En el mercado de Brazaville, la sorpresa son los murcielagos vivos.
Eee le blanc, le blanc, regardez ici, achetez les bananes, me llaman los vendedores y vendedoras, animándome a comprar en sus puestos. Da gusto comprar en mercados africanos, llenos de gente y donde los vendedores están orgullosos de sus productos. Se encuentra tanto comida como ropa, todo tipo de cacharros, muebles, e incluso piezas de repuesto para el coche.
Ir un día al mercado, es pasar toda la jornada de festival para los sentidos. Desde los olores de las innumerables y exquisitas especias hasta la peste de carne podrida o basura, descubres productos que nunca habías visto, expuestos sobre una mesa o colgados, ya sean vivos, muertos o inanimados.
La gente te hace degustar su mercancía, ofreciéndote para que lo pruebes y compres.
Tocas cuanto te apetece y eliges tu mismo lo que quieres, todo acompañado por los gritos de los vendedores anunciando sus precios en el idioma local o por el ruido ensordecedor cuando pasas por delante de un vendedor de música.
Sin embargo, los mercados no son siempre alegres y delatan la realidad de la vida cotidiana. La oferta varía mucho de país a país y lo que en un lugar hay en abundancia, en otro es simplemente inexistente. Según, la oferta es más cuantiosa, diversa y fresca o más bien escasa, de poca variedad y sobre todo de peor calidad.
Por eso hay que habituarse a comprar en el momento y no dejar ninguna compra para después. Además, los mercados son indicadores de la riqueza o pobreza de cada región.
No son pocas las veces que se observa que lo único que tiene para vender la escuálida anciana sentada en el suelo son los tres ajos medio podridos exhibidos sobre un cartón sucio. La calidad de los productos revela claramente la triste condición de vida de la persona que lo vende.
Los precios, en general, son asequibles para el viajero occidental que se puede permitir comprar todas esas delicias exóticas que en casa son carísimas. Mangos a 20 céntimos, piñas a 40, papayas a 30 o un kilo de plátanos a 50.
Verduras en perfecto estado, desde un tomate a 10 céntimos hasta una lechuga a dos euros.
Carne fresca y roja como un kilo de ternera a tres euros o pollos vivos, que matan en el momento y te lo llevas caliente en su jugo a dos euros.
Pescado de varios tamaños y precios, como por ejemplo 5 carpas por un euro recién capturadas del río. Y todo acompañado de un fondo de incontables colores y olores.
Ahí está la mujer con su bebé a la espalda vendiendo tomates y cebollas, la abuela en su traje tradicional sentada en el suelo ofreciendo patatas y pimiento rojo, el hombre vendiendo un cordero descuartizado, siempre acompañado de la cabeza o de las patas del animal para dar prueba del origen de la carne.
Y para el aventurero gourmet, se puede encontrar cosas tan apetecibles como carne de murciélago, serpientes, cocodrilos o multitud de insectos ricos, como crujientes saltamontes o gusanos retorciéndose en los recipientes.
En definitiva, en tierras africanas, pasar un día en el mercado es ir de fiesta local.