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El Papa Francisco firma su primera encíclica, "La luz de la fe"

REDACCIÓN - domingo, 21 de julio de 2013
Imagen del Papa Francisco cuando saluda a los fieles. - Foto: REUTERS - Tony Gentile
La luz de la fe (LF) es la primera encíclica firmada por el Papa Francisco. Dividida en cuatro capítulos, la Carta se suma a las encíclicas del Papa Benedicto XVI sobre la caridad y la esperanza.

La luz de la fe (LF) es la primera encíclica firmada por el Papa Francisco. Dividida en cuatro capítulos, una introducción y una conclusión, la Carta - explica el Papa - se suma a las encíclicas del Papa Benedicto XVI sobre la caridad y la esperanza y asume el «valioso trabajo» realizado por el Papa emérito, que ya había «prácticamente completado» la encíclica sobre la fe. A este «primera redacción» el Santo Padre Francisco agrega ahora «algunas aportaciones». La Introducción (nn. 1-7) ilustra los motivos en que se basa el documento: en primer lugar, recuperar el carácter de luz propio de la fe, capaz de iluminar toda la existencia del hombre, de ayudarlo a distinguir el bien del mal, sobre todo en una época como la moderna, en la que el creer se opone al buscar y la fe es vista como una ilusión, un salto al vacío que impide la libertad del hombre. En segundo lugar, quiere reavivar la percepción de la amplitud de los horizontes que la fe abre para confesarla en la unidad y la integridad. La fe, es un don de Dios que debe ser alimentado y fortalecido. «Quien cree ve», escribe el Papa, porque la luz de la fe viene de Dios y es capaz de iluminar toda la existencia del hombre.
En el primer capítulo (nn. 8-22) hace referencia a la figura bíblica de Abraham, y explica la fe como «escucha» de la Palabra de Dios, «llamada» a salir del aislamiento de su propio yo, para abrirse a una nueva vida y «promesa» del futuro, que hace posible la continuidad de nuestro camino en el tiempo, uniéndose así fuertemente a la esperanza. La fe también se caracteriza por la ‘paternidad’, porque el Dios que nos llama no es un Dios extraño, sino que es Dios Padre. De Abrahán pasa a la historia del pueblo de Israel, en cuya historia lo contrario de la fe es la idolatría, que dispersa al hombre en la multiplicidad de sus deseos y lo ‘desintegra en los múltiples instantes de su historia’, negándole la espera del tiempo de la promesa.
Luego se detiene, en la figura de Jesús, el mediador que nos abre a una verdad más grande que nosotros, una manifestación del amor de Dios que es el fundamento de la fe «precisamente en la contemplación de la muerte de Jesús la fe se refuerza», porque Él revela su inquebrantable amor por el hombre. Por su resurrección Cristo es «testigo fiable, digno de fe», a través del cual Dios actúa realmente en la historia y determina el destino final.
Pero hay «otro aspecto decisivo» de la fe en Jesús: «La participación en su modo de ver». La fe, en efecto, no sólo mira a Jesús, sino que también ve desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos. Y nos remite a la Iglesia: «la existencia creyente se convierte en existencia eclesial», porque la fe se confiesa dentro del cuerpo de la Iglesia, como «comunión real de los creyentes». Los cristianos son «uno» sin perder su individualidad y en el servicio a los demás cada uno gana su propio ser.
 Por eso, «la fe no es algo privado, una concepción individualista, una opinión subjetiva», sino que nace de la escucha y está destinada a pronunciarse y a convertirse en anuncio.

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