Pocos son tan afortunados de poseer un balón: los niños de la imagen viven en una aldea de Congo, en la cual no había ni uno solo.
Donde vayas en África, continuamente estás rodeado de niños. Siempre están ahí para saludar al turista, curiosearle, hacerle una broma, proporcionarle un regalo o simplemente observando cualquier movimiento que realice. Pero también para pedirle dinero, un trabajo como lavar el coche, o como una vez que me dijo uno: «Señor, ¡lléveme con usted!».
Es una realidad, los niños son las primeras víctimas de la pobreza omnipresente en África, y la mayor parte de ellos sufren malnutrición y carecen de educación básica. Muchas veces buscándose la vida. Se les ve trabajando, solos o ayudando a sus padres, cargados de un peso que, incluso un adulto, lo llevaría con dificultad o pastoreando un rebaño desde el amanecer. Y prácticamente todos, llevan consigo algún hermanito o hermanita menor de la mano o a sus espaldas. Eso si, cualquier cosa que necesites se lo pides y ellos lo consiguen.
Pero por otro lado, son la alegría y la sonrisa constante del continente. Cuando por las tardes llego a un lugar habitado para acampar, vienen los niños desde lejos corriendo para recibirme, y para correr más se quitan las chanclas o zapatos, los que llevan, e indicarme el mejor lugar en donde aparcar el coche y desplegar mi tienda. «¡Aquí, aquí! No, ¡mejor aquí!» van gritando todos a la vez. Y me dan la bienvenida con preguntas sobre mi nombre, mi país, mi equipo favorito de fútbol.
Pero sobre todo me acompañan en todo lo que hago con miradas curiosas que no se pierden nada. Llevo un balón de fútbol entre la cantidad de trastos y equipaje que acarreo. Y la alegría es insuperable cuando les doy el balón para jugar. Una vez, en el la República Democrática del Congo, en un pueblo perdido, vi la mayor felicidad expresada por niños cuando se lo ofrecí. Gritaron, saltaron, dieron volteretas, y jugaron hasta el último rayo de sol. Y al amanecer, sobre las cinco de la mañana, abro la tienda para ver el día, ya estaban ahí de nuevo unos diez o quince nanos pidiéndome de nuevo el balón para jugar.
Al contrario de los adultos, les encanta que se les haga una foto. Se divierten posando, en grupo o solos, haciendo figuras y les cautiva verse después en la pantalla de la cámara. Se parten a carcajadas, y más todavía cuando utilizo el flash. Agradeces la presencia de estos nanos porque te hacen olvidar las penurias del día. Y si les enseñas un juego o les cantas una canción en español, te quedas alucinado con la rapidez que se lo aprenden y repiten.
No suelo dar regalitos. Sin embargo, cuando he dormido en una aldea, doy algo de ropa infantil a los adultos que me han dejado quedarme en la puerta de su casa y algunos detalles para los niños, como globos o pinturas. Cuando son varios, juego con ellos haciéndoles pompas de jabón con el aparato que me compré en los chinos en Albacete antes de salir, ya que intentan cogerlas y les explota por lo que no se pelean entre ellos para llevárselas: suele ser la primera vez que ven una y se creen que es magia. Pero para magia, con los cuatro trucos que llevo de mi caja del juego Magia Borrás de cuando era joven. Aquí es cuando alucinan los niños, adultos y hasta las cabras.
Una vez, en Malí, me insistieron mucho dos niños que decían que mi coche estaba muy sucio y que me lo querían lavar. Por dinero, por supuesto. Uno de ellos tendría unos 10 años como máximo, y el otro algo menos. Les dije que no, que no hacía falta, pero no dejaron de insistir. Cuando ya estaba casi a punto de decirles que sí, viene un hermano de ellos amenazándome diciendo que ni se me ocurra dejarles lavar el coche, la obligación de ellos es ir al colegio. Tenía razón, el dinero es muy goloso para los niños que no se dan cuenta que les lleva a la calle y les aleja de cualquier educación que deberían recibir.
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