Motos y taxi-motos dominan el tráfico de Parakou.
Togo y Benín, dos países minúsculos que forman dos cintas estrechas y que sumándola no llegan a más de 180 km de ancho. De esta manera se puede cruzar de un país a otro en dos horas como mucho. Sus fronteras son, como en general en toda África, resultado del colonialismo y sus deliberadas decisiones sobre la división de los territorios ocupados.
Togo fue hasta hace tres años lugar de conflictos sangrientos, pero hoy, con el nuevo gobierno, es un país con potencial para prosperar. Y la impresión que me llevo es de un país aparentemente tranquilo y con gente amable, pero, eso sí, con un nivel de vida muy bajo: gente muy pobre tanto en la provincia como en la ciudad, madres obligadas a vender sus productos durante todo el día bajo el sol hasta tarde por la noche, cuidando al mismo tiempo de sus niños, incluido el bebé cargado en sus espaldas.
Lomé, la capital de Togo, tiene un mercado de fetiches en donde venden todo lo necesario para los ritos vudú, como calaveras de monos, piel de serpiente, pelo de caballo o patas de gallina para, por ejemplo, recargar un amuleto de suerte.
En realidad, para la mayoría de los togoleses y benineses, el vudú es un elemento más de la vida diaria. Ciertamente tiene una parte oscura, con la famosa muñeca llena de clavos que todos conocemos de las películas de Hollywood, pero este solo es un aspecto. Los fetiches son objetos cargados con el poder de un espíritu y los mercados de estos amuletos son algo como una farmacia vudú. El comprador tiene una receta de los ingredientes que el hombre yuyu necesita para la concocción requerida - como por ejemplo la cabeza de una cobra o pata de gallina.
¿Será de ahí la expresión me da yuyu para decir que algo nos da miedo? Sea como fuera, los hombres yuyu son los que son consultados por sus poderes de comunicación con espíritus particulares. Los rituales requieren un pequeño regalito o sacrificio como vino de palmera, ginebra o algo de comer. Y la gracia de los espíritus esencial para recibir protección y prosperar, pero algunos espíritus se dejan también ganar para fines egoístas y maliciosos. Pedí que me protegiesen mi coche en el año de viaje por África…sigo el camino por la única carretera nacional de Benín que va de sur a norte, tengo que volver a subir unos 700 kilómetros e dirigirme a Níger.
De paso visito la ciudad de Parakou que anteriormente era lugar central de compra y venta de esclavos. Pero menos mal que eso pasó a la historia y en su lugar tengo la oportunidad de asistir a primera hora del día a un mercado de ganado.
Hay mucha gente, obviamente de los pueblos de alrededor, en sus trajes tradicionales y coloridos, orgullosa y encantada de ser fotografiada. No me piden ningún regalito por hacerles foto, sino al contrario, me piden que les saque una. Y me cuentan que una buena vaca cuesta 250.000 francos CFA, lo que corresponde a unos 385 euros.
Lo que más me sorprende, y divierte, lo poco que se complican los compradores para llevar el ganado adquirido a sus pueblos. Con una agilidad suben a las cabras y vacas sobre la baca (¡ahora sé porque se llama así!) y otras en el maletero o asientos de atrás. Mis amigos colocaron de esta manera tres vacas en la baca y otras tres dentro del coche.
Benín es también lugar de parques nacionales que se encuentran en su norte, como por ejemplo el Parque Regional de W. Es solamente accesible en coche todoterreno y, una vez más, solamente se puede visitar acompañado de un guía. En época seca los visitantes pueden llegar a ver fácilmente elefantes.
También está el Parque Nacional de Pendjari que se extiende parcialmente sobre territorio de Burkina Faso y Níger, el próximo país que visitaré en camino a Nigeria. Países de los cuales se oye hablar mucho malo y poco bueno conforme me voy acercando a la frontera.
OPINIÓN - FELIZ CUMPLEAÑOS
¡Feliz cumpleaños! Me cantaron en siete idiomas diferentes el pasado fin de semana. He celebrado mi aniversario en Lomé, en casa de Raquel. Una manchega de 26 años que vive y trabaja en esta ciudad desde hace más de ocho meses. Organizó un día entero en su casa, tumbado en el césped tomando el sol o a la sombra de una palmera, bañarse en la piscina, saborear la comida local hecha por su cocinero y para la cena ¡pizza!. No me acuerdo la última que me comí anterior a esta. Luego, salir por la ciudad a tomar una copa y más tarde, a la discoteca más grande del oeste de África, o así lo dicen ellos.
Ya que era mi cumpleaños y aprovechando la hospitalidad de la encantadora Raquel, decido quedarme tres días y mientras conseguir algún visado más de una de las embajadas vecinas. Desde que salí de España es la primera vez que me siento europeo. Vivir como ellos, comer la misma comida que en casa, ir a un supermercado y con el carrito coger lo que quieras sin que nadie te grite, te empuje o tener que regatear por el precio.
La mayoría de la gente que me rodea es blanca, me encuentro en una urbanización cerrada o mejor dicho, sitiada por el ejército y en cada casa un guarda las 24 horas, que por cierto, me lavó el coche. A tanto lujo uno se acostumbra rápidamente pero lo que más me gustó y disfruté fue la ¡lavadora! Y para colmo electrónica, jamás pensé que echaría de menos tanto una lavadora. Lave todo, todo lo que pude, es más, estuve todo el tiempo en bañador y pareo por no ensuciar nada.
Así pasé mi cumpleaños, rodeado de lujos europeos y entre gente interesante con la que poder tener agradables conversaciones.