Entre las gargantas de Todra y Dadés, a 2.800 metros de altitud.
El viaje sigue de Tánger a Tetuán, otra ciudad en la que se percibe los años pasados bajo bandera española. Hay una Plaza de España, una Casa Española y lo mejor de todo, una iglesia española en cuyo patio dejan aparcar a los turistas españoles que viajan en coche por la mera razón de ser españoles. Dejando una propina al guardián que parecía tener más años que la iglesia. La iglesia ofrece un lugar ideal para dejar el coche no solamente a salvo del sol, sino también de la sorprendente multitud de hombres que no suscitan ninguna confianza y que atacan inmediatamente al turista desde su entrada a la ciudad ofreciendo cualquier tipo de servicio.
Próxima escala, Chefchaouen, un pueblo maravilloso que recuerda a Cadaqués por sus callejuelas y casas pintadas de blanco y azul. Atrae a muchos turistas no solamente gracias a la multitud de atractivos cafés que ofrecen zumos de frutas, tés a la sombra bien merecida y tiendecitas para comprar souvenires de estilo bereber, tales como lámparas, alfombras, pendientes, collares o teteras, sino también por la práctica ausencia de dichos guías falsos y estafadores en otros lugares turísticos. Es un lugar estupendo para relajarse durante unos días, hacer compras y refrescarse dándose un baño en el río más arriba, a las puertas del pueblo, con los lugareños.
Pasando por la ciudad de Ketama y las cordilleras del Rif, una de las regiones más pobres de Marruecos, se llega a Fez en no menos de ocho horas de viaje y dejando atrás 380 kilómetros.
La ciudad de Fez, como Tánger y Tetuán y muchas otras ciudades del Magreb, tuvieron en los tiempos anteriores importantes comunidades judías. Llegaron entre los siglos XIV a XVI huyendo de la persecución en Europa y la inquisición en España. Las dinastías locales ofrecían a los judíos una cierta protección y les dejaron formar sus propios barrios, los mellahs, nombre derivado de la palabra sal, mercancía de gran importancia. Mientras que durante el día se les permitía comerciar libremente, durante la noche permanecían bajo guardia en sus barrios. A cambio de esta protección sus negocios eran cargados con abusivos impuestos. No obstante estas comunidades fueron creciendo hasta números importantes y en 1948 (en el año de la fundación del estado de Marruecos e Israel) vivían en Marruecos entre 250.000 y 300.000 judíos.
En Fez eran 24.000 de los cuales hoy sin embargo solamente quedan unas pocas familias, 80 personas aproximadamente y de mayor edad. Casi todos han emigrado a España, Francia, EEUU o Israel, tal y como lo han hecho los cinco hijos de Edmond Mimoun Gabay, judío de Fez que aparte de ser propietario de un restaurante cosher se dedica desde hace más de 30 años a preservar lo que fue la riqueza de la comunidad judía de Fez de sus antepasados. A medida que las familias judías emigraban, le dejaban a Edmond cosas de mayor o menor importancia que no podían o no querían llevarse con ellos, tales como libros, vestidos, juguetes, vajillas, candelabros (menorás), objetos de culto, o cualquier cosa que formaba parte de sus vidas cotidianas. El resultado de esta colección de «recuerdos» se puede ver en la sinagoga Em-Habbanim junto al antiguo cementerio judío, cuyas puertas abre Edmond por una pequeña propina a turistas interesados.
Con mucho cariño (y desorden simpático) guarda ahí todas aquellas cosas, entre ellas los 15 relojes que estaban colgados en sus tiempos en las 15 sinagogas de Fez de las cuales hoy solamente quedan dos, y sabe contar sobre cada una de ellas como si se tratara de su propia vida. Un testimonio vivo de la vida judía en desaparición.
Después de Fez, parada para trasnochar en un manantial a las afueras de la ciudad de Rachidia, puerta al desierto, para seguir el camino en dirección Ouzarzate y Marrakesh para visitar las espectaculares gargantas de Todra y Dadés. Siguiendo el consejo de Mohammed embarcamos a una excursión para hacer el pasaje de una garganta a otra en unas cuatro a cinco horas supuestamente que se convierten en nueve debido a las malas condiciones del camino, ¡ni las cabras!, bueno, alguna de ellas se vio con sus pastores de jóvenes edades.
Subiendo hasta los 2.800 metros de altura, bajando las temperaturas de más de 40 a 15 grados y pasando por unos pueblos remotos. Unas vistas espectaculares de las cordilleras del Atlas Medio y valles fértiles de un verde deslumbrante sobre el fondo árido de las montañas que los rodea.
La lección de esta primera jornada de todoterreno por el Atlas es el saber que el polvo que levanta el coche se mete hasta el último rincón del maletero, dentro de las cajas, mochilas, bolsas y entre el teclado del portátil. Si me hubiese visto mi primo…
OPINIÓN - NO TODOS SOMOS IGUALES
La verdad que después de pasar por ciudades importantes de Marruecos, con sus medinas enormes repletas de miles de callejuelas, cientos de gentes, pesadísimos e incómodos supuestos guías para cualquier cosa, como si se creyeran que me la van a colar, que me la cuelan al final, pero el quinto o sexto y solo por no matar a alguno o ponerme de mala… En fin, no dejo de ser un turista más en un país extranjero. Llego a Chaouen, llamado así por locales y fumetas. Pasear por sus callejuelas, todo el mundo sonriendo o embobado y cualquier local que se acerca a ti, da igual la edad, te susurra al oído, polen, hachís, kif y luego otro, hachís, polen, kif y así, uno tras otro. Esto no es nada en comparación con la ciudad de Ketama. En sus alrededores es donde se concentran la mayoría de las plantaciones de marihuana y donde sus locales, mejor no hablar de sus locales, se te acercan y con el signo de victoria en sus manos te hacen entender que tienen polen, hachís o kif. Pero qué pesados!!! Como si todos los turistas fuésemos iguales….