Imagen del Valle de la Muerte.
Windhoek, capital de Namibia. Para el viajero que viene de lejos, la ciudad ofrece la posibilidad de hacer una puesta a punto del coche, comprar piezas de repuesto y alguna u otra cosa que no se suele encontrar en el resto del país.
Desde ahí, atravesando los áridos montes del Parque Nacional del Desierto de Namib-Naukluft, me dirijo hacia la costa para visitar las dunas de Sossuvlei, una de las principales atracciones turísticas de Namibia.
Hay que levantarse pronto, para poder verlas en todo su esplendor. Lo que las distingue de otras dunas en el mundo, es su alto contenido en hierro. Es aun de noche cuando salgo a descubrirlas. Antes de que se muestre el alba en el horizonte y con suficiente tiempo de antelación debo de ascender la famosa duna número 45. El esfuerzo de la subida por la arena pesada en la que se hunden los pies es recompensado con una espectacular salida de sol, al mismo tiempo que el color de las dunas va mutando de un naranja oscuro a un rojo intenso.
A pocos kilómetros dirección norte se encuentra el Dead Vlei, el Valle de la Muerte y al verlo comprendo porque se llama así. Son las ocho y media de la mañana y hace un calor espantoso. Los pocos y pequeños árboles, o más bien lo que queda de ellos, no ofrecen ninguna sombra, han muerto secos hace ya muchos años. Mejor irse antes de que me haga yo también protagonista de una historia dramática y acabe en un pequeño charco en el suelo.
De allí y en dirección sur me dirijo a otro lugar de película, Lüderitz. Una ciudad pesquera en la que las más importantes navieras son españolas. Limita al norte con el Parque Nacional del desierto del Namib y al sur con una propiedad vallada y sin posibilidad ninguna de penetrar. Hoy es zona vetada y controlada por una empresa formada por el 50 por cineto estatal y otro 50 por ciento, en manos extranjeras que explota en exclusiva los diamantes.
A la izquierda y derecha de la carretera está todo vallado con carteles que avisan que está prohibido salir de la carretera y llevarse cualquier tipo de piedra fuera de este territorio. Todo esto va tan en serio, que al que haya encontrado un diamante e intente sacarlo del país, le espera una multa de un millón de dólares o una pena de cárcel de 20 años. Una ley un tanto peculiar, teniendo en cuenta que al que asesine una persona le esperan como máximo cinco años. Haciendo números sale más rentable buscar a alguien con un gran diamante, asesinarlo y quedártelo.
A 14 kilómetros desde la costa adentrándose al desierto se encuentra la ciudad fantasma de Kotmanshop. El poblado llegó a albergar a unos 1.300 habitantes, sobre todo venidos de Europa para hacer fortuna tras el descubrimiento de diamantes en 1908.
Para no aburrirse en pleno desierto, había un casino, bolera, teatro, cine, gimnasio, tiendas e incluso una fábrica de hielo para conservar en fresco la cantidad de cerveza y chamán que bebían.
El agua potable costaba más que la cerveza y lo mismo que el champán. Para los afortunados fueron años de lujo y lujuria.
Tras el descubrimiento de otras regiones más ricas en diamantes la ciudad se quedó sin importancia y sus habitantes dejaron todo atrás. De esta manera el visitante de hoy puede contemplar las casas abandonadas con restos de muebles y utensilios de aquellos tiempos.
Desde ahí me dirijo hacia el sur, por una pista de 170 kilómetros para llegar al primer río con agua que veo desde hace muchos cientos de kilómetros.
Es el río Orange que, en esta región, determina la frontera con Sudáfrica. En él, desemboca el río Fish, con su famoso cañón que se extiende sobre 160 kilómetros de longitud. Con la impresión de las vistas espectaculares que ofrece el cañón, me dirijo, por fin, hacia Sudáfrica.
OPINIÓN - BIENVENIDO A ÁFRICA
Después de un pequeño paréntesis de unos dos meses en mi viaje por África por asuntos familiares, consigo reanudarlo donde lo dejé, en Windhoek, la capital de Namibia.
Lo primero que me encuentro al llegar a Barajas es el mogollón de gente que no puede volar debido al volcán. Como vuelo vía El Cairo no tengo problemas en embarcar a tiempo y el vuelo sale sin demora. Eso sí, tres escalas, 23 horas de vuelo y todo ello ¡sin cerveza! Lo pasé como mejor pude.
Por fin llego a Windhoek y me dirijo al hotel cerca del aeropuerto donde dejé el coche aparcado. Estaba recién lavado y en buen estado, justo como lo había dejado. Me costó un euro al día más o menos. Allí decido ir a casa de unos amigos, donde poder revisar el coche tranquilamente, volver a ordenar las cosas y organizar la ruta.
Aparco el coche en el jardín de su casa y monto la tienda encima del coche como siempre. Hago una típica cena española recién traída de casa, jamón, chorizo, buen vino de la tierra y unos chupitos de orujo.
Sobre las 10 de la noche nos vamos a dormir, mañana a las seis de la mañana es hora de levantarse y partir. A las dos de la mañana me despierta un ruido atronador, y me doy cuenta enseguida. ¡Me acaban de romper los dos cristales delanteros del coche! Tardo unos dos o tres segundos en conseguir abrir la tienda. Mientras grito a los intrusos y empiezo a descender la escalera en calzoncillos, con el espray de pimienta en la mano, veo unas cuatro personas saltar la valla de la casa por encima de los alambres de espino de unos dos metros de altura. Nada que hacer. Empiezo a hacer balance del robo y analizo que se han llevado todo lo de valor que tengo. Pasaportes, tarjetas de crédito, documentación del coche, dinero en efectivo, cámaras de foto y vídeo, teléfonos, ordenador… Yo que creía que era el más listo de todos, ya que tenía todo por duplicado y en dos bolsos diferentes, y resulta que los cacos han sido más listos que yo, ya que se han llevado los dos bolsos nada más.
Ahora toca policía, conseguir documentación nueva, dinero prestado… En fin, el viajero nunca debe bajar la guardia, estés donde estés y hagas lo que hagas. Bienvenido a África.