Aeropuerto de Marrakesh, 14:35 horas, llegan el famoso periodista e intrépido montañero Francisco Villaescusa y el señor presidente del Mortajas Bike Trinka Team, don Gabriel Martínez. Fueron recogidos con todos los honores y pusimos rumbo a la Cordillera del Atlas. Hora y media después estábamos negociando la contratación de mulas en Imlil, también conocida como el Chamonix del Atlas. Seis euros por cabeza fue el precio que evitó una subida al refugio del Toubkal con dolor de espalda.
Nuestro primer objetivo era el Toubkal, el pico más alto de África del Norte, una impresionante mole de 4.167 metros. Y la verdad, fue decepcionante, con un ascenso feo y con más gente que en la guerra. Mucho más bonita fue la cumbre del Toubkal Oeste (4.030 m.), con vistas espectaculares y disfrutando de la soledad de la montaña. Mis amigos alpinistas se empeñaron en subir el Toubkal por todo lo que representa, «es obligatorio, una muesca imprescindible en el piolet», me repetían, pero fue horrorosa. Y lo más tremendo de todo fue ver cómo subía gente que no tenía nada que ver con la montaña, en zapatillas de deporte, sin los elementos básicos de seguridad y sin nada de nada. Vimos a varias personas que los guías bajaban de la cumbre ¡llorando! y cogidos de la mano. Luego nos extrañamos cuando leemos noticias sobre accidentes en montaña.
En el refugio de Les Mouflons (3.205 m.) conocimos a uno de esos personajes que te impactan a la primera. Se llama Mohammed Bouloun, de profesión guía de montaña. Subió al Toubkal por primera vez cuando contaba con tan sólo siete años de edad de la mano de su padre, también guía. A los 15 años trabajaba como arriero y a los 20 ya era un guía oficial titulado. Habla bereber, árabe, francés, español, inglés y algo de euskera. Lleva gente por todas las cumbres del Atlas, ya sea en esquí de travesía, en vías de escalada en hielo y roca e, incluso, a las mismísimas arenas del Sáhara, si es preciso.
«Lo más peligroso de todo es cuando hay nieve, los aludes son muy peligrosos y no podemos cortar la placa de hielo con los esquís o se nos viene todo abajo con nosotros encima. De lo que más orgulloso estoy es que nunca he tenido ningún problema con mis clientes, jamás tuvimos que ser rescatados y todos bajaron por su pie», nos contaba Mohammed en una de esas noches inolvidables de refugio de montaña en las que enamora a sus clientes (ellas) mostrándoles el impactante cielo estrellado del Atlas. Bueno, el cielo y lo que se dejen enseñar.
Mucho más relajado, y partiéndose de risa ante las continuas bromas de Paco Villaescusa y Gabi (es imposible reproducir aquí las barbaridades con las que provocaban la sonrisa de este joven guía de 25 años de edad), Mohammed seguía aconsejándonos, «a los españoles siempre les decimos prisa-mata, porque en la montaña hay que ir despacio, imik-imik, como decimos aquí».
Al día siguiente ascendimos otras dos montañas de más de 4.000 metros, el Ras (4.083 m.) y el Timesguida (4.089 m.), dos cumbres con pedrigrí, dos cimas preciosas desde el mismo momento en el que abandonas el refugio y subes por el lecho de un glaciar, buscando un collado que propone una vía directa trepando por una arista bellísima. «Guapa, guapa y alpina de cojones», repetía Villa cuando le quedaba resuello en la arista. Disfrutamos como enanos en estas montañas, las gozamos en solitario alejados del bullicio del feo Toubkal y nos prometimos volver algún día en invierno cuando el manto blanco cubra el valle.
Tras descender a Imlil con las mulas a mitad de precio (ventajas de la experiencia), marchamos directamente hacia Marrakesh, una de las ciudades más bonitas del mundo árabe. Allí hay un caos atroz, gente por todo vendiendo de todo. En fin, qué vamos a contar de Marrakesh que no se haya dicho ya, salvo destacar su Mellah, la más antigua del mundo árabe y que conserva su sinagoga casi intacta. Y el pedazo de masaje que nos dieron en un hamman tradicional para descontracturar nuestras cargadas piernas después de los cuatro cuatromiles. No todo va a ser sufrir…