El coche del autor se detiene en el Sahara Occidental por un cruce de camellos.
A medida que va avanzando la marcha y después de tres meses visitando el continente africano, miles de kilómetros recorridos y sobre todo infinidad de nuevas experiencias, anécdotas, buenos y malos momentos; me doy cuenta que está cambiando el viaje en sí o, ¿tal vez el que está cambiando soy yo?
He recorrido sus orillas o cruzado los ríos más importantes del oeste de África, enormes y caudalosos como el Senegal, Gambia o Níger. Cruzado desiertos con rectas interminables de cientos de kilómetros del Sáhara o el Sahel. Disfrutado de la montaña, escalando el Monte Camerún y en la cordillera del Atlas, en Marruecos, el Toubkal y otras tres cimas de más de 4.000 metros.
Divertirme conduciendo por playas enormes y arenosas como las del Sáhara Occidental o Mauritania; bañarme y tomar una cerveza en paradisíacos lugares a lo largo de la costa del océano Atlántico volviéndome loco buscando la famosa palmera inclinada que sale en los póster de las agencias de viaje en Costa de Marfil, Ghana o Togo.
Los miles de kilómetros transcurridos han sido desde buenas carreteras asfaltadas hasta algunas embarradas o inundadas, pasando por pistas de tierra o piedras, pelearme con conductores en medio del caos de las grandes ciudades pero sobre todo y lo que más he disfrutado son las personas que he ido conociendo a lo largo del camino. Conociendo sus culturas, degustando su gastronomía en las calles y tomando cervezas en los bares compartiendo la misma mesa y comparando culturas. Tanto ellos como yo siempre curioseando sobre las costumbres de cada uno y acabar con más de una cerveza que por supuesto siempre termino pagando yo.
Pero sobre todo y lo que ya parece parte de mí, es el coche. Mi maravilloso y fantástico coche, es mi hogar, transporte, cocina, almacén o guardaespaldas y, sobre todo, es con quien comparto todas estas experiencias que estoy teniendo.
Paso una media conduciendo entre cinco y 12 horas y lo mejor es que no me ha dado ningún tipo de problema, nunca se ha quejado y, además, siempre hace lo que yo le digo.
África engancha, se te mete dentro y te haces uno más, sólo tienes que disfrutar y dejarte llevar pero siempre con esa precaución y respeto hacia sus culturas y gentes que tienes que llevar por ser blanco en el continente negro.