Conduciendo por la playa entre Nuadibú y Nuakchot, en Mauritania.
El termómetro marca 53 grados al salir de Marrakech y por primera vez enchufo el aire acondicionado del coche, de esta manera ahorro en gasóleo, castigo menos el motor y sobre todo dispongo de toda la potencia del motor de mi Mitsubhisi L200.
Me dirijo a Essaouira lugar en la costa y famosa por sus playas y Medina. Después de esta parada, todos los días carretera y mas carretera hacia el sur atravesando el infame Sahara Occidental.
Esta región fue apoderada por España desde el siglo XIX hasta 1975 cuando se retiró con la famosa Marcha Verde que partió de Marrakech. Más de 350.000 marroquíes marcharon hacia el sur para reclamar sus derechos históricos territoriales.
Ahora las ciudades de esta región poco atractiva son centros administrativos y la carretera del norte al sur cruza un territorio árido, inhóspito y poco acogedor. Sin embargo, sus playas son enormes y salvajes, con acantilados impresionantes desde donde se pueden ver naufragios causados por las fuertes corrientes. Un recorrido de 1.000 kilómetros de carretera en dirección sur en línea recta de varios cientos de kilómetros, horas de conducción y dunas invadiendo la carretera nos llevan a El Aaiún, Boujdour y Dakhla con unas playas idóneas para realizar kite surf, lugares para repostar gasolina, comer algo y encontrar a otros viajeros para seguir rumbo a Mauritania en convoy. Me encuentro con Alfonso y Rafa que salieron en su Peugeot 205 rojo de más de 25 años para hacer un Alicante-Dakar y decidimos continuar juntos.
Salimos de Dakhla antes de amanecer y atravesamos durante cuatro horas la ruta transahariana por tierra desértica disputada entre Marruecos y Mauritania.
Nos encontramos muchas bases militares, más controles de carretera y el último tramo por una tierra sembrada de minas según nos avisan los carteles a lo largo de kilómetros.
Esta frontera la pasamos sin soborno ni coyote, a pesar que desde el primer aduanero hasta el último nos piden un petit cadeau. Después de más de una hora y media franqueamos un cordón de tierra de nadie entre territorio marroquí y mauritano, nuevamente lleno de minas.
No hay camino claramente indicado, te lo van marcando los restos de chatarra y coches que hay por el camino.
Una vez pasada la verja a territorio de Mauritania, lo primero que me pide el aduanero a parte de un petit cadeau es saber si en los Jerry can que llevo en la baca van llenos de gasoil. Algo me dice que no pinta bien y le digo que es agua especial para mi consumo personal porque tengo una enfermedad contagiosa. Se ha quedado sin soborno ni excusa para poder ponerme una multa. ¡Ahh! No se puede meter en el país alcohol y llevo la nevera llena de cervezas y alguna botella de vino. Pasamos a los trámites de la documentación por parte mauritana y al cabo de cuatro horas, por fin, acabamos con todo el lío aduanero.
Este país tiene una extensión del doble de España de la cual más del 75 por ciento está formado por desierto. Tiene tres millones de habitantes que viven la mayoría principalmente en las únicas dos ciudades importantes. La ciudad fronteriza con Marruecos, Nuadibú y la capital Nuakchot, ambas poco atractivas. La última fue lugar de atentados recientes por Al Qaeda relacionados con las elecciones de hace un mes.
Los 500 kilómetros que separan Nuadibú de Nuakchot es una recta por el desierto paralela al océano, con dos gasolineras para repostar. La monotonía se salva cuando por un tramo de unos 80 kilómetros vas conduciendo por la playa: es la antigua carretera que se utilizaba hasta hace unos tres años, donde tienes unas tres-cuatro horas para pasar antes que la marea vuelva a subir. Mauritania tiene solamente dos carreteras asfaltadas, lo demás son pistas si las hay. Es el país ideal para hacer 4X4 por medio del desierto y por la cantidad de rutas que posee.
La segunda experiencia fronteriza puramente africana nos esperó al pasar de Mauritania a Senegal. Pocos turistas (y locales) prescinden de coyotes, es decir, de personas compinches de los aduaneros que por dinero te facilitan los trámites. Nos lanzamos armados de paciencia a luchar contra la burocracia falsa e interminable que rige en ambos lados de la frontera. Lo conseguimos en tres horas y media y los sobornos son para los policías porque no te dan el pasaporte, unos cuantos euros y hasta luego. Pero eso sí, con calma africana y una deshidratación que nos hace desear solo una cosa: una cerveza bien fría. La conseguimos bajo la lluvia torrencial de Saint Louis ya en Senegal. ¡Qué alivio!
Una semana más, 3.000 kilómetros más.