Mezquita de Djenné, a la hora de la oración de la tarde.
Pasamos la frontera de Senegal a Malí por la ciudad de Kayes. Para llegar a la capital, Bamako, hay que recorrerse más de 700 kilómetros. Siguen conmigo los amigos de Albacete y no conseguimos hacer el trayecto de un tirón. Lo que normalmente en Europa se hace en una hora, aquí en África supone el doble como mínimo. Tenemos dificultad en encontrar un alojamiento para dormir unas horas y seguir el viaje el día siguiente lo antes posible. Pero como la oferta de hoteles en esta región es tan escasa hay que coger simplemente lo que hay y dormimos en Diema. Una ciudad que por no tener nada, no tiene ni electricidad para ver lo que se pudiera ver a la hora que llegamos.
Llegamos a Bamako sobre las 11 de la mañana, una ciudad con un tráfico espantoso por las miles de motos que dominan las calles. La capital no tiene mucho de atractivo, pero tenemos que pasar por ella para hacernos los visados al no habernos concedido más de cinco días en la misma frontera.
Visitamos los diversos mercados y nos dejamos llevar por el ritmo de una ciudad de algo más de un millón de habitantes, donde lo mejor es el alojamiento que, por unos siete euros por persona, nos alojamos en un pequeño albergue muy confortable y regentado por una pareja de jóvenes de Francia y Suiza. En 24 horas ya está todo visto, conseguimos nuestros visados, cruzamos el río Níger y continuamos el viaje.
Salimos a las ocho de la mañana de la casa de nuestra encantadora anfitriona Kadi. Trabaja en el hotel Ambedjele en Mopti, de propietarios españoles y preferimos cambiar las estrellas, piscina, entorno encantador y decoración sencilla y con mucho gusto del hotel por la hospitalidad de Kadi.
A la mañana siguiente y tras descender la falla de Bandiagara, entramos en el corazón del País Dogón. La región turísticamente más famosa del país. Aquí viven los dogones manteniendo sus costumbres ancestrales hasta el día de hoy, amenazadas por la modernidad. Nos llevamos al guía Mamadú, por ser él mismo de un pueblo dogonés llamado Teli.
Llegamos a conocer sus habitantes y sus costumbres. Aquí el tiempo parece haberse parado y experimentamos de cerca lo que normalmente vemos desde el sofá en los documentales a la hora de la siesta.
Los dogones viven en casas de barro, cercadas por un muro que forma un patio en el que se lleva la vida cotidiana. Destacan los graneros de mijo en los cuales se guardan también todo tipo de comida y dinero.
La casa en la cual se reúnen los mayores y sabios para discutir asuntos de la aldea, es construida de tal manera que hay que estar sentado y quien se levante se dará con la cabeza en el techo.
Esto evita que alguien se exalte enfadado y salga de la reunión fácilmente.
El mijo es la riqueza y la pobreza del pueblo al mismo tiempo. La alimentación consiste de mijo en todas sus variaciones y estilos culinarios. Mijo para el desayuno, mijo para la comida, mijo para la merienda y mijo para la cena.
En Teli, por cierto, se pueden ver casas minúsculas construidas por los pigmeos en la pared de la falla que fueron expulsados de aquí en el siglo XIV. Vinieron a esta región huyendo del islam.
La carretera a Tombuctú en sí ya forma parte del mito de esta ciudad que se suele llamar también la puerta al desierto.
En los siglos pasados tenía fama de ser inasequible y de hecho de los 43 europeos descubridores que intentaron llegar a la ciudad entre 1588 y 1853 solamente unos cuatro llegaron vivos y solo tres regresaron a sus países de origen para poder contar lo que habían visto. Las casas donde vivieron estos descubridores forman parte de los lugares de interés turístico de Tombuctú. A parte de esto hay tres mezquitas y dos mercados. Obligatoria para cada visitante es la salida a la puerta de la ciudad al atardecer, para observar las dunas en su mejor color y ver las caravanas de los tuaregs que desde siglos traen sal y otras mercancías a través del desierto.
Vuelta por la misma pista de más de 200 kilómetros llenos de barro, cruzando ríos, tormenta de arena y transbordador para cruzar el río Níger, incluyendo un pequeño soborno para que me transportara a la otra orilla fuera de horario, de noche y sin luces. Descanso de nuevo en casa de nuestra anfitriona y al día siguiente parada en Djenné, lugar en que se encuentra la mezquita de barro más grande de todo el oeste de África, antes de cruzar la frontera a Burkina Faso.
OPINIÓN - ¿DÓNDE COMEMOS HOY?
Megusta comer bien y probar todo tipo de comidas. Degustar sabores nuevos, picantes, especiados, crudos, con las manos… y si es bueno, bonito y barato, mucho mejor. Por eso suelo ir a los mercados y puestos callejeros a catar cualquier cosa que pueda reconocer o no. También voy a buenos restaurantes en las capitales que por un poco más de dinero, sobre unos 15 euros puedes cenar bastante bien. Lo mejor es al atardecer, empieza la revolución local, ya que al estar en el mes de Ramadán se ponen todos a comer. Primero te tomas una cerveza, luego otra y la tercera te la llevas al puesto que te guste. Miras la comida y te pides lo que más te ha llamado la atención o te apetece en ese momento. Suele ser un plato de arroz, mijo o cuscús acompañado de salsa de algún tipo y si quieres un poco de pollo o pescado. Todo ello por unos 2 euros como mucho. Sacas tu cuchara del bolsillo y a comer. Soy la atracción del lugar, sentado donde pueda y el único blanco entre ellos, rodeado de niños esperando a que termines para comerse tus sobras. Las primeras veces se te encoje el estómago y no puedes comer. Da mucha pena, pero tienes que ir haciéndote poco a poco a ello, es parte de África.
El problema de comer en puestos callejeros, cosa que las agencias de viaje, médicos, guías y demás listillos siempre te recomiendan que no hagas, es que casi todas las semanas has comido algo que no te ha sentado bien. Que se lo pregunten a Juan Camarasa, horas antes de hacer un viaje de más de 10 horas en un autobús...Fortasec, siempre en el botiquín de cualquier viajero. www.365xafrica.com