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Personajes con historia - Isabel de Portugal

La más hermosa reina de España


Antonio Pérez Henares - 27/06/2022

Tuvo y mantiene fama verdadera de haber sido la más hermosa reina, y en su caso también emperatriz, que España ha tenido. Era portuguesa de nacimiento, de ascendencia española, eso sí, se llamaba Isabel. Como su abuela, pues era nieta de la reina de Castilla y del rey de Aragón, Católicos los dos y como tal para siempre apodados. 

Abuelos ambos también de su augusto marido, Carlos I y V a la vez, o sea que era prima hermana de él. Costumbre aquella que fue norma de fe y de obligado cumplimiento en la Casa de Austria y que les acabó por traer con el tiempo muy serios problemas. Y no solo el tener una mandíbula prominente sino taras mucho peores.

 De la belleza de Isabel de Portugal, hija del rey Manuel I y de María de Aragón, hija de los considerados primeros reyes de la por ellos unificada España, ha quedado prueba fehaciente en los lienzos y en las crónicas. El maravilloso cuadro de Tiziano y no muy a la zaga el de Leoni siguen hoy despertando admiración y no solo por la maestría del pintor. Aunque como siempre tiene que haber un mal meter, se dice que el maestro italiano, por orden del Emperador, le retocó levemente la nariz. La tuviera como aparece en el cuadro o levemente aguileña como la maledicencia quiso propalar, que era una impactante y serena belleza nadie lo puede negar.

Retrato de la emperatriz española pintado por Tiziano que se encuentra en el Museo del Prado. Retrato de la emperatriz española pintado por Tiziano que se encuentra en el Museo del Prado. - Foto: Picasa

 Pero no solo fue guapa y gentil, la reina Isabel. Fue una avisada, prudente y eficaz reina y ejerció con mucho acierto como tal. No falta incluso quien señale que le salvó de muchas a su marido, le sostuvo la imagen y la corona en los momentos difíciles y lo convirtió en verdad en un monarca español, algo que al principio sus súbditos no veían, y con no poca razón, lo que le causó fuertes disgustos. Por ejemplo con los comuneros. Hasta que corrigió el rumbo y enderezó el paso. Y en ello Isabel, que de su abuela heredó temple, inteligencia y saber afrontar con energía y tino la más peliaguda situación, tuvo mucho que ver.

Porque Isabel de Portugal fue una reina que reinó en verdad. En los 13 años de su matrimonio con Carlos que tuvo lugar en los Reales Alcázares de Sevilla el 11 de marzo de 1526, contando entonces la novia 22 años y el novio ya 26, el César tuvo que andar de acá para allá por todo el imperio y las posesiones y guerras españolas por Europa y norte de África y fue Isabel quien en sus largas ausencias de la Península, más prolongadas que sus estancias, cogía las riendas y las sujetaba y guiaba con firmeza. Los historiadores afirman que fueron sus sucesivas gobernaciones años 1529-1532, 1535-1536 y 1538-1539 no solo benéficas sino que permitieron mantener un poco más al margen a España como tal del Sacro Imperio que más que nada dio mucho quebradero de cabeza y aún más quebranto de hacienda.

 Pero no crean que tuvo fácil inicio aquel matrimonio, a pesar de que la infanta portuguesa, bajo los auspicios de su madre y tal vez el influjo de su abuela, entendiera casi estar predestinada a él. Y que le gustaba la idea una barbaridad, además.

Estatua de la  monarca en una plaza en Albacete. Estatua de la monarca en una plaza en Albacete.

 La alianza con Portugal había sido siempre objetivo esencial de la reina Católica, que había casado a su hijo mayor Juan con una infanta también portuguesa y que, si seguimos el relato de la leyenda, su fogosidad amatoria hizo sucumbir. Fallido ese enlace no cejó, y el rey Manuel I acabó por ser marido, una tras otra de tres infantas españolas, las dos primeras, entre ellas María, la madre de la después emperatriz, María, hijas suya y la tercera, Leonor, nieta y hermana de quien luego sería su marido, Carlos V. Un lío, vamos. Pero era algo muy normal por lo visto y por aquel entonces del reinar eso de que tu padre estuviera estado casado con la hermana de tu marido. Que yo ya me he liado y supongo que ustedes, también.

 Sin embargo y a pesar de las intenciones castellanas y de la interesada, al principio la cosa se torció. Los consejeros flamencos tuvieron de entrada más influencia, mano y eran más escuchados por el joven Carlos. Al cabo no era precisamente la lengua española la que sabía mejor. Y estos preferían una alianza con Inglaterra por más que los castellanos y sus levantiscas Cortes y comunidades fueran acérrimos partidarios de la portuguesa. Que por algo era Portugal, cuya flota era la única que podía competir con la castellana en el Atlántico y Ultramar, el reino más rico de la cristiandad, señores de la Ruta de las especias, la mostaza valía más que el oro, y los mejores aliados que podía tenerse contra los berberiscos. Se impusieron los flamencos aunque algo hubieron de respetar los deseos de los autóctonos. Así que se casó al ya anciano rey Manuel y a su hijo con dos hermanas de Carlos, la mayor y ya citada Leonor con el padre y se acordó que la menor y póstuma hija de Felipe el Hermoso, Catalina, se casaría con su heredero, el luego rey portugués Juan III. Pero se desdeñó para Carlos a la Isabel portuguesa y se le adjudicó otra prima, nieta también de los reyes Católicos, pero esta inglesa, María Tudor, hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, apenas una niña entonces, porque a los flamencos les convenía más para intentar así romper la alianza de Francia con Inglaterra.

