Vista nocturna de Luanda, capital de Ángola, poblada por 3.5 millones de habitantes.
Hay países con buena reputación, y otros con mala reputación. Lo último es el caso de Angola y aun peor todavía para la República Democrática de Congo, que tiene una fama pésima. Son países que, según recomendaciones oficiales, es mejor no visitar salvo en caso de absoluta necesidad por razones de negocio, por ejemplo, pero ciertamente en ningún caso por razones turísticas, por lo que se aconseja una estancia no más larga que absolutamente la necesaria. Así lo organizo, es posible atravesar la República Democrática del Congo en 24 horas por el norte y Angola, según el visado de tránsito concedido en cinco días.
Entro a la RDC por su capital, Kinshasa, de más de ocho millones de habitantes. Una pasada, un caos total, polución y un calor asfixiante, demasiados coches y demasiada gente por todas partes, como en tantas otras ciudades grandes de África. Sin embargo tiene su encanto y paso ahí el día, sobre todo para abastecerme de comida y otras necesidades para seguir el viaje por el campo o pueblos pequeños.
En el año 2003, la guerra civil cobró unos 3.8 millones de vidas y desplazó a cerca de cuatro millones de Congoleños. Hoy la república alberga la mayor fuerza de cuerpos armados de las Naciones Unidas, con 17.000 soldados estacionados para posibilitar una paz frágil, amenazada por brotes de violencia esporádicos, sobre todo en la capital.
Pese a todo esto, me encuentro con gente sumamente amable y alegre, incluidas las autoridades que me aseguran que no corro ningún riesgo en este país sacudido por tantas peripecias y que fuera de las ciudades puedo acampar en dónde quisiera, que ya no hay bandidos. Muy tranquilizante saber este detalle, que resulta ser cierto, no me encuentro con ningún momento desagradable o peligroso durante toda mi estancia en este país. Todo sin problemas, al contrario de lo que esperaba.
Sigo la carretera desde la capital dirección oeste atravesando un paisaje de colinas suaves y verde intenso pero poco forestado.
Me dirijo a Matadi, el único lugar de todos los países recorridos en mi trayecto que se puede solicitar el visado para Angola. Una vez conseguido, lo cual no era fácil, incluyendo una entrevista preguntando por los nombres, edades y religiones de mis tíos, salgo de la República Democrática del Congo por una frontera pequeña.
Ahí me recibe un comisario angolano que habla perfectamente español y que viaja mucho a Madrid con una cerveza fresca expresando así su alegría del visitante de España.
Como me dijeron unos moteros australianos que en Angola había pescado y marisco en abundancia a precio tirado, me apuro para llegar a la costa. Al cabo de dos días de viaje veo el mar y todas esas cosas exquisitas que hacen la vida más agradable y sobre todo gustosa: ¡Gente guapa, fiesta y 10 langostas por siete euros! Es lo que me encuentro nada más llegar al primer puerto pesquero.
Al día siguiente, lenguado. Al otro, sepia y así degustando todo tipo de manjares recién salidos del océano a precios entre dos y cinco euros. Y todo acompañado de cerveza, eso sí, a falta de frigorífico y electricidad constante, no siempre fresca.
En Angola, después de 25.000 kilómetros recorridos, es donde tengo la primera avería seria del coche. Domingo, empezaba el atardecer y conducía por una carretera desierta que me llevaba a la frontera con Namibia.
Se me rompe el embrague. Pero afortunadamente y mientras colocaba los triángulos sobre la pista polvorienta, el primer camionero que pasa en mi dirección me propone espontáneamente remolcarme los más de 200 kilómetros hasta la frontera en donde, sorpresa, me esperaría su hermano mecánico para arreglar el coche.
Dicho, hecho, y tardamos otros dos días, durante los cuales Edson, mozambiqueño de origen, me remolca pacientemente a través del medio desierto de Angola por pistas polvorientas hasta la frontera con Namibia.
Nos estacionamos en el párking de cientos de camiones internacionales. Tengo que comprar el disco del embrague en Namibia y regresar a Angola con él para reemplazar el partido lo antes posibles.
Pero el problema es que tengo mi visado ya caducado y si salgo del país ya no me dejarán volver a entrar en Angola por lo que, con una pequeña ayuda y un soborno incluido paso a la otra parte de la valla, compro la pieza y regreso.
La ponemos al día siguiente y salgo del país llorando a los oficiales para que no me hagan pagar ninguna multa por expiración del visado y consigo pasar a Namibia. Ahí me esperan tribus aisladas, playas desérticas y animales salvajes.
OPINIÓN - LA TEMIDA FRONTERA
La gran frontera entre Brazzaville (Congo) y Kinshasa (R.D.C) es temida y comentada por todo viajero por África. Esta frontera siempre es tema de conversación entre los viajeros que van a pasar por aquí. Que es muy peligrosa, que está llena de policías corruptos, que tardas más de un día en cruzarla y así infinidad de comentarios. Con mi experiencia de la frontera de Rosso, entre Mauritania y Senegal, otra de las más conflictivas en África por tener que cruzar un gran río con transbordador, consigo pasarlo en grande. Pero como no es la primera frontera africana que me toca atravesar me lo tomé con la mayor calma posible, cuanto más tiempo agarrado a una cerveza, mejor.
Fuimos, junto con David y su camión, a media mañana de un sábado para el puerto. Al entrar ya tenía rodeando el coche unos cuatro individuos pidiéndome dinero sólo por entrar, otros tantos por aparcar. Sellamos el pasaporte y la documentación del coche y a las taquillas del transbordador. Lo primero que veo son miles de personas, entre ellos muchos ciegos con sus lazarillos y disminuidos físicos en sillas de ruedas gigantes. Entre todos ellos los policías de aduanas, policía nacional, militares y demás tipos de autoridades con látigos zurrando a diestro y siniestro. Increíble. En la taquilla me dicen que me tienen que tasar el coche y después de unas horas, pagar todo, tener sellado los documentos y ver como entran los cientos de personas en el transbordador me quedo sin espacio. No puedo subir y me vuelvo al hotel y hasta el lunes no puedo embarcar.
El lunes vuelvo, con los documentos sellados de hacía dos días y el billete del barco comprado. Me hago fuerte a la entrada del embarque aparcando el coche en la misma puerta, cerrándolo y me voy a tomar unas cervezas hasta subir. Todo el mundo me critica pero esta vez soy de los primeros en embarcar. En el transbordador, policías que me piden dinero, minusválidos con sus sillas llenas de mercancía que se dedican al negocio del transporte, cientos de personas cotilleando y en la otra orilla la gran Kinshasa con sus más de ocho millones de habitantes.