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Editorial

El descontrol de la energía va más allá de la guerra

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El mundo, globalizado e hiperconectado, ya aprendió lo que sucede cuando la producción industrial se frena en seco

Las empresas albacetenses comienzan a sufrir las consecuencias de la guerra en Ucrania por la invasión de las tropas rusas de Putin. Las materias primas comienzan a escasear y, si no, su precio eleva los costes de producción hasta límites insospechados, lo que hace inviable la producción, a lo que hay que sumar el incremento de la energía. Ahora que Albacete volvía a ser la locomotora económica de Castilla-La Mancha sufre un nuevo contratiempo que tiene visos de permanecer durante meses, cuando no años.

En cifras redondas, el coste del gas se ha multiplicado por diez y el de la electricidad por ocho. Eso, en industrias de manufactura cuyos costes energéticos alcanzan el 70% del coste final de su producto, es insostenible más allá de unos días, y la invasión de Ucrania no va a durar unos días. Tampoco es tan sencillo como detener el proceso productivo. En no pocos casos, la industria opera con equipos que no se pueden detener o tienen un coste descomunal en el supuesto de que se vean obligadas a hacerlo. El consumo energético no se puede aislar de su cadena productiva, por lo que el corte de suministro equivaldría al cierre de facto de toda la cadena de producción. El mundo, globalizado e hiperconectado, ya aprendió lo que sucede cuando la producción industrial se frena en seco. De hecho, todavía hoy paga las consecuencias en sectores clave como el de la automoción. Trasladen ahora la situación a los hogares donde se sobrevive con rentas mínimas. Habrá cientos de miles de hogares, quizás más, que se sumen a los muchos que ya padecen pobreza energética, entendida como la imposibilidad de hacer frente a un consumo razonable para no pasar frío.

Mientras todo esto sucede, los gobiernos -y el de España, que es el cuarto país de Europa que más cara paga la energía en relación a su poder adquisitivo, no es una excepción- debaten medidas para contener una escalada de precios que también está dejando varado el parque automovilístico y pone en jaque a todo el sector del transporte, sea cual sea su fuente de alimentación. Sin embargo, reducir la hiperinflación a lo sucedido en Ucrania, no digamos a las intenciones previas de Vladimir Putin, es un ejercicio de simpleza inaceptable. Hace años que consumidores y empresarios -es curiosa la encrucijada en la que se encuentra la CEOE, que defiende a las energéticas como 'asociados' mientras tiene al resto de sus asociados de uñas con las energéticas- reclaman que se desvincule el precio de la energía del de la fuente de producción más cara. De esta forma se evitaría el impacto del coste, por ejemplo, del gas ruso, que ahora es una cuestión de Estado. No sirve esconderse tras el muro de la UE y las leyes de libre competencia. Lo que procede es presionar para cambiarlas.