La primera parte del convenio llegó a buen puerto y al tálamo, pero lo segundo, que además disgustó bastante a los portugueses y dicen que aún más a la descartada, y por fortuna por lo acaecido después, se frustró. Aunque se darán cuenta de que a la postre María Tudor casaría muchos años después con un español y sería la primera esposa, entonces ella ya bastante mayor, del joven príncipe e hijo mayor de Carlos e Isabel, Felipe II. ¡Que cosas y vueltas da, tiene y retuerce la historia!. 

Una boda política y por amor

Antes, claro, y para que Isabel volviera a tener una nueva oportunidad hubo de morir su padre, don Manuel, en el año 1521 y que subiera al trono su hijo, Juan III y se llevara a efecto al año siguiente la boda con la hermana menor de Carlos, Catalina y entonces ya sí, perdida bastante la influencia flamenca, los deseos castellanos, dejada atrás la guerra comunera, se impusieron y la boda del ya emperador Carlos V y la bella Isabel de Portugal se comenzó a preparar y finalmente se celebró, tras acordarse en 1525, al año siguiente en territorio español. 

Tuvo lugar el magno acontecimiento en Sevilla, entonces la más floreciente ciudad, y no es en absoluto exageración de todo el mundo, pues el que de allí y hasta allí hubieran de partir y arribar las flotas de las Indias la habían convertido en el lugar a quien todo aquel que buscara fama, gloria, negocio, dinero y poder tenía que ir.

 Fue una boda por interés, política y conveniencia. Loa acuerdos económicos muy importantes. La novia, que era la rica en dineros, aportó 900.000 de doblas de oro, mientras que el novio, que lo era en territorio y poder, otorgó rentas de ciudades, entre ellas Albacete y Alcaraz y una cantidad en oro tres veces menor, 300.000 doblas, tras tener que hipotecar nada menos que tres ciudades de las urbes más importantes de Jaén: Úbeda, Baeza y Andújar. Pero resultó también ser boda y matrimonio de amor y por amor, que trajo a ambos felicidad, prontos herederos al reino, la mejor de la compañía cuando podían estar juntos y el mejor sostén para el gobierno de España cuando el rey tenía que marchar.

 Carlos había tenido no pocos devaneos y varios hijos durante su soltería y volvió a tenerlos en su viudedad pero mantuvo una gran lealtad a su esposa de la que siempre y para siempre quedó enamorado. No quiso casar tras su muerte y fue tan perdurable en su recuerdo, que tras caer de inicio en una profunda depresión de la que logró recuperarse, la melancolía por su ausencia no dejaba de asaltarle y es bien conocido que en su retiro final en Yuste, el cuadro que siempre estuvo a su vista y antes sus ojos tenía cuando la muerte le vino a alcanzar, era el más hermoso retrato de Isabel .

 El matrimonio no pudo tener inicio mejor. La pareja dedicó tras la boda un buen tiempo a recorrer Andalucía, instalándose al final en la Alhambra granadina, que mandaba con firme y sabia mano el Gran Tendilla, de la que quedó prendada la Emperatriz y donde permanecieron varios meses y a la que gustó mucho volver.

 Fue una reina fértil, que algo que se tenía en mucha estima por ser la trascendental y primera misión de una reina. 

En sus trece años de matrimonio tuvo cinco hijos, aunque el único varón en sobrevivir a la infancia fue el mayor, Felipe II y dos abortos, al segundo de los cuales, acaecido en el Palacio de Fuensalida en Toledo, no pudo sobrevivir. 

La postración de Carlos fue tal que, tras retirarse angustiado a un monasterio, encomendó a su hijo, Felipe, un niño aún, que encabezara la comitiva fúnebre que llevara sus restos a Granada, donde había elegido ser enterrada a buen seguro, y amén de por otras cosas, por el recuerdo de aquellos tiempos felices de sus primeros tiempos casada con quien ella desde niña quería casar y al que ya casada amó con devoción, entrega y lealtad. Dirigió la comitiva fúnebre un noble caballero de la Corte, Francisco de Borja, joven duque de Gandía, casado con Leonor de Castro, portuguesa también e íntima amiga de la Emperatriz, aunque hay quien dice que platónicamente enamorado de ella.

 Al llegar a destino y al ser preceptivo y así reclamado por los Monteros de Espinosa que habían custodiado sin dejar un instante su vigilancia, el ataúd y aparecer el cuerpo muy descompuesto por el tiempo transcurrido y el elevado calor en el viaje, juró que «No volvería a servir a señor que se me pueda morir». Lo cumplió. Al fallecer no mucho después su propia esposa, Leonor, tomo los hábitos, ingresó en la recién creada, por Ignacio de Loyola, compañía de Jesús y alcanzó a ser él también como el vasco elevado a los altares. San Francisco de Borja, es hoy. Hasta ello alcanzó, en cierta manera, a lograr la hermosa y gentil Isabel.