El albaceteño, en la cima del Monte Camerún. En días despejados se puede disfrutar en la cumbre de vistas sobre los otros volcanes menores.
Entrar en Camerún por el norte fue buena decisión. De esta manera recorro todo el país observando sus diversas zonas climáticas, de muy seco por el norte a trópico en el sur. Pero a todo lo largo el viajero se mueve entre montes, como las montañas volcánicas que forman una frontera natural con Nigeria hasta el sur en donde dan directamente al mar.
Y todo con una vegetación que se vuelve más densa según avanzo. Camerún tiene uno de los bosques más extensos de África que es destruido poco a poco por deforestación. Sorprendentemente, pero significadamente en el billete más común del país, el de 1.000 Franco CFA (1,5 euros) figura una máquina tala árboles enorme.
Otra cosa que sorprende mucho es el hecho de que el norte del país está literalmente separado del sur. Mientras que Camerún dispone de unas de las carreteras más modernas que he visto hasta ahora, no hay ninguna enteramente asfaltada que lleve del sur al norte, ni siquiera a la capital. Y no es por la naturaleza que lo impida, simplemente es así. Para llegar a la capital, hay que pasar necesariamente por una etapa de carretera de barro de un día entero de viaje que en época de lluvias puede transformarse en caja de sorpresas.
ESCALANDO UN VOLCÁN. Tras haber superado la montaña más alta en el Norte de África en agosto, me propuse que la próxima sería el Monte Camerún, con 4.095 metros siendo la más alta de África occidental. En el caso de esta montaña, al igual que en toda esa región suroccidental, se trata de un volcán activo hasta el día de hoy. La última erupción fue en 2004. Científicamente es de gran interés por su flora y fauna, incluyendo plantas endémicas, lo cual atrae cada año a cientos de turistas europeos.
La ciudad de Buea, al pie oriental del volcán, es lugar de salida y contratación de guías y porteadores. Me cuesta un guía-porteador tres días, más el permiso de subida unos 60 euros. Realizo el recorrido más popular, llamado la Ruta Guiness. Es practicable todo el año, tanto en época seca como de lluvias y dispone de cuatro cabañas a diferentes niveles de altura a lo largo de la montaña que ofrecen refugio en caso de mal tiempo o lugar para trasnochar ante la próxima etapa. Normalmente esta ruta se hace en tres días y dos noches.
Punto de partida a 1.090 metros. Salimos a las seis de la madrugada, con los primeros rayos de sol, o más bien con las primeras nubes visibles. Los primeros pasos nos llevan a través de los corrales de las casas y los huertos al pie del volcán. La gente, a estas horas ya activa tanto niños como adultos, nos desean amablemente los buenos días y algo como buen ascenso. Y ascendemos la etapa inicial de unas tres horas a través de plataneros y selva tropical con árboles y plantas gigantescas. La humedad y la temperatura me hacen sudar enseguida y dejan la ropa empapada en pocos minutos. Menos mal que en la mochila va ropa de recambio bien protegida en una bolsa hermética. Tras ascender un desnivel de poco más de 700 metros llegamos al primer refugio. Aquí es posible abastecerse con agua potable y descansar ante la etapa más dura y empinada del ascenso.
El pueblo indígena de esta región, los Bakweri, llaman a la montaña Mongo-mo-Ndemi, lo cual quiere decir Montaña de Tormenta. Y nunca mejor dicho, así es como la llegué a conocer. Cae una tormenta de corta duración pero de tal fuerza como si alguien hubiese abierto y cerrado el grifo.
Cuatro horas a través de sabana y rocas hasta llegar al segundo refugio que está a 2.860 metros. Es el lugar en donde la mayoría de los excursionistas duermen por ser el refugio mejor «acondicionado», aunque el lugar está lleno de basura y, como consecuencia, plagado de ratones que no temen a los montañeros. Con descaro marchan sobre los pies de los visitantes y se tiran sobre cualquier comida que esté a su alcance, sin retraerse de meterse directamente en las mochilas para tales fines.
Al día siguiente, tras haber dormido 12 horas, salimos a las siete de la mañana para hacer cumbre. Seguimos un camino hecho formado por un río de lava. La cima, al igual que el día anterior, cubierta de nubes. Subimos hasta el tercer refugio a 3.740 metros y cinco grados de temperatura. Descansamos un ratito y ascendemos sin problema otra hora hasta llegar al punto más alto del volcán, 4.095 metros.
El descenso es tranquilo y haciendo fotos cada vez que sale un rayo de sol. Volvemos al refugio segundo, donde tenemos nuestra base. A la mañana siguiente preparo la mochila, se la doy a mi guía-porteador y empezamos el descenso tranquilamente. Algo de lluvia a nuestro paso por la zona de bosque tropical y por fin de regreso a mi coche.
Esta vez me cuesta más la subida que cuando subí el Toubkal, tal vez, por haber pasado los últimos tres meses sentado en el coche. Menos mal que ahora espera la ciudad de Limbe para recuperarme, con playita, pescado fresco y cerveza.