El león es el hallazgo más codiciado por el turista.
Me dirijo al extremo noreste de Namibia, atravesando 400 km por toda la franja llamada Caprivi Zipfel, una cinta de terreno estrecho de pocos kilómetros de anchura y paso fronterizo con Botsuana. En esta región ya no se ven blancos a penas, vuelve a ser África, con sus chozas de barro, gente sin zapatos, transportando agua durante horas, niños con mocos y ojos de pena. Pero también vuelve a ser el África de colores vivos, olores intensos, mercados bulliciosos y gente sonriente.
En Botsuana, el mayor atractivo turístico lo forman sus parques nacionales. Me dirijo, nada más pasar la frontera al de Chobe.
Al contrario que en los parques visitados hasta ahora, que no te dejaban hacer ningún paso incontrolado e inobservado, en Botsuana te dejan una cierta libertad en descubrir por ti mismo el parque y sus animales. Puedes acampar en un lugar asignado y, eso sí, muy salvaje.
La única infraestructura que te dan, es un sitio para hacer fuego, lo cual recomiendan insistentemente hacer, para protegerse de los animales. Además, hay una caseta simple con baños y duchas rudimentarias.
Lo bueno, o lo malo, es que hay animales salvajes en el mismo sitio de acampada, elefantes, innumerables monos, hienas, perros salvajes, etcétera.
Por otra parte, más apacible, está el río a pocos metros, lo cual permite observar desde la silla de camping el espectacular desfile de búfalos e hipopótamos pastando y bañándose. Los últimos, por cierto, existen en abundancia en este parque y se pueden ver al conducir por la pista de arena que sigue a lo largo del río, sobre todo al atardecer y por la noche.
Lo que abunda también en este parque son los elefantes, manadas de hasta 50 animales, que en una ocasión, me acorralaron sin dejarme ni avanzar ni retroceder. Encima, un macho gigantesco amenazándome desde atrás para que me fuera, mostrando sus orejas asombrosas. Aún no sé cómo me dejaron seguir mi camino sin pedirme nada a cambio.
Los parques nacionales de mayor fama son los del Delta del Okavango. Ahí, el río con mismo nombre y que nace en Angola se dispersa en forma de palmera por el llano paisaje en una superficie de 1.430 kilómetros cuadrados.
Sin embargo, la parte que se puede pasar en todoterreno es solo mínima. La que he visitado, es el Parque Nacional de la Lengua de Moremi por ser el único accesible en coche. Pero suficiente para perderse y quedarse atascado en algún paso de río sin puente que durante la época de lluvia se convierten en charcos con sorpresas. Y encima, llenos de cocodrilos recreándose al sol o flotando silenciosamente en el agua. Carteles avisan del peligro que supone este hecho. En caso de avería no se debe abandonar el coche bajo ninguna circunstancia.
La mayor parte de este parque tan célebre se visita en pequeñas embarcaciones o en avioneta, sobrevolando los paisajes espectaculares con sus cientos de islas. Este tipo de turistas, que disponen de presupuestos de hasta 1.000 euros diarios, se aloja en uno de los numerosos lodges lujosos o súper lujosos, solo accesibles en costosos vuelos.
Yo en cambio, fui a la zona de acampada libre. Es lo más barato que te puedes encontrar aquí, por unos tres euros para el camping, más 17euros al día de permiso de entrada con coche propio.
Una de las noches la compartí con Rob como vecino, un ex militar de Botsuana que ha participado en todas las últimas guerras africanas, como las de Angola o Congo y que ahora es cazador y pescador profesional, guía de safaris tanto fotográficos como de caza.
Estuvo contándome anécdotas, sobre todo de los cazadores europeos y americanos, y también como viven los animales aquí, de los cuales conoce perfectamente sus hábitos y costumbres.
A unos pocos kilómetros del parque, pasando a Zimbabue, se encuentran las Cataratas Victoria. Figuran entre una de las siete maravillas naturales del mundo, y con razón. En época de lluvias su caudal puede ser hasta 10 veces superior, como en la que me las encontré en mi visita.
Es inevitable mojarse, por lo que salpica el agua en algunos lugares cayendo con fuerza tormentosa a la profundidad, formando nubes de lluvia que dejan a los turistas calados con pintas miserables y camisetas mojadas.
OPINIÓN - CENA DE LEÓN
Mi experiencia con el mundo salvaje se resume en un par de situaciones un poco, como lo llamaría, un poco intensas y fascinantes al mismo tiempo.
La primera noche en la zona de acampada del P.N. de Chove estuve rodeado de decenas de monos, los cuales defecando alrededor de mi coche y tienda de campaña durante toda la noche y con un olor intenso a África salvaje. Me robaron la basura mientras cenaba y se llevaron mi última cerveza fría que me quedaba en la reserva. Pero lo que realmente me dejó patitieso fue cuando me levanté a media noche y ceporrón como yo solo y en vez de hacer mis cosas en cualquier parte como siempre, se me ocurre ir a los baños. Cuando sentí por un momento que la oscuridad retumbaba, el ruido aumentaba por momentos hasta que emergió un enorme elefante enfrente de mí. ¡Hostia! ¿Y qué cojones hago yo ahora? Decidí quedarme quieto, por no decir que no me podía ni mover. Se me olvidó mear y desaparecieron de repente todos los ruidos de la noche. El elefante era realmente grande, tenía una mirada penetrante y no emitía sonido alguno. Tras quedarse parado durante un rato decidió por su propio bien, irse. Se hizo una eternidad el tiempo que pasé allí quieto en la oscuridad.
La segunda experiencia fue la otra noche en el P.N. de Moremi. Estaba cenando unos exquisitos espagueti boloñesa con parmesano, que me salieron de muerte. Sentado al lado del fuego en una zona de acampada, cuando siento que alguien me observaba. Me doy media vuelta y veo unos ojos clavados en mí o en mis espaguetis. ¡Joder, un león! Estaba a unos 20 metros y esta vez sí, al contrario que con el elefante, si decido ir muy, pero que muy lentamente hacia el coche.
Me encerré no se por cuánto tiempo porque me quedé hasta dormido dentro. Pero la putada más grande, fue que me dejé los espaguetis a expensas de los monos, hormigas y demás insectos y me fui a la cama sin cenar.