en este emotivo encuentro de ferroviarios, hoy jubilados, pero que un día vivieron la época gloriosa de esta singular estación. Estiman que llegaron a vivir unas 500 familias, la mayoría de ferroviarios, otros llegaron del campo atraídos por la actividad. Es el caso de Pilar y su familia, que montaron en la población una fonda, El Cuco. Ella sabe bien del esplendor y el declive del lugar, «hoy sólo pasan los trenes, ¡mira un Altaria! -dice apuntando hacia las vías-, también mercancías nocturnos con material para la Ford de Valencia que no nos dejan dormir, pero ya no paran». Hubo un tiempo, no muy lejano, que sí lo hicieron.

nudo ferroviario. El tren llegó a Albacete en 1855. Tres años más tarde, el ferrocarril alcanzaba ya Alicante, conectando así a la costa con la capital de España por Albacete. Hubo que esperar algo más a que la línea entre Madrid y Cartagena, por Albacete, se pusiera en marcha, fue allá por 1865. El intercambiador de ambas líneas, sin embargo, no se montó en Albacete. Se eligió una llanura a los pies de Chinchilla, a tres kilómetros, para construir todo un poblado ferroviario y facilitar así la conexión entre estas dos rutas ferroviarias.
Una imponente estación recibía a los viajeros llegados por las 16 vías que tuvo este nudo ferroviario. El edificio actual se construyó en 1912 y sustituyó a la terminal primera que se hizo en 1857. Su fachada de ladrillo rojo y piedra está hoy enfoscada y el interior ha sido desvalijado; poco o nada quedan de las tres inmensas estufas de hierro que calentaban a los viajeros o de los ornamentos de sus imponente sala de espera.  

Parada y fonda. Los trenes pasaban por allí a unos 30 kilómetros por hora y la parada era obligatoria. Chinchilla era parada y fonda, se aprovechaba para aprovisionar de agua y carbón a los locomotoras, engrasarlas, revisar los ejes y acoplar los vagones según el destino de las mercancías. Luego llegarían las máquinas autopropulsadas, pero el ‘triángulo’ de Chinchilla seguía siendo igual de importante para componer los convoys: los que llegaban de Madrid se bifurcaban aquí según fueran para Valencia o para Murcia y los que llegaban desde Cartagena y el Levante se ensamblaban en Chinchilla para seguir camino hacia la capital de España.
Alonso del Olmo se estrenó como factor de circulación, con solo 18 años, en esta estación, «el trabajo era incesante, la estación estaba abierta las 24 horas al día». Un trabajo intenso, pero del que tiene gratos recuerdos, se marchó de Chinchilla en 1956, con apenas 25 años, más tarde abandonaría la carrera de ferroviario para entrar en el Seminario. Hoy es sacerdote en Motilleja. Aunque ya por aquel entonces se acuerda de sus visitas diarias a la capilla que hay frente a la estación y de la intensa convivencia en el poblado, «teníamos hasta cines».
El ir y venir de los pasajeros era tan importante que en torno de la estación llegaron a funcionar además de una fonda, regentada por doña Brígida, otras dos tabernas, La Perla, hoy transformada en casa rural y La Florinda. Abrían toda la noche para dar cama y calor al viajero. «Tenía muchísima vida, las cantinas, la fonda, todo era un hervidero de gente, las vías estaban siempre ocupadas y por el anden a veces no se podía ni andar», recuerda José Romero, un chinchillano que aprendió el oficio de factor de circulación en esta terminal allá por los años 60, hasta que se trasladó a las oficinas de Renfe en Madrid en 1968. Hoy, recién llegado a la Estación para reencontrarse con sus compañeros, no oculta la triste emoción que siente al ver todo abandonado.

el pescado iba en tren. Y junto con los viajeros, mercancías. «El trasiego de cereales, frutas y hortalizas, vinos, aceites, cestería y alfarería típica de la comarca, fue muy importante sobre todo hacia el comienzo del siglo y los años 20 y 30», relata en un blog Samuel J. Gómez, otro de los vecinos de la Estación. El intercambio de mercancías entre la región murciana, Madrid, Alicante y posteriormente Barcelona, se hacía en esta confluencia de vías, por tanto había que descargar unos vagones para de inmediato cargar otros, según el destino final de los envíos, pues no siempre había trenes directos. Lo sabe bien Francisco Rodríguez Yáñez, que fue jefe de Correos durante dos décadas en la Estación de Chinchilla, hasta que en 1961 se trasladó a las oficinas de Albacete.
El tren ‘correo’ siempre viajaba de noche. Sobre las doce empezaban a llegar a la estación y hasta las seis de la mañana no había minuto para el descanso, con la ayuda de cinco subalternos tenía que trasvasar carros y carros de correspondencia y paquetería según el destino que tuviesen. «Por el tren viajaba de todo, cartas y tarjetas postales, impresos de médicos, propaganda y correspondencia oficial, hasta las películas de cine, joyas que iban en cajas lacradas, pliegos de valores para los bancos e incluso el pescado se transportaba en el tren correo», relata Francisco Rodríguez Yáñez, haciendo gala de una prodigiosa memoria a sus más de 90 años.

trenes militares. En su mente tiene grabado al que llegó a ser general de brigada Máximo Meyer Thor Straten llegando a la Estación de Chinchilla para dirigir los trabajos de construcción del polvorín de Peña Cárcel. Y es que en esta terminal también ha jugado un importante papel para el Ejercito, sobre todo a raíz de la creación del campo de maniobras de Chinchilla en 1978, aunque los ‘juegos de guerra’ por estos lares se empezaron a hacer en los 50. Trenes y trenes cargados de carros de combate, jeeps y soldados de tropa, ‘invadieron’ esta terminal en sus últimos años de vida.  El ocaso de la Estación de Chinchilla vino con la inauguración de la nueva estación de Albacete, allá por 1967. Hasta por aquel entonces reinó Chinchilla como nudo ferroviario. Poco a poco fue perdiendo personal. Los trenes mercancías no necesitaban de tanto trasvase de material. El caso es que llegó un día en el que la estación quedó fuera de línea allá por el 2002. La vía se llegó a desmantelar para una década después, en 2011, volver a ser operativa. Los trenes siguen pasando por el viejo trazado, pero ya poco queda de aquella bulliciosa Estación, un rico patrimonio ferroviario que corre el riesgo de perderse para siempre.

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