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Juan Bravo

BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Árboles

13/06/2022

Una de las mayores decepciones de don Maximiliano Martínez, diputado de Izquierda Republicana por Albacete en tiempos de la República, circunstancia que le acarreó casi cuarenta años de exilio, fue, cuando por fin regresó con los suyos, tal como me contó y yo mismo referí en mi libro Seis albacetenses ilustres (del que un día hablaré), el hecho de no encontrar 'su árbol'. Durante sus momentos de desesperación en París, uno de sus consuelos era acordarse de ese abeto que, de niño, había plantado en la 'Fiesta del árbol', junto con sus compañeros de clase y el propio maestro. Aquélla era sin duda una hermosa tradición: el pequeño no sólo lo plantaba, sino que le ponía un indicativo con su nombre y luego se encargaba de cuidarlo. Una forma de inculcar el amor a la Naturaleza y el sentido de la responsabilidad. Pero, como bien me confesó, la guerra se encargó de llevárselo todo.
Si leen ustedes La Cartuja de Parma verán que la marquesa del Dongo manda plantar un roble junto al bello lago Grianta, el día en que nace su hijo Fabrizio del Dongo. Su identificación con él llegará al punto de considerarlo su amigo durante su infancia y adolescencia. Y un día que un rayo lo parte en dos, su madre, al verlo cree adivinar lo incierto de su destino. Uno de los más hermosos poemas de Machado, como saben, lleva por título 'Al olmo viejo, hendido por el rayo', y con su verso alado se encargará de inmortalizar esos benditos chopos y álamos de las orillas del Duero, entre San Polo y San Saturio, por donde paseaba con Leonor contemplando embelesado las iniciales y las cifras grabadas sobre sus cortezas.
Luego llegó Alvargonzález y toda su ralea dañina, los que 'pegan fuego a los pinares', los que utilizaron los árboles para ahorcarse, aquellos a quienes les bastaba ver un enhiesto árbol, parar que, de inmediato, les entraran ganas de prender una hoguera, asar unas chuletas de cordero y luego, ahítos y medio borrachos, salir echando leches sin cerciorarse de dejar bien apagado el fuego. Esos son los hombres sin entrañas, elegidos por Lucifer para acabar con el planeta Tierra. Como saben, la pasada semana se inició el terrible rito de los devastadores incendios –'temprano levantó la muerte el velo'–, una vez más en la hermosa sierra malagueña. Es el principio de un verano tórrido, en el que la espiral 'sequía, fuego, desierto' seguirá devastando nuestra querida España, por culpa de energúmenos sin entrañas, incapaces de entender que los árboles son nuestro principal aliado en la lucha contra el cambio climático; que son seres vivos, aunque parezcan inertes y que, matándolos nos matamos a nosotros mismos y a nuestros hijos.
El estado agónico de nuestro planeta, con ese cambio climático que es una realidad, tiene un responsable máximo: la deforestación sistemática (13 millones de hectáreas al año, lo que equivale a la destrucción  de 10 campos de fútbol cada 15 segundos). Semejante degradación del ecosistema es intolerable e insoportable y la única forma de combatirla es plantando arbolado a porfía.
Por suerte, aquí y allá todavía se pueden espigar noticias que denotan que aquí, como en todas partes, el esfuerzo de unos cuantos puede combatir la barbarie. Ayer mismo nos enteramos que en Hellín, una palmera de más de 30 metros (palmera que es el último vestigio de un viejo centro educativo, la Academia del Rosario, donde estudiamos parte de mi generación, de ahí su simbolismo para todos nosotros), va a ser trasplantada del triste solar donde quedó arrumbada cuando derribaron la Academia para edificar casas unifamiliares, a un parque público. Operación sin duda algo más que compleja, pero está de por medio la palabra del concejal de medio ambiente. Un bello gesto vale más que mil discursos, y salvar un árbol como ése, como se haría con una criatura sepultada, dignifica, y de qué modo, a quienes acostumbran resolver esos casos a la tremenda, o sea, con un hacha o una motosierra. Que Dios nos libre de esa pérfida ralea.