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Editorial

Los antivacunas son libres de elegir pero deben asumir las consecuencias

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No parece el presidente francés, Emmanuel Macron, el único que quiere «cabrear» a los no vacunados. Scott Morrison, primer ministro australiano, también está dispuesto a complicarle la vida a quienes intentan eludir las reglas comunes, incluso aunque te llames Novak Djokovic y seas el número uno del tenis mundial. Porque, pese a su victoria del pasado lunes en los tribunales locales, la permanencia del serbio en el país oceánico sigue pendiendo de un hilo. Mientras el mundo entero espera la resolución de un caso del que están haciendo bandera los antivacunas, las autoridades australianas investigan la posibilidad de que el líder de la ATP mintiese a los funcionarios de inmigración del país para entrar y disputar el primer Grand Slam del año.

Djokovic tiene todo el derecho a negarse a ser vacunado, pero debe asumir las consecuencias. Ser el número uno en su deporte no le concede el derecho a eludir las normas que rigen para todos y adoptar el papel de víctima. Conocía las reglas del juego y decidió que él no tenía por qué cumplirlas. Y así se lo recordó Rafael Nadal, con la sensatez y elegancia que le faltan al serbio. Ya sabía a lo que se arriesgaba cuando viajó a Melbourne sin presentar un certificado de vacunación y negándose a confirmar si cumple con los requisitos sanitarios exigidos en un mundo golpeado por la pandemia. Sus abogados alegan ahora que dio positivo el día 16 de diciembre, pero se le vio sin mascarilla haciéndose fotos con varias personas, entre ellos niños, los dos días posteriores. Esto no solo va de vacunas, va de responsabilidad. Si estando contagiado se relacionó con gente, no jugar el Open de Australia debería ser el menor de sus castigos.

A la par que la vacuna se ha ido haciendo obligatoria en algunos países, y tras la implantación de los pases covid, han brotado los negacionistas que enarbolan el concepto de libertad individual como bandera de su discurso, y que está calando entre sectores ideológicos polarizados. Ahora, en medio de ese magma difuso, aparece Djokovic, una cara célebre que ha hecho que esta corriente de pensamiento alcance gran dimensión pública. La del tenista serbio ya no representa la causa de sí mismo contra el gobierno australiano. Muchos de sus compatriotas han visto la oportunidad de reivindicar un orgullo patrio herido desde la guerra de los Balcanes. Y los antivacuna de todo el mundo, aprovechando el río revuelto, lo han adoptado como símbolo de resistencia y disputa global sobre los límites y restricciones a los derechos básicos en nombre de la lucha contra una pandemia. Es tal el foco mediático que ha adquirido el caso Djokovic que aunque se esté dirimiendo una cuestión individual lo que finalmente pase se leerá en clave global. Y ahí puede radicar uno de los peores errores de este episodio. Ni una victoria de Djokovic será una victoria de los antivacunas, ni al revés. Aunque si gana la sospecha de que las reglas se pueden retorcer en beneficio de los poderosos, sí que acabaremos perdiendo todos.