Impresionante caída de agua en Dindefello, cerca de la frontera con Guinea.
Desde el Delta Sine-Saloum, al sur de Dakar y frontera con Gambia, salimos a ver el Parque Nacional más importante y extenso de Senegal, llamado Niokolo Koba. Antílopes, hipopótamos, cocodrilos, monos, leones, jabalíes y unos pocos elefantes comparten ahí entre otros un terreno de 950.000 hectáreas.
En principio, el parque se puede visitar durante todo el año pero en la temporada de lluvias, en la que estamos ahora, el terreno es solo transitable en todoterreno y la observación de los animales resulta difícil debido a que la vegetación es densa y alta.
Es obligatorio ir acompañado por un guía: es para asegurar el buen comportamiento de los miles de turistas que visitan la zona todos los años. A nosotros nos impide bajar del coche a hacer fotos salvo en lugares expresamente previstos para ello, es decir, donde normalmente van a beber agua los animales durante los meses de sequía.
Nos lanzamos a ello, armados con el guía, mucha agua y suficiente comida para pasar un par de días en la naturaleza. Y no vemos ningún animal espectacular, salvo antílopes que nos recuerdan a los ciervos de Cazorla y gacelas que nos hacen desear la cerveza lugareña con mismo nombre, Gazelle. Menos mal que al atardecer vemos unos monos, entre otros los impresionantes pavianos. Y desde lejos algo que se mueve en el agua, nos imaginamos ver un cocodrilo y quedamos satisfechos.
El parque está vigilado por guardias forestales armados. Tres de ellos (Babis, Lang y Diob) nos invitan a tomar un té y nos cuentan, apoyados cómodamente en una AK47, que llevan varios meses aislados en la profundidad del bosque del Parque. De esta manera, luchan contra los furtivos que vienen a cazar. En cuanto oyen un disparo, avisan inmediatamente a la unidad móvil y salen con refuerzo a detener a los intrusos que, por cierto, casi siempre son extranjeros que se acercan de Gambia y Guinea pagados por europeos.
Seguimos el viaje rumbo al este del país, pasando por Tambacounda, Mako y Kedougou. Un paisaje exuberante de un verde asombroso, que es difícil imaginar durante los meses que no hay lluvias, cuando se convierte en sabana saheliana árida.
A penas se ven cabañas de las aldeas a lo largo de las carreteras por quedar escondidas entre tanta vegetación, hierba más alta que cualquier niño y mijo más alto que cualquier adulto. Por todos lados cabras, vacas, monos o cualquier tipo de animal, que se pasean tranquilamente por la carretera como mulas con cargas superando lo imaginable. Lo más admirable: las mujeres con sus vestidos coloridos balanceando elegantemente todo tipo de cosas sobre sus cabezas.
Desde Kedougou salimos a la aldea de Dindefelo, cerca de la frontera con Guinea, a ver una cascada de 100 metros. Ahí somos los únicos toubabs (así es como llaman aquí a los blancos), refrescándonos en el agua clara y limpia y visitando el mercado semanal, el más importante de esta zona tan remota, solo accesible en todoterreno o a pie.
Al día siguiente decidimos salir en dirección a Malí, nos espera un largo viaje que dividimos en dos jornadas. Llegamos a Tambacounda de nuevo y allí conocemos a un sacerdote español, al Padre Emiliano Martínez.
Natural de un pueblecito de Burgos y 51 años de edad, de los cuales lleva los últimos 25 en África, repartidos entre Burkina, Benín, Costa de Marfil y ahora 5 en Senegal. Aparte de La Catedral (así llaman a su iglesia), dirige una Escuela Profesional de mecánica de automóvil y electricidad donde tiene a más de 100 alumnos anuales. Todos los domingos oficia tres misas en francés rodeado de unos 2.500 cristianos y un coro acompañado de todo tipo de instrumentos locales que llega a cantar hasta en 10 lenguas diferentes. Mientras tomamos un vaso de agua bajo el aire acondicionado de su oficina, Emiliano nos cuenta: «Lo que más me impresionó cuando llegué a África, fue en Bobo, Burkina, cuando tuve que hacer un entierro: llego a la casa, me dirigen al patio y allí me encuentro el agujero para el ataúd pero hay una persona tumbada en el fondo. ¿Cómo voy a continuar con ese chico allí? Veo que hasta que no le dan dinero todos los asistentes, no sale de él. Resulta que era el nieto de la difunta y esto forma parte de sus costumbres».
Nos alojamos en un albergue recomendado por el Padre. Al amanecer nos acompaña una lluvia monzónica y salimos en dirección a la frontera con Mali. Tenemos suerte, para de llover, y esta vez no tardamos más que ¡una hora y media para todas las formalidades!. Todo un record para ser África.
OPINIÓN - MIS LÍOS Y YO
«¡Sobre todo no te metas en líos!» me dijeron mis primos Jorge y Eduardo antes de salir, amantes del todoterreno que me aconsejaron y ayudaron a equipar el coche. Más de una vez me estoy acordando de ellos en este viaje.
Primero en Marruecos, fui a hacer una ruta de unos 150 km entre los valles de Todra y Dadés. Me dijo el del camping que con el coche podía hacer la ruta en tres o cuatro horas. Pero, ¡qué desgraciado!. Acabé haciéndola en más de nueve y tuve que poner las cortas en varias ocasiones. Conducir a 10 kilómetros por hora y con un cortado a un lado de cientos de metros. Vaya camino de cabras, que sólo había espacio para el coche. Menos mal que me crucé sólo con otros tres coches, de turistas claro, quien pasa por allí si no…
Otra cuando conocí a otros locos que iban con un Peugeot 205 y que se metían por todas las playas que podían. Se subieron a mi coche y fuimos directos a las playas arenosas más grandes. Quita presión de los neumáticos y a conducir. La verdad que disfruté bastante…
Y la última el otro día. Vamos a ver una cascada que está aquí al lado a solo unos 35 km pero nos han dicho que se tarda unas tres horas. ¡Joder qué tres horas! Las de ida, vale, una pista llena de ríos y de piedras, algunas de ellas gigantes, cruzando riachuelos y a veces sin pista. No nos cruzamos con nadie. Pero la vuelta volvimos por la carretera principal, y ¡vaya tela!: Charcos en los que el agua llegaba hasta las puertas, barro, zonas infranqueables. A mitad de camino nos dicen que la gente no suele pasar por allí y ¿qué hacemos? Continuar entre unas cosas y otras el coche lo veo inclinado a unos 30 grados, barro hasta los ojos, agua por el parabrisas pero como el coche es mucho mejor que el conductor nos llevó hasta el final y sin tener que utilizar el cabrestante ni empujarlo.
Llevo mes y medio y estoy haciendo un curso autodidacta de conducción 4x4 y menos mal que sigo el consejo de mis primos: «Sobre todo no te metas en líos».